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Por Publicado el: 23/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: Riccardo Primo: Borrachera de bellas arias en el Teatro Real

Riccardo Primo: Borrachera de bellas arias en el Teatro Real

Riccardo Primo, rè d’Inghilterra, de G. F. Händel. Ópera en tres actos, HWV 23, libreto de Paolo Antonio Rolli. Versión de concierto. Hugh Cutting (Riccardo), Mélissa Petit (Costanza), Juliette Mey (Pulcheria), Andreas Wolf (Isacio), Paul Figuier (Oronte), Alex Rosen (Berardo). Coro y Orquesta de Les Arts Florissants. Dirección musical: Paul Agnew. Teatro Real, Madrid, 21 de octubre de 2026. Estreno en el Teatro Real.

Riccardo Primo, rè d’Inghilterra, de G. F. Händel. Ópera en tres actos, HWV 23, libreto de Paolo Antonio Rolli. Versión de concierto. Hugh Cutting (Riccardo), Mélissa Petit (Costanza), Juliette Mey (Pulcheria), Andreas Wolf (Isacio), Paul Figuier (Oronte), Alex Rosen (Berardo). Coro y Orquesta de Les Arts Florissants. Dirección musical: Paul Agnew. Teatro Real, Madrid, 21 de octubre de 2026. Estreno en el Teatro Real.

El contratenor Hugh Cutting

Riccardo Primo es una de esas óperas que nacen con estrella y mueren olvidadas al poco de nacer. Händel la estrenó en el King’s Theatre de Londres en noviembre de 1727, semanas después de la coronación de Jorge II. A nadie se le escapaba la intención: un monarca inglés, Ricardo Corazón de León, triunfando sobre un tirano chipriota mientras otro monarca, alemán como el compositor, estrenaba trono.

Ópera de circunstancias, sí, pero con un reparto que hoy haría palidecer a cualquier cartel: Senesino en el papel titular y, frente a frente, Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni. Unos meses antes las dos rivales habían llegado a las manos sobre un escenario londinense, ante un público que jaleaba a una u otra como si fuera una pelea de gallos. Händel tuvo que escribir para ambas sin que ninguna se sintiera menos. Ni el más diplomático de los embajadores lo habría tenido más difícil.

El argumento, que Rolli tomó de un libreto veneciano anterior, es el habitual enredo de la ópera seria. Ricardo desembarca en Chipre para rescatar a su prometida Costanza, a la que no conoce. El tirano Isacio intenta colarle a su propia hija, Pulcheria, en lugar de la novia. El engaño se descubre, hay asalto final y todos acaban bien emparejados. Lo de menos es la verosimilitud. Lo que importa son las arias, y aquí Händel derrocha virtuosismo, contraste y algún momento de verdadera hondura.

El Real la presenta en versión de concierto, y no ha sido mala idea. Ahorra al espectador los disparates escénicos con que algunos directores castigan hoy a Händel y deja la música desnuda, que es como mejor se juzga una partitura casi desconocida. Es además la primera vez que se escucha en el coliseo madrileño.

Madrid no es la primera parada. La gira de Les Arts Florissants arrancó el 14 de octubre en el Auditorium de Dijon y fue luego a la Philharmonie de París. Allí el conjunto es residente y presentó el pasado febrero un Rinaldo con el que Paul Agnew inauguró su particular recorrido por el Händel operístico. Tras el Real, la caravana seguirá hacia el Palau de la Música de Barcelona el 23 y Les Arts de Valencia el 25. Tres teatros españoles en cinco días: quién nos lo iba a decir hace no tantos años, cuando una ópera barroca en concierto era en España poco menos que una excentricidad.

Hugh Cutting, inglés, es un contratenor posee un timbre de más oscuro de lo habitual en su cuerda y que canta además de posar, virtud escasa entre contratenores. No es poco para un papel escrito para Senesino. Hugh Cutting ha llevado la parte con dignidad sobrada, y su largo dúo con la Costanza de Mélissa Petit se cuenta entre los grandes momentos de la noche, uno de los pocos verdaderos picos de la obra.

Mélissa Petit y Alex Rosen

Juliette Mey se llevó el gato al agua. Pulcheria, la hija del tirano que se pasa al bando enemigo, tiene un papel secundario solo en el escalafón. Händel le regaló una ristra de arias de mucha enjundia, y la joven francesa arrancó aplausos en mitad de la función más de una vez. Será un nombre que convenga apuntar.

En el foso, si es que puede llamarse así a un escenario de concierto, Agnew dirige con evidente disfrute a un conjunto en su forma de siempre y sabe como usar las dinámicas para matizar. La partitura alterna tormentas, batallas y fanfarrias, con unos metales naturales impecables y una percusión desatada, con remansos pastoriles de enorme finura. Uno de ellos es el aria de Costanza, evocadoramente cantada por Mélissa Petit en diálogo con el flautín. El único pero a señalar es que una aria tras otra con sus da capos acaban por empachar, como lo hace un dulce tras otro, e incluso tanta exhibición llegó a casi dejar sin respiración a la potente voz de bajo de Andreas Wolf. Cantaron con gusto los otros tres protagonistas.

¿Por qué una ópera tan rica cayó tan pronto en el olvido? Quizá porque estaba hecha a la medida de unos cantantes que ya no existían al año siguiente. Quizá porque las óperas de coronación envejecen tan rápido como los reyes. Quizá porque no hay en Riccardo Primo un aria de esas que el público tararea a la salida. Posiblemente por eso nunca entró en el repertorio, a pesar de que su final de clemencia anticipe en medio siglo a Mozart. Bien servida, como aquí lo está, depara tres horas de placer a quien disfrute de una borrachera barroca y  Ricardo, casi tres siglos después, desembarca con buen viento. Veremos si esta vez se queda, aunque las probabilidades son pocas.

Gonzalo Alonso

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