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Por Publicado el: 24/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: La Orquestra de València y Liebreich dan vida a “Katakomben”, de David Moliner, en la Catedral de València

La Orquestra de València y Liebreich dan vida a “Katakomben”, de David Moliner, en la Catedral de València

CONCIERTO EXTRAORDINARIO EN LA CATEDRAL DE VALÈNCIA. Programa: Obras de Wagner (preludio de Tristan und Isolde), Moliner (Katakomben), y Saint-Saëns (Tercera sinfonía, con órgano). Orquestra de València. Solista: Pablo Márquez (órgano). Director: Alexander Liebreich. Fecha: miércoles, 21 octubre 2026.

Crítica: La Orquestra de València y Liebreich dan vida a “Katakomben”, de David Moliner, en la Catedral de València

La Orquestra de València vuelve un año más a la catedral

En su ya tradicional concierto anual en la Catedral de su ciudad, la Orquestra de València ha tenido a bien programar el estreno absoluto de Katakomben, pieza ambiciosa de majestuosas sonoridades y registros indagadores, compuesta por el castellonense David Moliner (1991), como respuesta a un encargo de la propia Orquestra de València y su titular, el bávaro de Ratisbona Alexander Liebreich (1968). La nueva obra, reflexiva, impactante y teñida de reminiscencias cinematográficas, es, en boca de Moliner, “un descenso hacía una zona cada vez más profunda, a través de distintos estados de densidad, tensión y silencio”. Nació arropada por el preludio de Tristan e Isolde y la romántica y siempre grata Tercera sinfonía, con órgano, de Saint-Saëns.

A pesar de lo que apunta en las notas al programa el organista Pablo Márquez, él mismo estupendo solista en la romántica sinfonía de Saint-Saëns y organista titular de la Catedral de València, la acústica del templó y sus bóvedas y distancias sí jugó “a la contra” de este programa romántico y contemporáneo, cargado de sonoridades y efectos.

Todo sonó y resonó envuelto en una maraña de harmonías superpuestas, aunque el saber hacer de los intérpretes -con un Liebreich que dio espacio y tiempo a la música en su peculiar acústica-, y la sugestión del “marco incomparable” compensaron y menguaron las resonancias propias de unas músicas y un espacio en principio irreconciliables. En cualquier caso, daba gusto y resultaba estimulante ver el inmenso templo abarrotado de un público variopinto y bien dispuesto, que siguió cada interpretación en silencio propio de las mejores salas sinfónicas.

David Moliner es uno de los nombres realmente interesantes de la música española de su generación. Dueño de lenguaje propio, tintado por el magisterio de Dusapin, y, más allá, de Messiaen. Moliner escucha y bebe de diversas corrientes de su tiempo. Pero, sobre todo, y esta es acaso su mayor cualidad, atiende y encauza su propia y personal voz interior. Lo mostró ya en Alma grial, obra retórica y “mística”, de 2022, y lo revalida ahora, con Katakomben, página de enorme arco dinámico, exploradora y recreadora de sonoridades propias, que, como sugiere el subtítulo, sigue la “huella del Grial”.

Un acercamiento planteado desde caminos distintos a los de Wagner en Parsifal; por senderos que, como sostiene el compositor, convierten al oyente en “peregrino de sonido”. El órgano, tan catedralicio, desempeña en Katakomben papel relevante en este itinerario de algo más de 25 minutos, y reafirma y engrandece la fastuosidad orquestal. Obra atractiva cargada de aristas y singularidades imbuidas de una fuerza expresiva que late y se hace presente. Última y feliz manifestación del arte creador de quien es una de las voces más lúcidas y dinámicas de su generación.

El estreno se benefició del estupendo entendimiento de un Alexander Liebreich que se involucró en la solfa, alma y sentires de la nueva obra, y de una Orquestra de València con pedigrí en estrenos y nuevas músicas, desde que Manuel Galduf la convirtiera en baluarte de lo nuevo.

Imagen del concierto

El programa se abrió con el mismo preludio de Tristan e Isolde que orquesta y maestro habían tocado cinco días antes en su casa del Palau de la Música, y completó con la lisztiana Tercera de Saint-Saëns, sinfonía que la OV reitera con cierta cadencia en sus conciertos. La ha interpretado bajo la dirección, entre otros, de Philippe Entremont (1992), Michel Plasson (2013), Jordi Bernácer (2017) o el propio Liebreich, en 2023.

En esta ocasión, sinfonía y orquesta volvieron a conmover con las bellezas cantables del segundo movimiento y encandilar en la poderosa suntuosidad de la coda que tan brillantemente pone punto final. En resplandeciente Do mayor, claro. El éxito, tan atronador como estos pentagramas finales que aún andarán resonando por las bóvedas catedralicias.

Justo Romero

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