Crítica: Vadim Repin y Nicolai Lugansky, expresión, sonido y pureza instrumental
EXPRESIÓN, SONIDO Y PUREZA INSTRUMENTAL
Vadim Repin, violín, Nicolai Lugansky, piano. Obras de Prokofiev y Beethoven. Ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional, 20 de octubre de 2026.

Vadim Repin y Nicolai Lugansky
Fue en 2002 cuando se encontraron por primera vez estos dos virtuosos rusos, el violinista de Novosibirsk –ciudad de talentos musicales: allí nacieron también Maxim Vengerov y Dimitri Hvorostovski- y el pianista de Moscú, separados, a favor del artista del arco, por tan sólo un año de diferencia. Vadim Repin vino al mundo en 1971, Nikolai Luganski en 1972. La reunión, propiciada por aquél, tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes de Bruselas, en el curso de un tríptico de conciertos en los que el violinista era la estrella.
Pero tan estrella como él es el pianista a estas alturas de la historia. Ambos nos han ofrecido un concierto de lo más interesante -revelador de la altura musical y de la técnica irreprochable de uno y otro- en el que se alternaban los nombres de Prokofiev y Beethoven. El primero abrió la sesión con sus Cinco melodías para violín y piano op 35, piezas ligeras en las que el compositor explora aspectos instrumentales diversos: velocidad, ataques, entonación, armónicos, pizzicati…. Obras muy breves y concisas expuestas de manera límpida, elegante, minuciosa, refinada y demostrativa del empleo de una técnica soberana y aparentemente inapreciable.
La Sonata nº 1 op. 80, dedicada a David Oitstrakh, muestra un insólito grado de gravedad expresiva y un virtuosismo sin alharacas, discreto pero efectivo y necesitado de una técnica pianística y violinística de alto rango. Ahí comenzamos a apreciar el nivel de los dos instrumentistas. Repin mostró desde el principio la sutileza y suave sonoridad, grave y aterciopelada, de su cuarta cuerda a lo largo de un discurso curiosamente procesional. Discreto virtuosismo, rigor y pasión contenida.
El Allegro brusco sirvió para mostrar la habilidad de los instrumentistas, un “cuadro de batalla sobre la nieve”, como definió poéticamente un estudioso de la época, con un Marcatissimo inicial que fue admirablemente ejecutado por ambos artistas. El Allegrissimo final nos mostró el virtuosismo y el vigor diríamos que guerrero de los dos, pegados el uno al otro sin ningún tipo de fisura.
Y en la segunda el plato fuerte: la Sonata nº 9 Kreutzer op. 47 de Beethoven, una obra maestra necesitada de una interpretación a su altura. Y la tuvo: se unieron la precisión, el fraseo bien definido y modelado, el sentido del ritmo de Lugansky, y el arco medido, la afinación, la igualdad de sonido, el espejeante y riguroso juego del violinista.
Unión hipostática de los dos artistas en una composición que fue considerada tras su estreno como una prueba “del gran genio del artista”, pero que hablaba igualmente de un acto de “terrorismo estético o artístico”. Al respecto, Annette Oppermann afirmaba que una buena parte de la atracción que ejerce la composición reside justamente en “la inexorabilidad casi mecánica con la cual los motivos de los dos Prestos –los movimientos extremos- son intensificados casi hasta el infinito”.
En medio un juego de maravillosas variaciones. Una prueba para dos instrumentistas dotados. En este caso se contó con ellos. El juego contrastado, la infalibilidad de los ataques, el sentido del ritmo de Lugansky fue el asidero para que, en igualdad de condiciones, Repin mostrara sus cualidades. No es un violinista dueño de un gran sonido en cuanto a cantidad; pero sí en cuanto a calidad: timbre purísimo, de rara encarnadura, igualdad de registros, calidez y donosura en el fraseo, ataques certeros, dibujo de rara nitidez y expresión apolínea. Sabemos que posee un Stradivarius y un Guarneri del Gesù. Desconocemos sin tañó en esta ocasión alguno de los dos; u otro violín igualmente valioso.
Como valiosas fueron sus prestaciones y las de su colega. El público distaba de llenar la sala del Auditorio Nacional -lo ausentes se perdieron el estupendo concierto-, pero el asistente aplaudió mucho. Y obtuvo dos regalos. El segundo fue una hermosa versión de la famosa canción de Ponce Estrellita.






















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