Crítica: ¿Qué fue de aquellas vanguardias? La Orquesta de València estrena en España “Air”, de Helmut Lachenmann con Alexander Liebreich
¿Qué fue de aquellas vanguardias? La Orquestra de València estrena en España ‘Air’, de Helmut Lachenmann
TEMPORA DE ABONO DEL PALAU DE LA MÚSICA. Orquestra de València. Programa: Obras de Lachenmann (Air, para percusión y pequeña orquesta), Wagner (preludio de Tristan und Isolde), y Strauss (Sinfonía Doméstica). Solista: Alexej Gerassimez (percusión). Director: Alexander Liebreich. Lugar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1.871 espectadores (lleno). Fecha: sábado, 17 octubre 2026.

La Orquestra de València estrena en España Air, de Helmut Lachenmann
La Orquestra de València estrenó el sábado en España Air, para percusión y pequeña orquesta, de Helmut Lachenmann (1935), en la versión revisada de 2015. Daba cosita ver a este icono de las nuevas músicas surgidas en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial, bastón en mano y arrastrando noventa años (cumplirá los 91 el próximo 27 de noviembre), moviéndose sobre el escenario del Palau de la Música para saludar convencionalmente a una sala abarrotada hasta las trancas que le aplaudía y mostraba su afecto.
Los tiempos corren que es una barbaridad, y lo que ayer fue vanguardia hoy son restos de una escritura atractiva y exploradora de nuevas sonoridades y registros, como estupendamente explica Paco Yáñez en las imprescindibles notas al programa, pero que hoy, entrados ya en el segundo cuarto del siglo XXI, se siente y antoja perteneciente a un tiempo pretérito. Como dijo a quien esto escribe ya hace años el nada sospechoso de conservadurismo Esa-Pekka Salonen, “del periodo serial nos queda muy poca música de interés artístico. El legado de ese periodo es, en general, un montón increíble de solos para flauta, que todos suenan igual”.
¿Qué fue de aquellas vanguardias? Air es bien representativa de los modos y maneras de Lachenmann, flamante “compositor en residencia” de la OV. Esta obviedad, que parece una perogrullada, deja de serlo si, como escribe Yáñez, se considera que el compositor de Stuttgart, siempre indagador de un estilo propio, ha sido permeable a variadas influencias, desde “Mahler, Schönberg y de quien fuera su maestro en Venecia, Luigi Nono”, a las reminiscencias bachianas que se presienten en Air.
El uso aconvencional de los instrumentos de la orquesta, con el consiguiente hallazgo de nuevas sonoridades, marca la obra ahora estrenada y bienvenida en España, con una destacada y muy diversificada intervención del solista -estupendo- Alexej Gerassimez, que se pasó más tiempo manipulando arcos de cuerda que tocando los instrumentos propios de la percusión. Asombrosamente, Lachenmann incluye en la orquestación cinco percusionistas, algo que añade confusión a una obra que se define “para percusión y orquesta“. Es como si un “concierto para piano” incluyera, además del piano solista, otros cinco dentro de la orquesta.

Lachenmann saluda tras el estreno en España de su obra
En cualquier caso, el estreno fue un éxito. Si no “apoteósico”, sí caluroso y amable. El público aplaudió largo al final de la estupenda interpretación, muy bien dirigida por Alexander Liebreich al frente de una Orquestra de València que hizo gala de versatilidad y oficio. Aplausos de reconocimiento y afecto más que de entusiasmo por una obra que, pese a su multiplicad de colores y registros, no cuaja ni prende.
El programa se completó con obras de Wagner y Strauss, precisamente los compositores que un día antes había interpretado la Orquestra de la Comunitat Valenciana en el vecino Palau de Les Arts. De Wagner, los músicos de la OV y su titular ofrecieron una límpida, quieta y pulida lectura del preludio de Tristan Isolde. Versión impensable hace solo pocos años en los atriles de la “orquesta municipal”, pero que hoy delata el espléndido momento que atraviesa, tras años de zozobra y desmotivación.
No es exagerado decir que en las pocas notas del escueto preludio de Tristan e Isolde hay más emoción que en la inmensidad sinfónica de la deslavazada Sinfonía Domestica, una de las páginas menos logradas del inmenso Richard Strauss. Ni el buen momento de la Orquesta de València, ni el reconocido hacer straussiano de Liebreich -presidente de la Sociedad Richard Strauss- lograron el imposible de equiparar la Sinfonía Doméstica a obras como Don Juan o Una vida de héroe, por citar dos cúspides del sinfonismo straussiano.
Fue una lectura importante y a todas luces plausible, con intervenciones solistas tan destacadas como las del concertino Enrique Palomares, la cuerda de clarinetes en su conjunto, el oboe de amor (Victoria Muñoz), o el timbalero Javier Eguillor. Pero sacar oro de donde no lo hay es tarea imposible. ¿O no?






















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