Soria, cuando las hojas caen con acompañamiento orquestal
Soria, cuando las hojas caen con acompañamiento orquestal

Odón Alonso
Recuerdo haber llegado allí hace años, en uno de esos septiembres en que el Duero baja ya con frío de vísperas, y haber pensado que aquel silencio de piedra y chopos, el mismo que enamoró a Machado, el mismo que Bécquer paseó sin saberlo, no estaba hecho para la música. Me equivocaba, como tantas veces cuando confundo el paisaje con su destino. Soria lleva treinta y cuatro años demostrando que el silencio también puede ser un escenario, y que basta un director de orquesta con paciencia castellana para convertirlo en sala de conciertos.
Ese director fue Odón Alonso Ordás, que en 1993 tuvo la idea, modesta en apariencia, terca en la ejecución, de traer la gran música a una capital de provincia sin foso de ópera ni tradición sinfónica propia. No sé si Alonso imaginó entonces que su festival sobreviviría a tres décadas de recortes, cambios de gobierno y modas culturales; sospecho que no, porque los fundadores rara vez calculan la longevidad de lo que fundan. Lo cierto es que el Otoño Musical Soriano ha llegado a su trigésimo cuarta edición sin perder aquello que lo hizo distinto: la convicción de que lo internacional y lo local no son enemigos, sino vecinos de escalera.
La edición de este año, que arranca hoy y se extiende hasta el 30 de septiembre, con un epílogo extraordinario el 11 de noviembre, se abre con una gala de zarzuela –Todo Zarzuela– dirigida por Alondra de la Parra al frente de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid.
Que sea una mexicana quien inaugure el homenaje al género más castizo de nuestra lírica dice bastante de lo que Soria entiende por tradición: algo que se hereda mejor cuando se mira desde fuera. He defendido en otras páginas el trabajo de esta directora en el Festival del Escorial, con las reservas que siempre reservo para los proyectos que corren el riesgo de convertirse en escaparate antes que en propuesta artística; aquí, en cambio, la veo en su terreno natural, el del repertorio que se hereda cantando.

El Otoño Musical Soriano es el legado artístico de Odón Alonso para la ciudad castellana
El eje central de esta edición es el sesquicentenario de Manuel de Falla, celebrado con el estreno absoluto de Fallesca, concierto breve para piano y orquesta del compositor soriano Jesús Ángel León, que el Grupo Enigma presentará junto a la cantaora Marina Heredia y el pianista Juan Carlos Segura. Confieso que los encargos por aniversario me generan una desconfianza casi profesional, pero cuando el homenajeado es Falla y el vehículo es el flamenco culto, el riesgo de la ocurrencia se convierte en apuesta razonable.
El resto del cartel no escatima en nombres: la Philharmonia Frankfurt con el trompetista Sergei Nakariakov, dos citas de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, el Cuarteto Mandelring recorriendo Mendelssohn, Shostakóvich y Beethoven, y el proyecto Paco de Lucía Music for Big Band, que bajo la batuta de Álex Conde traduce al lenguaje del jazz al guitarrista gaditano. Rodrigo Cuevas pondrá su particular heterodoxia asturiana, y el guitarrista Yerai Cortés -recién nominado como artista revelación en los Grammy Latinos- cerrará la programación de septiembre.
No falta, como cada año, el Maratón Musical Soriano, que en su vigésimo primera edición seguirá sacando la música de los auditorios a las plazas, ni Valonsadero Suena, que la lleva derechamente al bosque. Ahí está, para quien quiera oírla, la seña de identidad del festival: nada de lo popular es ajeno a lo culto, ni al revés.
El broche, ya en noviembre, corresponde a la Gustav Mahler Jugendorchester, dirigida por Cristian Măcelaru, con la violonchelista Julia Hagen interpretando a Dvořák antes de que la orquesta se enfrente a la Patética de Chaikovski. Cerrar un festival de otoño con una sinfonía sobre la despedida no es casualidad ni es, sospecho, inocencia de programador. Es, simplemente, buen oído.























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