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Por Publicado el: 19/02/2017Categorías: En vivo

Barenboim, cierta decepción

Cierta decepción

CICLO BEETHOVEN. Programa: Sinfonía número 6, ‘Pastoral’. Concierto para piano y orquesta número 5, ‘Emperador’. Orquesta de Valencia. Solis­ta: Daniel Barenboim (piano). Director: Yaron Traub. ­Lu­gar: Palau de la Música. Entrada: Alrededor de 1750 personas (lleno). Fecha: Jueves, 16  de febrero de 2017.

Daniel Barenboim (Buenos Aires, 1942) es desde hace ya décadas una figura legendaria de la música. Por ello, de él se espera siempre lo máximo. Quizá ésta sea la razón por la que su nueva actuación en el Palau de la Música junto a la Orquesta de Valencia y Yaron Traub con el Concierto Emperador de Beethoven haya dejado cierto sabor de decepción. Naturalmente, el musicazo y virtuoso del teclado asomó, y su versión del último concierto para piano y orquesta de Beethoven fue acreedora de la gran (que no grandísima) ovación que escuchó al final de su actuación. Pero su interpretación distó de la excepcionalidad que de él cabe esperar y, desde luego, en absoluto comparable a su temprana grabación con Otto Klemperer o, sin ir tan lejos, a la que ya dejó en esta ciudad en noviembre de 2006, cuando interpretó este mismo concierto en el Palau de les Arts junto a la Orquesta de la Comunidad Valenciana y Zubin Mehta.

En esta ocasión faltó pulso, intensidad, arrebato y nervio. Fue una versión relajada, un punto apática y distante. Tibia y preciosista, empeñada en la búsqueda de sonoridades, colores y pianísimos extremos del flamante piano que tenía ante sí, el publicitadísimo “Steinway Barenboim” de teclas más estrechas y por ello, más manejables para sus no grandes manos. Tal prosopopeya y temple casa mal con el lenguaje beethoveniano, particularmente con el del vibrante momento creativo que vive el compositor cuando estrena la obra en mayo de 1811, en Leipzig. Acaso el episodio en el que más obvio resultó todo esto se produjo en los (tres) compases de la genial transición que conduce a la exultante irrupción del rondó final, ayuna de nervio, magia y arrebato.

La visión calmada de Barenboim colisionaba con el pulso e impulso que llegaba desde la batuta de Yaron Traub, quien, sabedor del momento excepcional que coprotagonizaba junto a ese otro “Emperador” musical de nuestra época que es Barenboim, se empeñó en una lectura trabajada a conciencia. La Orquesta de Valencia sonó con implicación y volcada en dar lo mejor de sí. Atenta al más mínimo y encantadísima, en definitiva, de tener al gran Daniel Barenboim como solista.

Antes, en la primera parte de tan beethoveniana velada, se escuchó una versión de la Sinfonía Pastoral a la vieja usanza. De sonido amplio, extensas dinámicas y tiempos convencionales. Descriptiva, arrolladora a veces, serena en otras y siempre fiel a la partitura. Plena de brío y contrastes. Con una abultada y casi wagneriana plantilla de cuerda. Visión arraigada en las hoy añejas tradiciones impuestas en la primera mitad del siglo pasado, y plagada de solos de incuestionable calidad –flauta oboe- clarinete, trompa- y prestaciones tan particularmente apreciables como las del timbalero Javier Eguillor. Justo Romero

Crítica publicada en Levante el 18/02/2017

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