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Por Publicado el: 17/04/2021Categorías: Colaboraciones

Beethoven, el genio que no sabía multiplicar

Beethoven, el genio que no sabía multiplicar

Craigh Wright, profesor de la Universidad de Yale, recoge en un volumen los hábitos menos “glamourosos” de grandes personajes de la Historia

Beethoven

Beethoven

Entre las definiciones que recoge el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) de “genio” figura esta:  “Capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables”. El norteamericano Craigh Wright (1944) sabe bastante de genios, pero la definición de la Docta Casa se le queda corta. Muy corta. Los ha estudiado a fondo. Literalmente los ha dejado en cueros. Profesor durante 44 años en la Universidad de Yale, musicólogo y un nombre destacado en esta particular disciplina en su nuevo libro “The Hidden Habits of Genius” (Los hábitos ocultos de los genios, Harper & Collins), aún no traducido al español, bucea en un conjunto de hombres y mujeres (aunque se queja de una “clamorosa” desigualdad de género) a los que, casi sin duda, otorgaríamos el calificativo de geniales.

Así, el experto define a un genio como “una persona de extraordinarios poderes mentales cuyas obras o conocimientos son capaces de transformar la sociedad de alguna manera significativa para bien o para mal en todas las culturas y en el tiempo». Inmediatamente surge la pregunta: ¿estamos ante un don o ante una cuestión de trabajar duro cada día? “Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar a un árbol vivirá toda su vida creyendo que es estúpido”, dicen que decía Albert Einstein, uno de los nombres que Wright cita en su libro. ¿Habla de músicos? Imposible para el autor sustraerse a la genialidad de Beethoven o pasar por alto la de Mozart, de quien se declara un admirador confeso.

Del primero asegura que si nos hubiéramos guiado por su expediente académico jamás se le habría dado una oportunidad. Acudió durante un corto periodo a la escuela. No fue precisamente un alumno aventajado. Aprendió a sumar a regañadientes, sí, pero las multiplicaciones y divisiones para el músico eran otro cantar. Ahí no progresó adecuadamente. Jan Swafford escribe en “Beethoven: tormento y triunfo” (Acantilado): “En la escuela, Beethoven aprendió algo de francés y de latín, así como a escribir con una elegante caligrafía que conservó hasta después de haber cumplido 20 años, para degenerar más tarde en un frenético garabateo. En la escuela aprendió a sumar, pero no a multiplicar ni a dividir. Hasta el final de su vida, si por ejemplo tenía que multiplicar 62 por 50, escribía 50 veces 62 en una columna y lo sumaba”. Aunque evita en esta monumental biografía utilizar el término “genio” para referirse al maestro (por considerarlo hoy manido) asegura que “su genialidad está fuera de toda duda”. A pesar de que su expediente académico no fuera destacable, con 11 años ya sustituía en las misas a su profesor, organista de la iglesia a la que acudían los miembros de la corte. No está nada mal. Hombre de carácter irascible, melancólico, huraño, bebedor…, y más. Pero, al cabo, genio.

Mozart, precoz desde los seis años

Dmitri Shostakovich y Mozart estaban igualmente dotados de ese tono absoluto. El austriaco también nació con una extraordinaria memoria fonográfica (para los sonidos) y una capacidad inusual para mover instantáneamente sus manos al lugar correcto en el violín, órgano y piano, coordinando los musicales en su mente con el lugar en que los crearía. Todos sus dones musicales se hicieron evidentes a la edad de seis años. Eso solo podría ser la naturaleza”, señala el profesor. Si a esa naturaleza le añadimos importantes dosis de trabajo hallamos la combinación perfecta ¿o es que ustedes han oído hablar alguna vez de un genio vago? Sin embargo, asegura que “viejos mitos como que el coeficiente intelectual (sobrevalorado, subraya como un mantra, junto a las calificaciones académicas) es el estándar de oro del genio, que no debe aspirar a universidades que no sean Harvard, Yale o Princeton es inferior se resisten a desaparecer. Quizá deberíamos dar un paso atrás y preguntarnos si nuestra dependencia de sistemas para medir la capacidad como el coeficiente intelectual y las pruebas estandarizadas y nuestra fijación en la educación de élite están alimentando el tipo de ciudadanos que queremos que lideren nuestra sociedad. El genio es mucho más que el coeficiente e “inteligente” puede significar muchas cosas. El desafío es encontrar la manera de medirlo”. A lo largo de años de estudio, varias décadas y una cátedra universitaria con solera, el profesor ha dado con un conjunto de rasgos clave, 14 en total, para definir la personalidad de un genio. A saber: Ética de trabajo, resiliencia, originalidad, imaginación como la de un niño, curiosidad insaciable, pasión, inadaptación creativa, rebeldía, pensamiento que atraviesa fronteras (o ser como el zorro: de la fábula del erizo y el zorro escribe en uno de los capítulos:el zorro sabe mucho de diferentes cosas y el erizo sabe mucho de una cosa sola), acción contraria o pensar lo opuesto, preparación, obsesión, relajación y capacidad de concentración. ¿No le cuadran acaso al autor de “Fidelio”?

La fórmula de la genialidad

Los genios tienen la costumbre de trabajar duro porque están obsesionados”, dice, como lo estuvo Beethoven. Mozart, amante de los animales de compañía, especialmente, se cuenta, de un estornino, le dio clases en la época en la que aquel residió en Viena. Algo curioso de este es que, dado el carácter de ambos músicos, las clases nunca terminaban con un apretón de manos, sino con una acalorada discusión. Confiesa Wright que con el autor de “La flauta mágica” se iría de cena sin dudarlo. A su chispeante y variada conversación unía un don de lenguas que le hacía manejarse sin problema en cinco idiomas, una habilidad extraordinaria para el baile o para conquistar el corazón femenino. ¿Que era soez y procaz en sus afirmaciones y utilizaba en demasía palabras vulgares, motivado, quizá, por padecer el síndrome de Tourette?

No le van a pillar al profesor Craigh, pues ha desarrollado hasta una fórmula para definir la genialidad: G = S x N x D. O lo que es lo mismo, que la genialidad (G) es igual a cuán significativo sea su impacto o cambio (S), multiplicado por el número de personas impactadas (N) y por su duración en el tiempo (D). Lo que dicho es catorce palabras significa que un genio es aquel que produce el mayor impacto en la mayor cantidad de gente y durante más tiempo. Eso sí, que el sonido de fondo no sea el de una flauta, un instrumento que Mozart detestaba: “Lo único peor que una flauta son dos flautas”. Genial. Gema Pajares

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