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Por Publicado el: 02/12/2022Categorías: En vivo

Crítica: Pedro Vicente Alamà dirige la Banda Sinfónica Municipal de Madrid

Entre rojos anda el juego

BANDA SINFÓNICA MUNICIPAL DE MADRID. José Vicente Fabuel (trombón). Pedro Vicente Alamà (director). Programa: Obras de Hindemith. Grondahl, Shostakóvich y Sorozábal. Lugar: Madrid, Teatro Monumental. Entrada: Lleno. Fecha: Martes, 29 noviembre 2022.

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Banda Sinfónica Municipal de Madrid

Impresionaba en verdad toparse con el Teatro Monumental lleno hasta la bandera de un público heterogéneo en edades y aspectos. Fue el martes. Sobre el escenario, ni la anfitriona Sinfónica de la RTVE ni ninguna estrella de la dirección o de la interpretación, sino la centenaria Banda Sinfónica Municipal de Madrid. Con un programa singular y riguroso, dirigido por el maestro invitado Pedro Vicente Alamà y con el protagonismo solista del trombonista José Vicente Fabuel. Fue un éxito. No solo por el buen hacer de las dos figuras invitadas, o la presencia sobre el escenario de la ya legendaria Banda Sinfónica Municipal (en cuyos atriles han trabajado y crecido músicos como Carmelo Bernaola, Pablo Sorozábal, Jesús Villa Rojo, Miguel Yuste o Nicanor Zabaleta), sino, sobre todo, por la constatación de que el particular universo sonoro de las bandas tiene hoy tanta vigencia como cualquier otro cuando se plantean programas de ambiciosos contenidos.

Lo era el del martes, con un recorrido que se abrió con las Metamorfosis de Hindemith y concluyó con extractos de La del manojo de rosas. En medio, nada menos que el concierto para trombón que el danés Launy Grondahl (1886-1960) compone en 1924, en Italia, inspirado por la luz y las evocaciones de la tierra de Monteverdi y Verdi, que llegó trufado en el programa con el arrollador último movimiento de la Sinfonía Leningrado de Shostakóvich, de la que la que Alamà y los profesores municipales cuajaron una interpretación calibrada en sus dinámicas y temperada en sus tensiones y evoluciones.

¿Qué hay más natural que después de la sinfonía más roja del petersburgués Shostakóvich se escuchen fragmentos zarzueleros del más rojo y donostiarra de los zarzuelistas? Entre rojos anda el juego. En serio: después del tremendo final de la Leningrado, cuando tras la impresionante marcha fúnebre, que, evolucionada, se transforma en verdadera profecía de la victoria final, los compases luminosos, lozanos e inspiradísimos que Sorozábal vuelca en La de manojo de rosas, saben a gloria. Dos caras de dos artistas que vivieron y sufrieron en tiempos y entornos difíciles y adversos.

Para la selección instrumental de La del manojo de rosas, Alamà utilizó los mismos materiales preparados expresamente por Sorozábal para “su” Banda Municipal de Madrid, de la que fue director musical en los difíciles años de guerra, entre 1936 y 1939. Shostakóvich ganó en 1945 y Sorozábal perdió en 1939. Pero sus músicas triunfaron y perviven con la fuerza del verdadero arte. Como Shostakóvich, Sorozábal fue también un habilísimo orquestador y creador de sólida formación.

Como ellos, el edetense Pedro Vicente Alamà es músico formado y forjado en mil avatares y circunstancias. Su condición de clarinetista de mérito y recorridos -es profesor en el Conservatorio Profesional de València– se suma a su calidad de director creciente, coyuntura que le permite conocer y empatizar con los entresijos personales y profesionales del profesor de banda. De uno y de todos. De ahí, de su trabajo notable, forjado en la trinchera del atril, los aplaudidos resultados obtenidos en este concierto de fino linaje musical. Encomios del público numeroso, sí, pero también de los propios profesores de la Banda, que en absoluto disimularon su bienestar con el maestro valenciano.

Alamà acompañó con mimo, complicidad y generosidad la actuación solista de su paisano José Vicente Fabuel, profesor titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, que lució su categoría artística e instrumental en una lectura de cuidado refinamiento, empeñada más en el detalle y la sustancia que a esa epatante brillantez que con frecuencia devalúa las cualidades expresivas del trombón. Lejos de eso, se adentró por derecho en la partitura de Grondahl para revelarla desde su entraña y naturaleza, ajeno a cualquier artificiosidad o retórica de baja estofa. Disfrutó también de los entusiastas bravos y aplausos del público abierto y receptivo, a los que respondió -muy bien acompañado desde el piano- con el regalo fuera de programa de una adaptación de la Elegia de Shostakóvich. Un guiño anunciador de la Leningrado que iba a comenzar a sonar tras la pausa. Luego, al final del programa “oficial”, Alamà y la Banda se volcaron en una retahíla de bises en la que no faltaron ni los Ratas de La Gran Vía. ¡Y todos más contentos que unas pascuas! Shostakóvich posiblemente también. Como Nietzsche, vamos, que tan fascinado andaba al final de sus días con la joya de Chueca. Justo Romero

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