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Por Publicado el: 10/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: Allanando caminos. La Atlántida Chamber Orchestra y Maxim Vengerov en el Auditorio Nacional

Allanando caminos. La Atlántida Chamber Orchestra y Maxim Vengerov en el Auditorio Nacional

Mijaíl Glinka: Ruslán y Ludmila (Obertura). Jean Sibelius: Concierto para violìn en Re menor, Op. 47. Antonín Dvořák: Sinfonía nº 8, Op. 88. Atlántida Chamber Orchestra. Maxim Vengerov, violín. Manuel Tévar, director. Auditorio Nacional, 7 de junio de 2026. Menos de tres cuartos de entrada.

Allanando caminos. La Atlántida Chamber Orchestra y Maxim Vengerov en el Auditorio NacionalMijaíl Glinka: Ruslán y Ludmila (Obertura). Jean Sibelius: Concierto para violìn en Re menor, Op. 47. Antonín Dvořák: Sinfonía nº 8, Op. 88. Atlántida Chamber Orchestra. Maxim Vengerov, violín. Manuel Tévar, director. Auditorio Nacional, 7 de junio de 2026. Menos de tres cuartos de entrada.

Maxim Vengerov

Uno de cada cuatro espectadores no llegaba a los treinta, y, de ellos, uno de cada tres no había llegado todavía al Bachillerato. No era, en todo caso, el público habitual del Auditorio Nacional, y eso se notaba también en la actitud: aplausos a destiempo durante toda la velada, alguna bronca del público de más edad por usos inadecuados del móvil, aplausos entusiastas a Vengerov y Tévar… No debe verse en este comentario introductorio un lamento: nada más alentador, hoy día, que comprobar la posibilidad real de una renovación del público.

La Atlántida Chamber Orchestra es un proyecto ya consolidado, pero todavía con mucho terreno por delante. Fundada en 2015 por Manuel Tévar, nació como proyecto de formación de músicos jóvenes, desarrollando una actividad regular que culmina en esta su cuarta temporada consecutiva en el Auditorio, con importantes citas (Salzburgo, Viena, Luxemburgo, Praga y Nueva York) en el próximo futuro, y en ocasiones como la actual, acompañando a artistas de prestigio.

Cultiva su propuesta formativa a través de una agrupación “cantera”, la Atlántida Youth. Y se declara orquesta profesional, si bien debe añadirse que se trata de una orquesta de proyectos, con un núcleo consolidado de músicos y una plantilla flexible, en torno a ellos, que se adapta a cada programa.

Este fue el caso en el concierto de ayer, que presentó en escena unos 50 músicos (33 instrumentistas de cuerda en total, con cuatro contrabajos), una cantidad apreciablemente más alta de lo que corresponde a una Orquesta de Cámara, sin que podamos decir si los músicos complementarios acudieron desde la Youth o desde otros lugares. Y, digámoslo también desde el principio, un orgánico a todas luces insuficiente para responder al programa propuesto, que requiere, y más en un espacio como la sala sinfónica del Auditorio, una sección de cuerda mucho más amplia, con no menos de seis contrabajos, para equilibrar las secciones de viento, estas sí, ajustadas a las exigencias de las tres partituras.

Ese desequilibrio se sintió con claridad desde el primer momento, con la famosa y brillante Obertura de Glinka, en cuya interpretación las cuerdas no pudieron imponerse sobre la sonoridad de los instrumentos de metal, y se mantuvo a lo largo de todo el concierto. Ejemplos de ello serían asimismo la respuesta a la bellísima melodía inicial solista del segundo movimiento del Concierto de Sibelius, con exceso de trompas, o el crescendo del tercer movimiento, deslucido por desequilibrio tìmbrico.

Lo que no quiere decir que no haya motivos para el aplauso. Mencionemos como ejemplos, entre los momentos en los que se pudo escuchar con claridad a la cuerda, los cellos en el segundo tema de la Obertura de Glinka o la violinada al inicio del segundo movimiento del Adagio de la Sinfonía de Dvořák, bien fraseada. O, en los instrumentos de viento, los dos clarinetes a la entrada del segundo movimiento del citado concierto, las trompas en el tema introductorio al primer movimiento de la Sinfonía de Dvořák o, con el mismo tema, las trompetas al inicio de la Reexposición.

Mención aparte merece Maxim Vengerov, el prestigioso violinista que, en medio de una brillante carrera, sufrió un accidente en 2007 y se mantuvo retirado de la vida artística hasta su regreso en 2012, con la vista ya puesta en actividades complementarias, como la dirección orquestal y el magisterio. De él merece especial mención su grabación del concierto de Sibelius realizada con la Chicago Symphony Orchestra dirigida por Barenboim en 1996. Mucho ha cambiado su actitud desde aquella exacerbada autoexpresión y desaforados gestos ultra románticos anteriores al accidente hasta el artista maduro, sin gestualidad sobrevenida y de mayor profundidad lìrica que vemos en la actualidad.

Su entrada en el tema inicial del Concierto, sobre el acorde de Re menor en divisi de los primeros y segundos violines, convocó apropiadamente en la sala el frío y la niebla del norte, habitando ese aire de misterio tan propio de Sibelius. Vengerov dejó asimismo buena muestra de su maestría en un fraseo cuidadosamente articulado, con una técnica depurada (detaché, buen uso del peso del arco), y apreciables gradaciones dinámicas. Reclamado por atronadores aplausos del público tras tres salidas a escena, Vengerov anunció con un escueto “Bach” la concesión de una propina sin título, que resultó ser el primer movimiento, Adagio, de la sonata para violín solo nº 1, en Sol de menor, del gran maestro alemán.

Manuel Tévar

El mérito de Manuel Tévar (no confundir con Ramón Tebar, el director valenciano actualmente en EEUU) como fundador de una agrupación que puede ya presumir de logros consistentes, no debe hacernos pasar por alto los aspectos mejorables de su dirección. La falta de equilibrio tímbrico en el orgánico utilizado, en primer lugar. Tal vez unos tempi más ligeros podrían haber compensado ese desequilibrio en una sala tan amplia como la del Auditorio.

La interpretación del siempre esperado tercer movimiento de la sinfonía de Dvořák, por ejemplo, sonó más otoñal que juvenil y vigorosa en ese tempo retenido, contrastando con un final del cuarto excesivamente bombástico. Por otra parte, su meritoria labor como director ganaría si, más allá de la simple visualización del tempo y el compás evitando descuadres rítmicos, buscase gestos más anticipatorios. En todo caso, enhorabuena por lo hasta ahora conseguido.

Emilio Fernández Álvarez

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