Crítica: La desventura de Carmen inaugura la temporada 2026/27 de Les Arts
La desventura de Carmen
CARMEN. Ópera en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halèly, basado en la novela homónima de Prosper Mérimée; música de Georges Bizet. Reparto: Vasilisa Berzhanskaya, Charles Castronovo, Ruth Iniesta, Davide Luciano, Aitana Sanz, Lora Grigorieva, Manuel Fuentes, Isaac Galán, Cristòfol Romaguera, Matías Sebastián Herrera. Dirección de escena: Ted Huffman. Escenografía: Nadja Sofie Eller. Vestuario: Astrid Klein. Iluminación: Urs Schönebaum. Coreografía: Pim Veulings. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats (Luis Garrido, director). Escola Coral Veus Juntes (Marta Mármol y Roser Gabaldó, directoras). Dirección musical: Michele Spotti. Lugar: València, Palau de les Arts. Fecha: miércoles, 7 octubre 2026 (se repite los días 10, 12 y 15 octubre).

Carmen de Bizet llega a Les Arts con una propuesta escénica que rompe con los clichés
© Miguel Lorenzo-Mikel Ponce
No ha tenido buena ventura Carmen en el Palau de Les Arts. Ella, la ópera de Bizet y el icónico personaje de Mérimée, han sido las peores producciones vistas en el Palau de Les Arts en sus dos décadas de existencia. El horror de la producción estrenada en 2007, firmada por Carlos Saura, se reitera con esta nueva y fallida producción ahora estrenada, firmada por el estadounidense Ted Huffman (1977), quien da palos de ciego en un montaje que, en su fracasado intento de esquivar tópicos y lugares comunes, cae precisamente en todos ellos.
Desde contar las acotaciones del libreto en medio del decurso musical, al humo, al fuego, al cuadro flamencón de tablao para guiris (impresentable el numerito de taconeo inventado entre los dos últimos actos) a un vestuario que da grima. Una dirección de escena que desvirtúa los personajes aliada a una escenografía inútil y fea con avaricia.
Son los riesgos que ocurren con las nuevas producciones. Se encargan y luego hay que tragar lo que salga. Le pasó a Helga Schmidt cuando confió Carmen a Saura, o con la tremenda Aida que coprodujo con el Covent Garden, en 2010, a cargo David McVicar. Ahora le ha vuelto a ocurrir a Jesús Iglesias, director artístico de Les Arts que sabe de ópera y sus mundillos lo que no está en los escritos, pero que se ha tenido que comer el marrón de esta nueva -pero vieja- y desventurada Carmen.
Un dislate escénico y conceptual, que desnaturaliza a los propios personajes: desde una Micaela que, envuelta en sosería y vestida por su peor enemigo, deja su modosidad para largarle un besazo en todos los morros a Don José, a convertir la taberna de Lilas Pastia en una güisquería de baja estofa y a todas las cármenes en colipoterras muslamen al canto. Naturalmente, la desventurada no muere a navajazos, sino estrangulada por un Don José convertido en Jack el Destripador.
Esta Carmen para el olvido y la condena eterna a los almacenes del teatro, tampoco anduvo afortunada musicalmente. No podía ser de otro modo, ya que la escena y la dirección de escena oprimen y encorsetan a los cantantes, que quedan así imposibilitados para desarrollar vocalmente sus personajes.
Carmen canta habanera y seguidillas con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón negro incompatible con el personaje, y concluye el tercer acto abrazada a un Don José que el libreto considera ya rechazado. Los soldados en camiseta, el verde traje de flamenca de Carmen, la lluvia de papelillos a lo Folies Bergère o el vestuario modelo Micolor del coro de niños son incongruencias dramatúrgicas impropias de un director de escena como Ted Huffman, que acaba de asumir la dirección del Festival de Aix-en-Provence y cuenta en su haber con sobresalientes trabajos. ¡Un mal día lo tiene cualquiera!
Reseñar la fea y negra plataforma cuadrada sobre la que transcurre la acción (propia de la estética alemana de los años setenta; solo faltaron los consabidos neones), el ventilador que tontamente pende de la parrilla de tramoya y que inocentemente intentar reflejar el calor de Sevilla (un recurso que ya utilizó Giancarlo del Monaco en su producción de La vida breve de Falla, en el mismo Palau de Les Arts, pero con arte y sentido), o el manido juego de sillas vacías fuera y dentro de la negra e inerte plataforma es referirse a algunos de los muchos detalles que desvirtúan este naufragado montaje escénico.

Imagen de la puesta en escena
© Miguel Lorenzo-Mikel Ponce
Musicalmente, en verdad, solo triunfaron la luminosa y brillante Orquestra de la Comunitat Valenciana y el barítono Davide Luciano como solvente Escamillo. La rusa Vasilisa Berzhanskaya (Carmen) es dueña de una voz importante y un registro asombroso -ha cantado desde la Reina de la Noche a la Isabella de La italiana en Argel-, pero le falta la personalidad, poderío y sensualidad de la cigarrera sevillana, un personaje que, como decía Teresa Berganza, “hay que cantar con la cabeza, pero también con el clítoris”. Naturalmente, constreñida por la escena, con un vestuario cabaretero y las manos encerradas en los bolsillos, es imposible crear el personaje libre y de carácter que es Carmen.
El tenor neoyorquino Charles Castronovo (Don José) comenzó mal, con la voz destemplada y un canto que auguraba lo peor. Por fortuna, a partir del “Aria de la flor”, enderezó el decurso vocal y acabó cerrando su actuación con un dúo final cargado de nervio, teatro y arrojo vocal. Davide Luciano otorgó empaque vocal y carácter a un Escamillo que ya hizo triunfar en el pasado Festival de Salzburgo y en València se ha llevado el gato al agua.
Ruth Iniesta, perturbada por el vestuario y la tontuna de la dirección de escena, se quedó en pálida y correcta Micaela, con sus dos grandes arias desdibujadas por la impertinencia escénica. Sin fisuras y bien configurado el resto del reparto, desde la Frasquita de Aitana Sanz (Frasquita) a la Mercedes de Lora Grigorieva, el rotundo Zúñiga de Manuel Fuentes y el bien delineado Morales del aragonés Isaac Galán.
Como Castronovo, el Cor de la Generalitat tuvo un mal comienzo, con el coro de soldados desajustado con la orquesta y entre ellos mismos. Luego, enmendó el rumbo para recuperar su acostumbrado nivel. Bien y hasta muy bien los niños, de la Escolania de la Mare de Déu dels Desemparats y de la Escola Coral Veus Juntes.
La Orquestra de la Comunitat Valenciana, que ha tocado Carmen con Lorin Maazel (2007) y Zubin Mehta (2010), fue la gran protagonista de la función, pese al gobierno del milanés Michele Spotti (1993), maestro preciso y minucioso, de gesto claro, conciso y seguro. De tiempos vivos y firme criterio, pero ajeno al vuelo, fantasía y sensualidad de un ópera que es humo habanero, aire y sugestión. Nada que ver con los tóxicos marlboros que se fumaban unas y otros






















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