Crítica: Bayreuth enmienda la plana a Wagner y triunfa con Rienzi en el Festspielhaus
Bayreuth enmienda la plana a Wagner y triunfa con Rienzi en el Festspielhaus
Wagner: Rienzi, el último de los tribunos. “Gran ópera trágica” en cinco en cinco actos, con libreto del compositor, inspirado en la novela del mismo título de Edward Bulwer-Lytton. Andreas Schager (Rienzi), Gabriela Scherer (Irene), Andreas Bauer Kanabas (Steffano Colonna), Jennifer Holloway (Adriano), Michael Nagy (Orsini), Vitalij Kowaljow (Cardenal Raimondo), Matthias Stier (Baroncelli), etcétera. Dirección de escena, escenografía y vestuario: Alexandra Szemerédy y Magdolna Parditka. Iluminación: Bernd Gallasch. Vídeo: Leonard Koch. Dramaturgia: Markus Kiesel. Orquesta y Coro titulares del Festival de Bayreuth (director de coro: Thomas Eitler-de Lint) Dirección musical: Nathalie Stutzmann. Lugar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.937 espectadores (lleno). Fecha: 26 julio 2026.
Rienzi, por primera vez, en Bayreuth
Wagner siempre se negó a que su tercera ópera, Rienzi, estrenada en 1942, en Dresde, se programara en su Festival de Bayreuth. La consideraba una obra del pasado, demasiado “meyerbeeriana” y grandilocuente, alejada de su propia evolución creadora. Ajena, por ello, al llamado “Canon de Bayreuth”, que comprende sus diez últimas óperas, desde El holandés errante hasta Parsifal. Ahora, Katharina Wagner, la bisnietísima que dirige el Festival fundado por Wagner hace 150 años, ha dado un paso al frente y se ha lanzado a incluir la ópera prohibida en el sanctasanctórum que es el Festspielhaus. Con ello, ha enmendado la plana a su bisabuelo, quien ahora, como alguien escribió ayer al crítico, estaría “revolviéndose en su tumba”.
Pero no. Wagner hubiera sido el primer sorprendido ante la maravilla que el domingo ocurrió en el Festspielhaus, y del refrendo unánime con que el público que abarrotó sus 1.937 localidades certificó con su aplauso y bravos lo acertado de esta primicia. Con el mismo fervor y entusiasmo que lo hace tras un Tristan o un Parsifal.
No era para menos: así lo merecían Rienzi y el soberbio trabajo escénico firmado al alimón por las húngaras Alexandra Szemerédy y Magdolna Parditka, que han dado vigor y razón de ser a un libreto y una dramaturgia -Markus Kiesel- de absoluta actualidad, que indaga y expone sin paños calientes el conflicto político de las urnas, la demagogia y la descomposición del poder.
Sobre una vistosa y sofisticada escenografía diseñada por ellas mismas y magníficamente movida por el diestro equipo técnico de Bayreuth, Szemerédy y Parditka centran el conflicto en la degradación del líder –Rienzi– en el contacto con la realidad del poder. Su descomposición -tan pareja a la contada por Sartre en Las manos sucias– es un retrato de candente actualidad. Atemporal, pero, lamentablemente, de eterna vigencia. Magistralmente expuesto y contado.
El retrato de su degradación a lo largo de los cinco extensos actos es, en sí mismo, certero y admirable. De la mano de Szemerédy y Parditka, Rienzi, ambientada en Roma, a mediados del siglo XIV, extiende su genio y grandiosidad dramática y conceptual a la atemporalidad de la verdadera obra de arte. Después de este estreno revelador, Rienzi, la ópera prohibida, se ha ganado un puesto propio y de pleno derecho en el exclusivo “Canon de Bayreuth”, donde deberá permanecer “per secula seculorum”. Wagner, de haber estado el domingo en su Festspielhaus, hubiera sido el primer en apoyar la medida que tan valientemente ha adoptado su intrépida bisnieta.
Imagen de la producción
Sin pelos en la lengua, y con una dramaturgia cargada de fondo y contenido, concebida por Markus Kiesel, la acción es una permanente y bien narrada reflexión sobre la degradación del poder y sus líderes. Rienzi, el héroe que quiere salvar a Roma de oligarquías y poderes fácticos, acaba víctima de sí mismo, de unos ideales que pronto quedan pretéritos. En manos del alcohol, el desamor, la desgana y la desesperación. La escena en la que apunta a su sien con una pistola, marca la desilusión total del héroe ante un final inexorable, abrasado en un Capitolio incendiado por un pueblo (manipulado, ¡claro!) que definitivamente le ha dado la espalda. Palpitante actualidad.
Wagner, reconvertido en ciudadano de 2026, se hubiera quedado fascinado con una ópera a la que el tiempo y el formidable hacer de los artífices de esta nueva producción han inflado de sentido y contenido. Sobre todo, tras lo que ocurrió en la Europa del siglo XX, y precisamente en la Alemania que vio emerger el nazismo y sufrió sus consecuencias. Pero esta producción, uno de los mejores y más profundos montajes escénicos estrenados en los últimos años en la escena internacional, no se queda en lo concreto. Va más allá. Universaliza el conflicto y escarba en el drama personal del héroe. De cualquier héroe, de cualquier ser humano.
Cortados sus largo cinco actos con tacto exquisito y pertinencia dramática, nada de lo esencial ha quedado fuera en esta versión que probablemente quedará asentada como “oficial” y definitiva. Por fortuna, se ha mantenido la larga escena de ballet del segunda acto, en la gran fiesta organizado por Rienzi, que contiene músicas realmente atractivas, con la marca ya inconfundible de Wagner, pese a sus ramalazos italianizantes. Resuelta de forma sobresaliente, con una pantomima en forma de “teatro dentro del teatro” cargada de humor, sentido teatral y sensibilidad.
El capítulo musical no anduvo a la zaga, sobre todo con el protagonismo absoluto del tenor Andreas Schager en el rol titular, en una interpretación deslumbrante y categórica, de absoluta referencia. Pletórico de voz, carácter y entrega, Schager, quien ya interpretó el rol de Rienzi en 2012, en versión de concierto, en el Teatro Real de Madrid, bordó en Bayreuth el mejor Rienzi imaginable.
“SuperSchager” es, efectivamente, el Rienzi ideal. Inagotable en su constante hacer durante cinco actos en los que casi siempre está en escena. Con voz poderosa, pletórica de carácter y personalidad, incisiva y arrojada, en la línea de los mejores “heldentenores” de la historia, quizá solo comparable a leyendas como Melchior o Lorenz. Paradójicamente, flaqueó algo en el momento más conocido, la plegaria con la que abre el quinto acto, de escritura más lírica, pero fue apenas una gota en el océano del mejor canto wagneriano que fue su portentosa actuación.
A su lado, brilló el bien compuesto Adriano de la soprano estadounidense Jennifer Holloway, brillante toda la representación, mantuvo el pulso con el todopoderoso Schager y con la soprano Gabriela Scherer, que defendió con carácter y buen hacer el ingrato papel de Irene, la hermana de Rienzi y amada de Adriano, y todo el resto del hilvanado y extenso reparto, incluidos los bajos Andreas Bauer Kanabas (Steffano Colonna) y Vitalij Kowaljow (Cardenal Raimondo), y el barítono Michael Nagy (Orsini).
En el foso, Nathalie Stutzmann se superó a sí misma con una concertación que fue más allá de la corrección, y muy superior a su Tannhäuser bayreuthiano. Pese a desajustes propios de la monumentalidad de la escena y del propio espacio, con pasajes excesivos en decibelios y cortos en equilibrio entre foso y escenario, también entre coro y orquesta, condujo la ópera con idioma y sentido narrativo, atenta a la acción y sus tensiones. Dando tiempo al tiempo.
El Coro de Bayreuth, de tan sustancial cometido, volvió a dar la nota en este espectáculo redondo en el que nada desentonó. Todo apunta a que Rienzi ha llegado a Bayreuth para quedarse. Y seguro que con el beneplácito póstumo de su creador.




















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