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Por Publicado el: 29/07/2026Categorías: En vivo

Crítica: “Diario di una madre”, el gran estreno lírico del Festival de Peralada

“Diario di una madre”, el gran estreno lírico de Peralada

Diario di una madre de Alberto García Demestres. Sabina Puértolas, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. Iglesia del Carme, Festival Castell de Peralada, 26 de julio de 2026

El nuevo ciclo de Alberto García Demestres funcionó. Catorce canciones y dos interludios pianísticos, más de setenta minutos de música construidos sobre los versos de Cristina Pavarotti —hija del gran tenor de Módena—, atravesando toda una vida: desde el tiempo anterior al nacimiento de una hija hasta la muerte de la madre que la observa envejecer, alejarse y regresar.

Que el material poético parta de una mujer que escribe sobre su propia experiencia como madre y como hija ya es en sí mismo poco frecuente en el repertorio liederístico, dominado casi siempre por la mirada masculina incluso cuando canta el amor o la pérdida. Todo se ve desde una perspectiva puramente femenina y de madre. Son justo esas dudas, culpas, pequeñas alegrías de casa, el miedo a que te olviden o incluso hablar de la menopausia en una canción —algo que no recuerdo haber oído jamás en un concierto de cámara— lo que hace que esta propuesta sea algo de verdad diferente.

García Demestres lleva más de veinte años vinculado a Peralada y se nota que le ha puesto mucho cariño a la obra, además de técnica. El piano suena lleno y con mucha ambición, mientras que a la voz le pide una fuerza casi de ópera. Eso sí, los dos instrumentos no siempre van a la una: el compositor prefiere que el piano marque el clima emocional del poema por su cuenta antes que limitarse a repetir lo que dice la letra, un poco al estilo de lo que hacía Hugo Wolf. Es la parte más lograda de la partitura, y también la más arriesgada.

Diario di una madre de Alberto García Demestres Peralada

Rubén Fernández Aguirre y Sabina Puértolas

El resultado, sin embargo, no fue parejo a lo largo de toda la velada. La primera parte del ciclo repasa los primeros años de la niña —el nacimiento, el colegio, la habitación desordenada de la preadolescente y la llegada de la adolescencia— con una voz exigida casi sin pausa. Tanto despliegue continuo y sin apenas momentos de calma terminó por hacerse algo monótono hacia el final del bloque. Uno echaba en falta algún remanso, algún silencio que permitiera tomar aire antes de la siguiente escena.

Todo cambió tras el segundo interludio. En la segunda parte del ciclo la hija, que observa ya a su madre desde la edad adulta, la pregunta sobre la maternidad propia planteada sin moralina ni respuesta cerrada, la llegada de la menopausia, los primeros síntomas del olvido y finalmente la despedida alcanzó una hondura muy superior, con un equilibrio entre expansión y recogimiento mucho más logrado. Las tres últimas canciones tienen una verdad que llega al corazón sin recurrir a trucos ni adornos. Si acaso hay algo que señalarle a esta segunda parte, por lo demás preciosa, es que el compositor tiende a rematar algunos temas con agudos que parecen más un adorno para lucirse que una exigencia de la propia historia.

Sabina Puértolas afrontó una parte vocalmente exigente y extenuante, con una tesitura que tiende a instalarse en el registro agudo con una insistencia que, hacia el final de la primera parte, empezó a limitar su capacidad expresiva. Fue en la segunda mitad donde la soprano encontró el terreno que mejor le sienta: zonas más centrales, mayor libertad de fraseo, un crecimiento del personaje que culminó en momentos de las dos últimas canciones donde pareció transformarse físicamente sobre el escenario. Ahí se produjo ese silencio que demuestra que público y artista se han entendido.

Rubén Fernández Aguirre fue bastante más que un acompañante: desde las primeras notas —que evocaban algo tan físico como el movimiento dentro del vientre materno— desplegó un catálogo de colores que iba de una transparencia casi líquida a una contundencia dramática calculada con precisión milimétrica, siempre atento a las inflexiones de la voz que tenía al lado. No se hubiera logrado la intensidad que se logró sin la complicidad de ambos.

Y, todo hay que decirlo, existe un cierto desequilibrio de ritmo entre las dos partes del ciclo, que el compositor debería pulir en una futura revisión. Pese a esto, Peralada ha apostado por un estreno valiente, honesto y muy necesario, escrito además —como reconoció el propio autor— en parte desde una UCI. Ese detalle personal no influye en la calidad técnica de la música, pero sí le suma una dosis extra de autenticidad a una obra que ya venía sobrada de verdad. H.P. Fotos © Miquel González

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