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Por Publicado el: 15/07/2013Categorías: Crítica

CRÍTICA: «El oro del Rhin»

DAS RHEINGOLD (R.WAGNER)

En año tan señalado Munich no podía dejar de ofrecer el Anillo del Nibelungo en su Festival de Julio, como ya lo hiciera el año pasado. El espectáculo escénico ha funcionado bien, la versión musical se ha quedado un poquito corta y el reparto vocal es mejorable. De hecho, el resultado global me ha parecido algo por debajo respecto  del año pasado, en que pude asistir a la Tetralogía completa, mientas que este año se me quedará pendiente el Ocaso de los Dioses por problemas de fechas.

La producción escénica es la que pude ver el año pasado, debida a Andreas Kriegenburg, que se estrenó en el mes de Febrero de 2012 y que tiene como mérito importante el de haber evitado la tentación de caer en provocaciones “modernistas”. Por el contrario, narra muy bien la historia, aunque no todo sea excepcional.

La producción de Kriegenburg me recuerda mucho a los trabajos de La Fura dels Baus. No al que hicieron con esta ópera en Valencia, sino a muchos otros, en los que hacen uso de un numeroso grupo de “fureros”, que tanto sirven de figurantes, como de bailarines e incluso de elementos de atrezzo. Al entrar en la sala, vemos el escenario  ocupado por un centenar aproximado de jóvenes de ambos sexos, vestidos con ropas blancas, entre los que se ven también a tres personajes de verde, que no pueden ser sino las Hijas del Rhin. Poco antes de que el maestro ataque el famoso preludio con el acorde en MI bemol mayor, se escuchan por megafonía sonidos de agua, levantándose los figurantes, que se despojan de sus vestidos para quedar en ropa interior – color carne -, y se pintan sus cuerpos de azul, para convertirse en el río, en el que aparecen las Hijas del Rhin y Alberich. Estos figurantes siguen formando parte de la escena en diversos momentos, particularmente en la aparición de Erda y en la entrada en el Walhala. La escenografía (Harald B.Thor) es muy simple, apenas unas paredes de madera y un techo, lo que facilita la proyección de las voces. El vestuario (Andrea Schraad) es un tanto intemporal, con los dioses siempre con pelucas rubias-platino. Buena también la labor de iluminación de Stefan Bolliger.

La dirección escénica de Andreas Kriegenburg destaca en los movimientos de figurantes, resolviendo de manera imaginativa las transformaciones de Alberich, así como la aparición de Erda, indudablemente salida del centro de la tierra. Menos convincente es la personificación de los gigantes, mientras que de los momentos más conseguidos de la producción hay que señalar el apilamiento del oro. Menos convincente resulta la entrada de los dioses en el Walhala, muy poco espectacular. Kriegenburg ofrece una visión interesante de Wotan, que aparece como débil y derrotado a partir de la escena de Erda, resultando también interesante la relación entre Donner y Froh, por un lado, y el propio Wotan, por otro, con frecuentes discusiones entre ellos. Muy buena la personificación de Loge, auténtico protagonista de la ópera.  En conjunto, es una producción interesante, en la que había detalles que indicaban que los ensayos han sido escasos. Había que ver los apuros de Fasolt para calarse el abrigo de gigante.

Repetía al frente de la dirección musical el titular de la casa, el director americano  Kent Nagano, quien nuevamente ha sacado un gran partido de la magnífica Bayrerisches Staatsorchester, cuya actuación fue magnífica de principio a fin. En cuanto a la lectura de Nagano, tengo que decir que me ha resultado algo decepcionante y por debajo de la del año pasado. El inicio de la ópera – de hecho, las escenas del Rhin y la de los Dioses y los Gigantes –  me han resultado bastante planas. La cosa mejoró en el Nibelheim y ya siguió por camino positivo durante las últimas escenas. Uno  no viene a Munich para ver cualquier cosa y de ahí mi relativa decepción con la actuación de Kent Nagano, cuya labor global la puedo considerar pulcra y buena, pero sin alcanzar las cotas de calidad de otros directores. Esperemos que las cosas mejoren en las próximas entregas.

Repetía como Wotan el barítono danés Johan Reuter y su actuación estuvo en línea con la del año pasado, es decir  un Wotan lírico, de voz agradable y bien manejada, al que le falta mayor autoridad y peso vocal para hacer frente al personaje, En un teatro grande y moderno habría podido tener serios problemas. Un buen cantante, pero Wotan necesita más que eso. Él termina su actuación con el Prólogo, ya que en Walküre estará Bryn Terfel, mientras que en Siegfried estará Terje Stensvold.

El año pasado el rol de Alberich lo interpretó Wolfgang Koch, mientras que este año lo ha hecho el barítono polaco Tomasz Konieczny. Hemos salido perdiendo con el cambio, aunque no creo que hayan ganado en Bayreuth. Lo digo porque Koch será Wotan en la nueva Tetralogía de Bayreuth y estoy persuadido de que su voz es más adecuada para Alberich que para Wotan. Justamente, lo contrario que ocurre con Konieczny, cuya voz es más noble que lo que pide el malvado Alberich. Para mi gusto el polaco se queda corto y podría haber hecho un  mejor Wotan que Reuter. De hecho forzó sus medios y en la última escena, tras alguna señal de que su  voz comenzaba a dar signos de fatiga, se rompió de manera espectacular en las notas finales.

Repetía el tenor eslovaco Stefan Margita como Loge y nuevamente volvió a llevarse el gato al agua. Hace una magnífica interpretación del semi dios, con una voz blanquecina y muy bien proyectada. Se adueña de la escena en cuanto entra en la misma y es el centro de atracción, ayudado por un original traje rojo.

Repitió en Fricka la mezzo francesa Sophie Koch, cuya actuación fue correcta y no especialmente brillante. La voz queda un tanto empequeñecida aquí y su actuación escénica tampoco es especialmente brillante.

Los Gigantes   no resultaron  suficientemente  impresionantes en ningún sentido. Torsten Grümbel repetía como Fasolt y le sigo encontrando con voz algo reducida y excesivamente abaritonada, mientras que Steven Humes era el nuevo Fafner, que estuvo bien.

También repetía la mezzo Catherine Wyn-Rogers, que fue una Erda sin importancia, como lo fue el año pasado. Esperaba  que hubiera sido sustituida, pero no fue así.

Donner y Froh lo hicieron francamente bien, Eran Levente Molnar, que repetía su actuación del año pasado, y el tenor ruso Sergey Skorokhodov, que ofreció una voz de tenor bien timbrada y manejada. El tenor Ulrich Ress repetía su Mime y volvió a hacerlo bien. La soprano Aga Mikolaj volvió a lanzar sus lamentos como Freia, pero en esta ocasión sus lamentos sonaron bastante peor y más apretados que el año anterior.

Las Hijas del Rhin lo hicieron francamente bien, con la novedad de la presencia de la soprano Hanna-Elisabeth Müller en Woglinde en lugar de la estupenda Eri Nakamura del año anterior. Muy bien de nuevo Angela Brower en Wellgunde, un auténtico lujo. Buena también la actuación de Okka Von Der Damerau en Flosshilde.

El Nacionaltheater estaba a rebosar, con presencia numerosa de “suche karte” en los alrededores del teatro. El público aplaudió con calor a, los artistas, siendo las mayores ovaciones dedicadas a Stefan Margita y a Kent Nagano.

La representación comenzó con 4 minutos de retraso y tuvo una duración musical de 2 horas y 32 minutos, es decir 4 minutos menos que la del año anterior. Los aplausos finales se prolongaron durante 9 minutos.

La entrada más cara costaba 163 euros, habiendo también localidades en el patio de butacas por 142 y  117 euros. En los pisos superiores los precios descendían a cifras entre 39 y 91 euros, habiendo localidades con visión reducida por 15 euros. José M. Irurzun

 

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