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Por Publicado el: 23/05/2021Categorías: En vivo

Critica: Kolodenko, debut de altos vuelos

Kolodenko, debut de altos vuelos

 

ORQUESTRA DE VALÈNCIA. Vadim Kolodenko (piano). Ramón Tebar (director). Programa: Obras de Rajmáninov (Concierto para piano y orquesta número 1) y Brahms (Cuarta sinfonía). ­Lu­gar: València, Teatro Principal. Entrada: Alrededor de 600 personas. Fecha: jueves, 20 mayo 2021.

Vadim Kolodenko

No ha podido volar más alto Vadim Kolodenko (Kíev, 1986) en su debut con la Orquestra de València. El pianista ucraniano, ganador del Concurso Van Cliburn en 2013, mostró su condición de coloso del piano soviético, dueño de un pianismo poderoso y sensitivo que asume las mejores cualidades y tradiciones. La deslumbrante perfección de su versión del temprano Primer concierto para piano y orquesta de Rajmáninov discretamente acompañado por la Orquestra de València y Ramón Tebar fue solo epidermis y base de un modo de hacer música, de interpretar la obra de arte, que rechaza exhibicionismo y vacuidades. Kolodenko impuso la verdad, la cercanía y la pasión con un repertorio que le es propio.

Sentado cerca del teclado, en una posición casi estudiantil, obtiene sonidos de fascinante intensidad, solidez y redondez, que conviven asombrosamente con el talento de hacer cantar el piano, de dar vida al lirismo y efusión romántica del joven Rajmáninov que, con apenas 18 años, se enfrenta a su primera página concertante para el teclado. Su pianismo es libre, natural y jamás forzado o exagerado. Como Guilels, como Richter o el propio Rajmáninov, su interpretación sin peros ni reservas estuvo marcada por esa maravillosa combinación de fidelidad, perfección, delectación virtuosística y naturalidad característica de la escuela soviética.

Tras volcarse implicado en el virtuosismo arrollador del revisado primer movimiento, y escuchar el canto inicial de la trompa en el comienzo del andante central, Kolodenko se adentró con mórbida lentitud en su contemplativo universo para emocionar y hacer lucir los mil y un registros y colores que pueden brotar de un piano bien preparado -Javier Clemente- cuando es gobernado por manos verdaderamente sensibles. La irrupción sorpresiva y abrupta del hipervirtuosístico Allegro vivace, con sus sabores tan nítidamente folclóricos y detalles casi humorísticos, fue colofón de tan perfecta y entusiasmante actuación. El público, claro, aplaudió con proporcionado calor una actuación que ha de marcar el inicio de nuevas visitas. ¡No todos los días ni semanas hay ocasión de disfrutar de un artista así! La risueña pero muy endiablada Polca de W.R., que recompone Rajmáninov en 1911 a partir del “scherzo-polca” Lachtäubchen, del alemán Franz Behr, fue colofón perfecto de tan inmejorable debut.

Tras una mínima pausa para retirar el piano del abarrotado escenario del Teatro Principal y reubicar a los profesores de la OV, llegó una Cuarta sinfonía de Brahms que no quedará grabada en la memoria de nadie. Lo que se escuchó fue una orquesta desajustada y fallona en la que era difícil reconocer a la errante formación valenciana. Después de unos primeros compases prometedores, todo se vino muy pronto abajo. Tebar, agachándose hasta el límite y con sus característicos saltitos y saltos, dando grandes pero inexpresivas brazadas, parecía no percatarse de lo que ocurría bajo el podio. Aquello parecía más una lectura a primera vista que el profesionalizado fruto de una semana de ensayos.

Nada destacó en tan decepcionante interpretación. La sublime Passacaglia que es el apasionado Allegro final quedó tan inadvertida como el resto de la sinfonía.  Por no darse cuenta, el maestro ni se percató del sobresaliente soporte que tuvo en el timbalero, cuyas precisas baquetas hicieron más por mantener el pulso métrico que sus mareantes gestos. Hasta tal punto no se enteró, que ni siquiera lo levantó a saludar al final, tras haber hecho lo propio con el resto de solistas de la orquesta. Pura discriminación. Feo y ¡molt fort! Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 22 de mayo de 2021

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