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Por Publicado el: 12/12/2020Categorías: En vivo

Critica: Mayúsculo DON MAGNIFICO

Mayúsculo DON MAGNIFICO

Fotografías: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce

LA CENERENTOLA. Dramma giocoso en dos actos. Libreto de Jacopo Ferretti basado en el cuento de hadas Cendrillon, de Charles Perrault. Reparto: Lawrence Brownlee (Don Ramiro), Anna Goryachova (Angelina), Carlos Chausson (Don Magnifico), Carles Pachón (Dandini), Larisa Stefan (Clorinda), Evgeniya Khomutova (Tisbe), Riccardo Fassi (Alidoro). Direc­ción de escena y vestuario. Laurent Pelly. Escenografía:Chantal Thomas. Iluminación: Duane Schuler. Cor de la Generalitat Valenciana (Francesc Perales, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Direc­ción musical: Carlo Rizzi. Lugar: Palau de les Arts. Entrada:Alrededor de 800 personas. Fecha: jueves, 10 diciembre 2020 (se repite los días 12, 15, 17, 20 y 23 de diciembre).

¡Triunfó la música! Más particularmente el canto. Y aún más específicamente el magnifiquísimo DON MAGNIFICO de Carlos Chausson, capaz a sus setenta años de llenar la escena con su poderosa voz de bajo-barítono bufo y una presencia escénica arraigada en la maravillosa tradición de grandes cantantes de carácter entroncada en la Commedia dell’Arte. Con mayúsculas exige el arruinado barón que se escriba su nombre, y sí, mayúscula fue la interpretación de este veterano cantante zaragozano, que el jueves se convirtió en la estrella del regreso de La Cenerentola de Rossini a la escena del Palau de les Arts.

No fue la interpretación veterana de Carlos Chausson la única maravilla vocal de la función. A su lado, la mezzo soprano rusa Anna Goryachova dictó una excepcional lección de canto belcantista, con una Cenicienta que escénica y vocalmente evocó la gloria de Teresa Berganza. Una Angelina de carácter, más cabreada que sumisa y resignada, a tono con el concepto de la producción. Convertida en chacha más que “friegacenizas” (Anselmo Alonso en los inconfundibles subtítulos), su actuación fue de más a mucho más, desde su ensoñadora intervención inicial –“Una volta c’era un Re”- hasta un “Nacqui all’ affanno” de rotundo calado vocal y efusiva expresividad.

El tenor estadounidense Lawrence Brownlee aportó brillo y calidad vocal a un Príncipe Ramiro que casi casi reconcilia a uno con la cosa monárquica. No desaprovechó su aguda aria del segundo acto “Sì, ritrovarla io giuro” para mostrar el fácil registro agudo y sobreagudo y la cuidada línea de canto que le han convertido en uno de los tenores rossinianos de referencia en la escena contemporánea. No anduvieron a la zaga el Dandini camaleónico y zascandil del joven barítono catalán Carles Pachón, y las hermanas –que no hermanastras- Clorinda y Tisbe, muy bien cantadas y encarnadas por Larisa Stefan y Evgeniya Khomutova respectivamente, ambas del Centre de Perfeccionament “sin Plácido Domingo”. Riccardo Fassi fue un ajustado Alidoro cuya bella voz sorteó con habilidad la endiablada aria “Là del ciel nell’arcano profondo”.

En el foso Carlo Rizzi (1960) obtuvo con más solvencia que arte excepcionales sonoridades de una Orquestra de la Comunitat Valenciana flexible, dúctil, ligera, nítidamente empastada y de rápida y brillante respuesta. Sin un momento de decaimiento, sus profesores mantuvieron durante toda la noche el vibrante pulso rossiniano, concertados por el oficio y experiencia del conocido maestro milanés. La rotunda brillantez que desprendía el foso, donde sí faltaron pianísimos y sobraron fortísimos, no mermó el balance con el escenario gracias a la talla vocal de unas voces capaces de imponerse sobre todo y todos. Reducido a 16 componentes, el enmascarillado Cor de la Generalitat hizo resplandecer una vez más sus evidentes calidades y cualidades.

La nueva producción escénica, nacida al alimón con las óperas Nacional de Holanda y el Gran Teatro de Ginebra, llegó firmada por el parisiense Laurent Pelly, quien se empeña en que siempre ocurran cosas en escena. Y mientras más, mejor. ¡Casi una obsesión! El resultado es un abigarramiento que distrae la sencilla esencia de un libreto y una dramaturgia que apenas necesitan cuatro pinceladas para marcar su ágil curso. Pelly opta por un complejo virtuosismo dramático y una escenografía en la que todo cabe, desde dos lavadoras a una carroza telonera o a cualquier cachivache que usted pueda imaginar, incluido, claro, ese gran invento español que es la fregona.

Sobre el escenario, todo se articula con plataformas deslizantes y elementos suspendidos que otorgan ligereza y momentos de innegable atractivo. En tan movediza escena, cantantes y coristas se ven obligados a cumplir un sofisticado, coherente, casi arriesgado y bien materializado hacer teatral, con algunos signos y guiños acaso demasiado obvios a producciones anteriores, como la escena del sofá de DON MAGNÍFICO y Dandini, tan similar a la clásica de Roberto de Simone del Teatro Comunale de Bolonia. De otra parte, el contraste del vestuario, uno a los años sesenta y otro dieciochesco, hace el juego fácil de confrontar dos mundos, dos acciones. Sueño y realidad. El trajeado “DON MAGNIFICO Chausson” recuerda más al maestro Gómez Martínez que al padre de Angelina y cía, mientras que el frac hasta los tobillos del Alidoro del pobre Riccardo Fassi evoca y produce casi el mismo repelús que el del director Constantino Martínez-Orts cuando dirige la publicitada y mal llamada Film Symphony Orchestra. Lo de convertir a Alidoro en alter ego de Carlo Rizzi, como la persona que batuta en mano imita y articula los finos hilos que mueven la acción, es un recurso fácil, trillado y, finalmente, cansino.

La noche no alcanzó el entusiasmo y calor que cabía esperar de tan notable, casi sobresaliente, interpretación musical. Sin duda, algo tuvieron que ver en ello las limitaciones de aforo y las imprescindibles pero malditas mascarillas. También la falta de magia de una batuta a la que, sin embargo, hay que aplaudir su profesional y meticuloso trabajo. Las mayores ovaciones y bravos recayeron en el gran MAGNIFICO; en la sobresaliente Anna Goryachova –se premió tanto su interpretación musical como su excepcional actuación dramática-, y en una orquesta en la que destacaron todas y cada una de sus secciones y profesores. Con sus más y sus menos, fue, en definitiva, una muy buena representación de La Cenerentola. Al final de la función, bien pasadas ya las once de la noche, todos pitando a casa. El toque de queda, que en València comienza a las doce en punto de la noche, nos ha convertido a todos en pobres cenerentolos y cenerentolas sin príncipe o princesa azul. Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 12 de diciembre de 2020

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