Crítica: La ORCAM inaugura su temporada 2026/27 “en busca de la suprema depuración”
EN BUSCA DE LA SUPREMA DEPURACIÓN
Mahler: Sinfonía nº 3. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM), Pequeños Cantores de la ORCAM. Jennifer Johnston, mezzosoprano. Alondra de la Parra, directora. Auditorio Nacional, Madrid, 6 de octubre de 2026.

Alondra de la Parra
Tercera aventura mahleriana de Alondra de la Parra tras sus interpretaciones de la Primera y la Segunda Sinfonías del compositor bohemio. De ella ha salido indemne por su acertada ordenación de elementos estructurales, por la claridad de su exposición, por la bien dispuesta acentuación.
Aspectos que han marcado con fortuna su acercamiento a una tan procelosa partitura que, como apuntaba Aldo. Nicastro, es toda como un gigantesco himno bárbaro; estadio avanzado de la irrupción de la temática del Wunderhorn (recopilación de temas populares de Armin y Brentano) en la arquitectura sinfónica y emblema desconcertante de todas las aporías mahlerianas, de la imposibilidad de proseguir un decurso denunciada mediante el máximo reforzamiento de sus componentes.”
Discurso irregular, en efecto. ¿Quería Mahler componer una sinfonía nietzscheana? Sopeña opinaba, como Pérez de Arteaga, que sí. Mahler, paradójicamente, tras despegar de Nietzsche (primer movimiento) y volver a él (cuarto), se pasa a Cristo, a San Pedro y a los ángeles niños y culmina el viaje al lado de la divinidad cristiana en Lo que me dice el amor. Como señalaba Arteaga, Mahler, el judío aún no bautizado, el nietzscheano y schopenhaueriano, resucita a Dios partiendo de Zaratustra.
Son aspectos que deben tenerse en cuenta mientras se escucha esta sorprendente música.
Y de los que ha partido la honrada y bien elaborada interpretación de Alondra de la Parra -que sigue comentando lo que dirige, micrófono en mano, en busca de un discutible didactismo- al frente de una reforzada orquesta (nueve trompas, como se pide, por ejemplo), que ha atendido con presteza sus intenciones y demandas; sin que ello suponga que se lograra al completo una total y perfecta conjunción y que se eliminaran determinados fallos de ejecución (algún que otro roce o moro en los vientos, determinadas desigualdades en las cuerdas). La batuta de De la Parra es clara antes que precisa, pero es elegante y volandera, explicativa y expresiva.
El primer movimiento, Fuerte y decidido. El despertar de Pan, el verano hace su entrada, se desarrolló con reconocible claridad y manejo de contrastes. Buen estudio de dinámicas. El segundo, Lo que me cuentan las flores del prado, Menuetto, pudo tener un aire más juguetón, más despreocupado, dentro de su bien medida elaboración. En el tercero, Comodo, scherzando, Lo que me cuentan los animales del bosque, bien acentuado y con planos adecuadamente ordenados y acertadas sutilezas, mostró el lado más evocativo y dio pie al solo entre bambalinas del posthorn (no un fliscorno, que es lo pedido). Magnífica intervención del solista, cuyo nombre no aparece en el escueto programa de mano que se distribuye en la sala.
Buena actuación de la mezzo Jennifer Johnston en el Misterioso, Andante, Lo que me cuenta la noche. Voz no especialmente bella y no muy rica en armónicos, pero adecuada y expresiva fraseadora. Los niños y el coro intervinieron con gracia, bien dirigidos, en el desenfadado Lo que me cuentan los ángeles. Quedaba el sublime Lo que me cuenta el amor, Lento, sereno.
La batuta de De la Parra se desenvolvió con no poca fortuna en el maravilloso despliegue, en la singular y paulatina escalada hacia las cumbres. Esa muy parsifaliana peroración, versión depurada del ímpetu proteico y dionisíaco de la primera parte, que nos conduce a la contemplación espiritual. En suma, una interpretación bien cohesionada, bien intencionada y en buena parte lograda. Con buena prestación de los conjuntos.






















Últimos comentarios