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Por Publicado el: 11/10/2026Categorías: En vivo

Crítica: Poeta en Nueva York, la ópera, en el Teatro de la Zarzuela

Poeta en Nueva York, la ópera

Obras: Poeta en Nueva York. Música, libreto y dirección artística: A. Carretero. Puesta en escena: Rita Cosentino. Intérpretes: El Colorao, J. Povedano, L. García-Lorca, M. Flores, Trío Arbós. 08/X/2026. Teatro de la Zarzuela.

Poeta en Nueva York, la óperaObras: Poeta en Nueva York. Música, libreto y dirección artística: A. Carretero. Puesta en escena: Rita Cosentino. Intérpretes: El Colorao, J. Povedano, L. García-Lorca, M. Flores, Trío Arbós. 08/X/2026. Teatro de la Zarzuela.

Imagen de la producción firmada por Rita Cosentino

Éxito del compositor Alberto Carretero (Sevilla, 1985) en su monumental desafío de llevar a la ópera Poeta en Nueva York, el poemario más inasible de Federico García Lorca.

“Patetismo frío”, dijo Lorca de este estilo, nuevo entonces en él. Imposible no acordarse de otra adaptación exitosa de un Lorca misterioso: El público (2015), de Mauricio Sotelo. El propio Carretero ha preparado el libreto de su Poeta que, además de poemas, incluye otros textos lorquianos de asunto neoyorquino: declaraciones en prosa, podríamos decir, que desentrañan el misterio y reducen el frío, aunque también el patetismo. Las recita en “off” Laura, la sobrina del poeta.

En esta ópera no hay personajes, o los personajes son los poemas, o son todos Lorca. Personifican el drama un bailaor (Marco Flores), un cantaor (el Colorao), un barítono (Javier Povedano), la citada voz en “off” y los componentes del Trío Arbós. Hay además electrónica, muy discreta. La extrema austeridad de la escenografía ―dos sillas de enea, una mesa y una trasera― condensa la mirada y agranda por contraste el efecto de cada gesto teatral o musical.

El trío, que no calla casi nunca, da continuidad a la obra y establece y gobierna la tensión general. Es uno de los grandes logros de este espectáculo. El otro, la clave del éxito, es el tejido vocal: una trenza de dos hebras que, siendo iguales ―dos voces masculinas―, no pueden ser más distintas en impostación, ornamentación y expresividad.

Conjugando con acierto el canto clásico y el jondo, el compositor consigue plasmar en música el cruce de dúos, el duelo de espejos, que Lorca establece en su libro desde el propio título: el poeta y la ciudad. Carretero encauza así con naturalidad todos los emparejamientos lorquianos: el sufrimiento de dentro con el de fuera, el amor con la muerte, el oro con la sangre…

Las estrategias son distinta en cada número. En “La niña ahogada en el pozo”, el cantaor se obstina en el agua muerta, “que no desemboca”. En “Asesinato”, oímos y vemos  el compás de nudillos sobre la mesa. Para el madero de Cristo, el “Pino verde”. Suenan también “Los cuatro muleros” y hasta la cantilena de los niños de san Ildefonso. En el segundo interludio se proyectan imágenes de rascacielos. “¡Qué risa!: ¡rascaleches!”, diría Miguel Hernández, pero el Nueva York de Lorca es más doliente que sarcástico. Sus rascacielos duelen: son “enjambres de ventanas” acribillando “un muslo de la noche”.

El cantaor, el bailaor, el barítono (que lo mismo canta que habla, dobla las palmas, aniña la voz o la bifurca en armónicos) y el Arbós, brillan de talento y acierto.  Al final, obedeciendo al libro, la ópera aparca el dolor y celebra por sevillanas el son caribeño: “¡Iré a Santiago de Cuba!”

Álvaro Guibert

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