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Por Publicado el: 17/08/2026Categorías: En vivo

Crítica: Sokolov, otra vez la misma liturgia distinta, en el Auditorio del Escorial

Sokolov, otra vez la misma liturgia distinta

Ludwig van Beethoven: Sonata para piano nº 4, op. 7, en mi bemol mayor. Seis bagatelas op. 126. Franz Schubert: Sonata para piano nº 21 en si bemol mayor, D. 960. Grigory Sokolov, piano. Auditorio de San Lorenzo de El Escorial, 15 de agosto de 2026.

Grigori-Sokolov -c-Live-Music-Valencia Escorial

Grígori Sokolov

Hace ya treinta años que empecé a subir o bajar escalones -como aquí en San Lorenzo de El Escorial- de auditorios detrás de este hombre corpulento y taciturno que nunca dice ni una palabra de más, y todavía no he encontrado la fórmula para explicar por qué cada año vuelvo a sentarme con el mismo nudo en el estómago que la primera vez. Debería estar acostumbrado. No lo estoy. Esa es, quizá, la única verdad indiscutible que puedo ofrecer antes de entrar en materia: Grigory Sokolov ha convertido la repetición en descubrimiento, y eso, en un oficio tan dado al tópico como el mío, es motivo suficiente para volver a teclear en el Mac.

El programa de esta gira -Beethoven joven, Beethoven crepuscular y Schubert agonizante- no es, contra lo que pudiera parecer, un capricho de aniversario. Es una elección deliberada, casi quirúrgica, para tender un puente entre dos genios que se rozaron en vida sin llegar a encontrarse del todo. La “Cuarta Sonata, op. 7”, escrita por un Beethoven de veintiséis años que todavía no sabía que se quedaría sordo, convive en el programa con las “Bagatelas op. 126”, testamento en miniatura de un compositor que ya solo dialogaba con el silencio. Y ese silencio, dicho sea de paso, es el verdadero protagonista de toda la velada, algo en lo que casi todos los que estuvimos allí coincidimos sin habernos puesto de acuerdo.

De la “Sonata en mi bemol” recordaré siempre el Largo, ese remanso de introspección que Sokolov administra con una lentitud que no es morosidad sino respeto: deja que cada frase pese lo que tiene que pesar antes de soltarla, como quien no quiere adelantarse al dolor. Hay un dato curioso, y me lo recordó un colega erudito antes del concierto, que no puedo dejar pasar: el propio Schubert, fascinado por ese movimiento, terminaría imitando su arquitectura en el corazón de su última sonata. De modo que el programa no solo suma dos autores: los pone a conversar, y Sokolov actúa de intérprete en el sentido más literal, el de quien traduce entre dos lenguas que en realidad son la misma.

Las “Bagatelas”, que en manos menos generosas suenan a propina anticipada, aquí se erigen en discurso completo. No son seis piezas sueltas: son seis estados de un mismo ánimo, y el pianista ruso las hilvana con tal cuidado que uno entiende, escuchándolas, por qué el propio Beethoven las consideraba de lo mejor que había escrito en ese género.

Y luego, tras el descanso, el abismo: la “Sonata D 960”, ese Everest schubertiano que ya nadie se atreve a tocar sin pensar en la sombra de la muerte cercana del compositor. Ahí es donde el pianismo de Sokolov alcanza su punto de mayor intensidad, y ahí es también donde más coincidiremos quienes le hemos escuchado estos días en distintas ciudades: el trino grave que recorre el primer movimiento como un aviso soterrado, la desolación contenida del Andante sostenuto, esa manera suya de no resolver nunca del todo la angustia, dejándola flotar como una pregunta sin respuesta. No busca el gesto trágico ni la lágrima fácil; busca, y consigue, algo más difícil: que el oyente cargue con esa ambigüedad hasta la calle.

Conviene decir también, porque forma parte del ritual y sería deshonesto callarlo, que el recital no termina con la sonata. Empieza entonces una suerte de segunda función a base de propinas, media docena habitualmente. Confieso mi debilidad: preferiría que el concierto se cerrara con los últimos acordes de Schubert y no con este apéndice, por hermoso que sea, que diluye la tensión recién conquistada. Pero también sé que negarle a Sokolov su ceremonia particular sería como pedirle a un oficiante que abrevie la misa, aunque casa poco con su seriedad esta concesión a un público que -permítase y perdóneseme compararlo- parece el de los toros cuando insiste e insiste en que el presidente conceda una oreja al torero. Yo me sentí incapaz de propinas tras aquel Schubert y abandoné la sala. No se si el público que hiso lo mismo fue por la misma razón, aunque lo dudo.

Y aquí llega mi pequeña denuncia, formulada sin acritud pero sin disimulo: una parte del público -minoritaria, mal que me pese decirlo, pero ruidosa- parece incapaz de estarse quieta durante hora y media. Móviles que suenan en el momento menos oportuno Y toses que uno diría cronometradas para el silencio más frágil. Sokolov, ajeno a todo, seguía tocando. Tal vez ahí resida su mayor lección: la indiferencia elegante ante el ruido del mundo.

No hace falta insistir en lo evidente: el rigor casi obsesivo con que estudia cada compás, el control del pedal que le permite sacar colores que uno diría inventados para la ocasión, esa articulación que hace que la técnica desaparezca detrás de la emoción. Lo decía hace poco un compañero de oficio antes de que sonara la primera nota, y tenía toda la razón: en Sokolov ya no cabe hablar de virtuosismo como quien habla de un atributo añadido, porque en él la técnica y el sentido son la misma cosa, indisociables, como el color y la forma en un buen cuadro. Sí, y no importa si a su edad -que es la mía con sólo cinco días de diferencia- se le va ya alguna nota.

Salí de la sala, como cada vez, con la sensación de haber asistido a algo que no volveré a escuchar igual, aunque el programa se repita mañana en otra ciudad y pasado en otra más y, yo mismo, se lo haya escuchado en Madrid hace exactamente seis meses. Esa es la paradoja de este hombre: cuanto más previsible es su ritual, más nos sorprende su resultado. Que siga así muchos años, aunque al final cada vez me cueste más subir esos escalones del Auditorio de este pueblo sin que me tiemble algo por dentro.

Gonzalo Alonso

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