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Por Publicado el: 27/02/2018Categorías: En vivo

Crítica: Sokolov, el pianista en Valencia y Madrid

Grigory sokolov

RECITAL DE GRÍGORI SOKOLOV 

Pro­gra­ma: Obras de Haydn y Schubert. Lu­gar: Valencia, Palau de la Música. ­­Entrada: 1800 espectadores (lleno). Fecha: Sábado, 24 de febrero de 2018.

Justo Romero. Desde el primer instante del recital, con ese sencillo tresillo de semicorcheas que inaugura en forma de anacrusa la «Sonata en sol menor» de Haydn, Grígori Sokolov (San Petersburgo, 1950) impuso el reino del silencio y de la concentración. Música en estado de pureza. Sin adjetivar y casi sin interpretación. Bastó al genio del teclado susurrar esas tres notas en piano para establecer un inconfundible universo sonoro en el que la verdad sin artificios impone su rotunda ley. Los impertinentes caramelos, abanicos y toses de siempre cayeron fulminados por el hipnótico poder de un artista que atrapa la atención del público y genera en el auditorio esos silencios sin aliento que delatan que algo muy excepcional ocurre.

Y muy excepcional, fue, efectivamente, lo que escuchó y vivió el Palau de la Música el sábado con esta nueva y siempre bienvenida visita de Sokolov. ¡El Pianista! El pianista “soberbio y único” que se erige como una de las figuras más perfectas y singulares de la historia del teclado. Ningún otro alcanza sus cimas de concentración y perfección. A media luz, casi en penumbras, el oyente se sumerge en la música pura que brota de sus manos. Difícil pensar algo diferente. Tal es el implacable poder de seducción y convicción de sus interpretaciones, frutos más de un servidor que de un virtuoso. Bach, Prokófiev, Couperin, Komitas, Franck, Beethoven, Froberger, Chopin, Rajmáninov, Stravinski, Schubert, Mozart, Rameau, Brahms, Schumann… Todo adquiere el máximo rango en manos de este artista versátil y absoluto, que se adentra en todos los repertorios para marcar siempre referencia. Sokolov, el Pianista, es el intérprete más completo, interesante y perfecto de las últimas décadas.

Todo lo pone este antidivo al servicio de la Música. Su Haydn rompe moldes para convertirse en incesante sucesión de originalidades, que se perciben dentro de un rigor tan absoluto como libre y exento de cualquier rigidez. Las tres sonatas que conformaron la primera parte del programa llegaron cargadas de bellezas pianísticas y convicciones estéticas. Cada articulación, cada fraseo, cada desarrollo suponía una nueva sensación, una renovada invitación a disfrutar de las sutiles bellezas de la música. Arraigado en su tiempo y desposeído de monsergas historicistas, el gozoso Haydn de Sokolov apunta al futuro. Su visión es la de un pianista del siglo XXI que se adentra en el gran compositor clásico con sabia adoración a su tiempo y estética, pero desde la perspectiva de un pianista moderno que no renuncia a los fabulosos recursos de un instrumento cargado de posibilidades que ni en sus mejores sueños hubiera imaginado el viejo Haydn.

A la formidable respuesta del nuevo Steinway gran cola adquirido recientemente por el Palau de la Música contribuyó decisivamente la artesanal preparación específica para Sokolov efectuada por el técnico Javier Clemente. Colores, registros, respuesta mecánica en las repeticiones, escapes, calibrado del teclado y pedal… La conjunción de El Pianista con un instrumento de tanta calidad y tan cuidadosamente preparado posibilitó que se percibieran efectos tímbricos, trinos, notas repetidas y dinámicas ciertamente insólitas.

Tampoco Schubert hubiera imaginado jamás un instrumento y un intérprete como los disfrutados por el público que abarrotaba el Palau de la Música. Menos aún una versión tan formidable de sus «Cuatro impromptus opus 142» como la escuchada en la segunda parte de este recital tan memorable y único como todos los de Sokolov. Fue un Schubert lento, lírico, desnudo, esencializado, bien recreado en sus abstractas referencias populares, de gigantesco preciosismo sonoro y centrado en esas sutilezas melódicas que tanto distinguen al compositor vienés. Sokolov enfatizó las aristas expresivas y técnicas de un Schubert que fue dramático, luminoso, cantable, rítmico, ligero, algo clásico y bastante romántico. Cada repetición, cada reexposición se sintió imbuida de renovadas siluetas y registros que no hacían sino enriquecer la estructura unitaria de cada impromptu. Interpretaciones libres –“improvisaciones”- basadas en el absoluto control de los recursos del instrumento, en una disciplina a prueba de todo, en una inmensa sabiduría musical, en un talento único y en la honestidad y fidelidad sin fisuras que distinguen todas las interpretaciones de El Pianista.

Como siempre, el éxito fue verdaderamente colosal. Y una vez más, la actuación se prolongó fuera de programa con la consabida tercera parte a base de propinas. Seis en total. Chopin, Rameau, Scriabin, un valsecito en mi menor de su paisano Alexánder Griboyédov… Lo mejor, el lentísimo y deleitado hasta lo imposible –en plan viejo Celibidache- «Preludio en Re bemol Mayor» de Chopin. Más que mallorquinas gotas de agua, las notas repetidas –La bemol- de este preludio compuesto en Valldemossa parecían simbolizar translúcidos copos de nieve balanceándose en el aire. ¡Increíble!

 

REFINAMIENTO POÉTICO

Haydn: tres “Sonatas”, Schubert: cuatro “Impromptus”. Grigory Sokolov, piano. Ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional, Madrid. 26 de febrero de 2018.

Arturo Reverter

Hemos tenido una nueva oportunidad de admirar las cualidades del gran pianista ruso (San Petersburgo, 1950) cuyo arte ya sabemos que aparece gobernado por el análisis riguroso, casi enfermizo, de cada compás, por el control exhaustivo de la digitación, el ataque preciso, que opera dentro de un amplio abanico de dinámicas, el fraseo medido y la exactitud rítmica. Luego, el control de un pedal que le permite extraer insólitas luces y recrear múltiples colores, con un magnífico sentido de la articulación. La exposición, siempre bien ligada, es así fluida, iridiscente y minuciosa; sin que el discurso pierda nunca el ensimismamiento. Aplaudimos siempre del teclista la infalibilidad, el ataque a la nota, aunque en esta ocasión se le fuera el dedo en cuatro o cinco casi inapreciables ocasiones.

Sigue manteniendo su aire taciturno, su expresión reconcentrada; su manera de embeberse y fundirse con la música, que sale de sus manos con el tacto, la fluidez, el equilibrio justos. Se pudo apreciar nada más comenzar en la forma de recrear, sin solución de continuidad, tres “Sonatas” de Haydn, las “números 32 op. 53/4 en sol menor”, “47 op. 14/6 en si menor” y “49 op. 30/2 en do sostenido menor”; respectivamente, en el catálogo de Hoboken, “Hob.XVI:44”, “Hob.XVI:32” y “Hob:XVI:36”. La delicadeza del toque, lo recóndito del lirismo, la suavidad del fraseo, las múltiples luces desveladas, la sonoridad, propia de un fortepiano, la elegancia de la línea, el manejo de los silencios convirtieron estas interpretaciones de páginas nada habituales en una muy rica experiencia.

Luego, con el recinto casi a oscuras, nos sumergimos en el esplendoroso mundo poético schubertiano con los “Cuatro Impromptus D 935”, obras de madurez absoluta, cuajadas de sombras y luces, animadas por una vena melódica inigualable. Por citar algún momento memorable: aquél del “número 1” en el que se expone, en original cruce de manos, el “cantabile” segundo tema; o el del inicio del “número 2”, que acaricia la famosa frase de la canción aragonesa “Yo soy la viudita del Conde Laurel”; o el aire dado a cada una de las variaciones del “número 3”; o, en fin, la acentuación danzable concedida al “número 4”, en el que el pianista asombró con la ejecución infalible de las prodigiosas escalas. Y un detalle interesante: el empleo del pedal izquierdo para matizar los compases previos al cierre en este último “Impromptu”. Al final, fervor del respetable que llenada la sala sinfónica; y seis bises: una “Mazurca” y un Preludio de Chopin (el tan famoso de “La gota de agua”), dos piezas para clavecín de Rameau, un Preludio de Scriabin…

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