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Por Publicado el: 26/02/2018Categorías: En vivo

Crítica de «Falstaff» en Sevilla

INACABADO RETRATO DE ÉPOCA

 

Verdi: “Falstaff”. Kiril Manolov, José Antonio López, David Astorga, Nicole Heaston, Natalia Labourdette, Vicente Ombuena, Valeriano Lanchas, Elena Zaremba, José Manuel Montero, Anna Tobella. Real Orquesta Sinfónica de Seviila. Coro del Teatro de la Maestranza. Director musical: Pedro Halffter. Director de escena: Marco Gandini. Sevilla, 22 de febrero de 2018.

“Falstaff” (1893) es como un delicado mecanismo de relojería en el que cada pieza ha de estar en su sitio y engranar con las demás. Para eso hace falta una batuta clara, precisa y refinada a la vez con el fin de marcar sin descanso el tempo-ritmo verdiano. En esta ocasión Halffter acertó a imponer casi siempre un tempo uniforme y a planificar con aceptable claridad el conglomerado de líneas. En general, la orquesta sonó chispeante y, hasta cierto punto, transparente. Hubo muy buenos detalles, como el de acentuar pronunciadamente la vis cómica del dúo entre Falstaff y Ford. Muy bien la orquesta, por ejemplo, en el fulgurante comienzo del acto tercero.

Aún así no se mantuvo en todo instante, especialmente en el final del acto segundo –donde se percibieron desajustes en la compleja métrica- y en la fuga postrera, el férreo control, donde se amainó un tanto la velocidad. En todo caso, una buena labor que se vio complementada por la digna prestación vocal, en la que descolló la Nannetta de Labourdette, fresca de timbre, homogéna, sutil para el filado. Bien, oscura y cálida, la Alice de Heaston; sólido, actuado, con metal de buena calidad, el Ford del barítono López. La voz de Manolov, que es de bajo-barítono, algo mate, poco caudalosa, no es la más adecuada. Emplea mucho el falsete, pero hizo un plausible protagonista. Prometedor el tenor Astorga, de timbre grato y fraseo lógico, pero aún bastante tierno. No tenemos espacio para referirnos al resto del reparto, que actuó sin mácula significativa.

La puesta en escena, que proviene del Teatro japonés del Giglio Showa, es muy tradicional y acomodaticia, con decorados y trajes de época, que divide el espacio en dos mitades, pero funciona hasta el tercer acto, con todo el escenario a la vista. Ninguna originalidad en el cuadro nocturno del Parque de Windsor, donde se acumuló, algo atropelladamente, todo el mundo. Y discutibles algunos efectos, sobre todo, el del ridículo riachuelo en el que es arrojado el panzudo. Arturo Reverter

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