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Por Publicado el: 29/08/2009Categorías: En la prensa

El malogrado de Thomas Bernhard

El malogrado de Thomas Bernhard

Fue tan excéntrico y errático como el personaje que inspiró al novelista austriaco. Fue, también, un talento irrepetible en conflicto con un carácter endemoniado POR JUSTO ROMERO. EL MUNDO, 29-08-2009

Para algunos, el pianista Glenn Gould estaba como una chota. Para otros era un genio excesivo en el entorno pequeñoburgués de su tiempo. Según su psiquiatra, padecía el síndrome de Asperger, una variante del autismo en la que confluyen una sensibilidad extraordinaria para los estímulos sensoriales con actitudes obsesivas y con la fobia a cualquier acto social. Chiflado o/y genial, en lo que sí coinciden todos es en considerarle el pianista más controvertido y excéntrico de la historia.
Glenn Gould, que inspiró a Thomas Bernhard el protagonista de la novela El malogrado, había nacido en Toronto en 1932. Ya con seis años era diferente: su madre le premiaba con regalos, pero no para que estudiara más, ¡sino para incitarle a dejar de tocar el piano horas y horas! Murió en 1982, con 50 años, de un derrame cerebral, tras una vida de adicción a las pastillas y de ser más raro que un perro verde. Estudió piano sólo con su madre y con el chileno Alfonso Guerrero, a quien dejó plantado el día que supo que ya no tenía nada más que aprender de él. Poco después era ya reconocido como uno de los pianistas más intensos y brillantes del momento.

Fue un hombre escurridizo y errático, que plantó cara a las tradiciones y cuyas dos muy disímiles grabaciones de las Variaciones Goldberg de Bach (una de 1995 y otra, infinitamente más lenta, de 1982) constituyen hitos de la historia del sonido grabado. Son muchos los registros excepcionales de este apasionado de los estudios de grabación. Frente a músicos que detestaban el disco y que pensaban que «el inerte sonido en conserva» no vale para nada (Sergiu Celibidache), él lo veía como lo más próximo a la perfección musical. Era muy consciente de que la inmensa mayoría de la población accede al gran repertorio sinfónico y operístico a través de las grabaciones. «Es un hecho que las grabaciones han sustituido en gran medida al concierto en vivo como el medio más factible y económico para enfrentarse a la obra de un compositor o a la recreación de un intérprete».

Estrafalario, con juicios categóricos absolutamente fuera de lo correcto -echaba pestes de Chopin y adoraba músicas capaces de aburrir a las musarañas-, provocador, irónico, brillante y obsesivamente empeñado en ser distinto, un día se le cruzaron definitivamente los cables y decidió, en pleno apogeo de su activa carrera concertística, abandonar los escenarios y dedicarse exclusivamente a grabar discos, a escribir y a pasear por su hermosa Canadá natal.

Fue en 1964 cuando lo dejó todo. No por miedo escénico ni nada que se le parezca. Simplemente por mero aburrimiento, hastiado del reiterativo y exigente protocolo del concierto: del frac, del aplauso, de los viajes contrarreloj, de los agentes artísticos, de repetir una y otra vez el mismo programa y de la feroz competitividad que conlleva siempre la carrera de concertista. «Odio las giras, volar y la histeria extramusical que acompaña los conciertos», decía. En los recitales se sentía «rebajado, como un artista de vodevil».

Por aquel entonces era ya una estrella internacional de primerísimo rango, que había triunfado categóricamente en Estados Unidos y en Europa, donde también había ofrecido una exitosa gira de conciertos en la entonces infranqueable Unión Soviética. Tocaba repantigado sobre una silla paticorta y algo desvencijada, encorvado como un interrogante y sentado exageradamente bajo, con los ojos casi a ras del teclado, en una posición aparentemente irreconciliable con la posibilidad de hacer sonar decentemente el piano. Para rematar tan insólita imagen, su aspecto desaliñado, con el frac arrugado y la mirada absorta, nada tenía que ver con la silueta estereotipada del virtuoso de éxito.

Por si no fueran pocas las singularidades de este pianista tildado por algunos colegas y un sector importante de la crítica de «chiflado», Gould canturreaba horrorosamente mientras tocaba y se retorcía al son de la música de un modo exagerado que distraía por completo la concentración del oyente. Él mismo se disculpó en alguno de sus múltiples escritos por su curioso canturrear, que le acarreó serios problemas en los estudios de grabación. «No sé», decía, «cómo la gente aguanta mi canturreo, pero sí sé que sin él toco bastante peor». En sus más de 80 discos se escucha con absoluta nitidez el muy molesto zumbido de su incontrolable garganta.

Contaba únicamente 32 años cuando se retiró, aburrido del aplauso y del contacto con sus admiradores. Muchos pensaron que era su fin. Sin embargo, se mantuvo en activo, escondido del público pero grabando para la poderosa CBS numerosos discos, todos ellos marcados por la excéntrica y singular impronta de un músico imprevisible capaz de todo. Hoy figuran entre los más vendidos del repertorio clásico. Pensaba que «la tecnología tiene la posibilidad de crear una atmósfera de anonimato y dar al artista el tiempo y la libertad que necesita para preparar su idea de una obra con el máximo de sus posibilidades».

En su retiro de los escenarios, vivió prácticamente encerrado en Toronto y en la tecnificada artificiosidad de los estudios de grabación. Abrigado siempre -incluso en pleno verano- hasta las cejas, con bufandas, varios jerséis y guantes de piel. Huía de la fama, de su público y de cualquier convencionalidad. Vivió solo, con sus fobias y manías. Y con su perro. Únicamente encontró respiro en el disco y en sus numerosos escritos, siempre polémicos y cuestionables, no exentos de un punto de ingenuidad disimulada por su aguda inteligencia pianística. Según el biógrafo Kevin Bazzana, su ego «era tan frágil como resistente».

Su libro Escritos críticos es un cúmulo de reflexiones cargado de juicios extremos y siempre controvertidos, en el que se entremezclan opiniones de gran hondura con otras de asombroso diletantismo. En alguna ocasión llegó a decir que «algunos pensamientos se traducen en realidad mejor en el teclado de la máquina de escribir que en el del piano».

Cuando no estaba ante el piano o paseando, pasaba las horas pegado a la radio -le fascinaba-, escribiendo y al teléfono: mantenía conversaciones interminables a cualquier hora. «Los encuentros personales», decía, «distraen y son innecesarios: comprendo mejor la esencia de una persona a través del teléfono». Tuvo algunos amigos íntimos a los que sólo conoció por teléfono y que nunca llegó a ver. Hoy sería el hombre más feliz del mundo con el Messenger, el Facebook y otros prodigios cibernéticos.

Padecía insomnio, lo que le hizo adicto a las pastillas. Dormía de día y vivía de noche. Su personalidad contradictoria e imprevisible le ganó los mayores afectos -los incondicionales de Gould son verdaderos fanáticos de su arte y de su vida: ortodoxos talibanes de su heterodoxia- y el desprecio de muchos. Como el del crítico B. H. Haggin, quien se quejaba de que Gould prefiriera «decir tonterías sobre cualquier cosa en cualquier lugar a tocar maravillosamente el piano en las salas de concierto».

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