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Por Publicado el: 18/05/2017Categorías: Entrevistas

Enrique Viana: «La cultura no se hereda»

Enrique Viana: «La cultura no se hereda»

Viana ha sido siempre un caso a parte, un extraterreste en el siglo XXI que sabe entender el concepto del arte como sólo supieron verlo en el explosivo Renacimiento.

Araña la vida y sube sus paredes con actitud decisiva, sabiendo que lo único que importa es el camino y no dónde llegas, pasando con su impecable estilo externo e interno ante la marabunta de seres que se pelean por aquello de parecer, y no de ser.

En estos últimos meses nos ha sorprendido como actor en una transgresora obra de Copi, Le frigo, dirigido por otro gran argentino, Gustavo Tambascio, en los Teatros del Canal y como director de escena en el Teatro de la Zarzuela, en dos obras del llamado género ínfimo: Enseñanza libre y La gatita Blanca, de dos grandes de la zarzuela, Gerónimo Giménez y Amadeo Vives.

La crítica le ha tirado de las orejas por cambiar los diálogos de Enseñanza libre y la primera pregunta obligada, para un erudito en lo que a zarzuela se refiere, es por qué ese empeño en cerrarnos los ojos a lo que eran los espectáculos favoritos en el Madrid de principios de siglo.

«Antes de la guerra los pensadores, los artistas al servicio del espíritu de los demás, eran muchos. La creación era mucho más pura y más libre, había muchos más libros. En aquello que se dio a llamar el género ínfimo había una cantidad de ingenio, de arte, creatividad, y sobre todo de libertad y de liberalidad que era envidiable.

Pero hay que tener en cuenta que las mujeres no iban al teatro entonces, es más, «La gatita blanca, no traiga usted a su mujer», dice la crónica. Realmente, a parte del analfabetismo que sufrían las mujeres, no se las trataba bien, porque parecía que eso suscitaba absurdamente la hilaridad del que lo suscitaba. Tenía su parte de ingenio, pero a mí no me gusta que se metan con las mujeres, me resulta ofensivo… yo no soy capaz de ofender a una mujer, ni de decir que a una mujer se la tiene que educar para gustar a un hombre, eso no puede ser hoy.

Creo firmemente que el público de la Zarzuela se hubiera sentido indignada por ese texto. Yo soy un adorador del género femenino, he recibido mucha cultura de mis tías y de las mujeres de mi familia y de las amigas de mi madre, que eran un poco las depositarias de todas esas tradiciones de la cultura más popular.»

Tampoco es que a Viana le importe mucho lo que digan de él, proclama ser feliz con un café con leche, una mesa camilla y un libro.

«No hay que buscar la felicidad en pos del trabajo que tenga uno, yo conozco a algunas personas que con poco dinero y poco trabajo son muy felices. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.»

Hablando de la felicidad, ¿qué te ha hecho más feliz, cantar, enseñar a cantar a los demás, escribir, dirigir, hacer programas de radio, dar conferencias, inventar vestidos imposibles o actuar?

Por este orden: escribir y enseñar.

Escribir porque es el vehículo más directo para expresar lo que tienes dentro y, sobre todo, trasmitir lo que has vivido, tus experiencias… luego la fantasía, lo que no te pertenece, está, pero en mi caso es siempre una fantasía muy histórica.

Pero lo que más satisfacciones me ha reportado ha sido trabajar con los jóvenes, orientarlos en una carrera tan difícil como la del canto con la experiencia que yo haya podido acumular, sobre todo para que sean un poco felices en esta profesión.

¿Cuál ha sido el rol que más satisfacciones te ha dado?

Yo nunca me sentí feliz cantando, no en una ópera completa. Ni me siento feliz ni pienso que nadie pueda sentirse feliz cantando ópera. Cualquier persona que tenga un mínimo de creatividad se siente totalmente maniatado y aquilatado y constreñido por una partitura que es totalmente imposible.

Nosotros nos dedicamos a la música clásica y la partitura es intocable. La mayor parte de las veces no existe el diálogo con los directores de orquesta, casi nadie escucha lo que tú piensas.

En el podio está el maestro, que te puede esperar más o menos, hacer un poquito más larga la pausa, pero normalmente hay una dictadura, que es la dictadura que impone la música clásica y a un artista eso le ahoga. Yo nunca he sido feliz cantando, de hecho yo creo que caí en una trampa tremenda, porque hubiera sido mucho más feliz componiendo o escribiendo, pero cantando no.

Luego hay que someterse a la tiranía de la voz, que va más allá de lo sideral, eso te impide vivir. Dichosos aquellos que pueden ser felices reproduciendo cada tarde la misma ópera.

Yo empecé a ser feliz cuando cumplí 40 años y empecé a hacer lo que yo quería hacer, que era decir muchas cosas que no se habían dicho, que nadie se había atrevido a decir. Todo eso amenizado con el sentido del humor de mis tías, de mis abuelos, de la España de mi tiempo, de la vida diaria, de la vida pasada y de la literatura. Cuando puedes hacer parodia un poco de aquello, siempre cantando en serio cuando había que cantar porque a la hora de cantar hacer parodia no se me ha dado nada bien, de repente meter esas historias despojaba lo constreñido de esa solemnidad.

¿Por qué papel te han aplaudido más?

Por el Ernesto de Don Pasquale

¿Y por cuál hubieras dado la vida por cantar?

Yo no soy para nada wagneriano, pero hay momentos del Lohengrin que me han emocionado inmensamente. Pensando en un imposible, me hubiera gustado cantar el rol de Lohengrin.

Enrique Viana con su amiga y compañera de andanzas musicales la pianista Rosa Torres Pardo

Puestos a elegir ¿Belcanto o ópera francesa?

Depende del vehículo que quieras actualizar. Si quieres utilizar el vehículo de lo espectacular vocalmente, evidentemente el belcanto, porque es demostrarte el más difícil todavía, que es lo que se puede hacer a partir del  circo vocal. Eso es el belcanto: controlar todos esos artificios a partir de una disciplina terrible, de una disciplina férrea.

Si quieres utilizar el vehículo de la emoción romántica la ópera francesa, sin duda. Además, prefiero las orquestaciones de la ópera francesa a las orquestaciones belcantistas.

El belcanto, tiene un protagonismo, que es el protagonismo de la voz. Por supuesto tiene otras cosas muy buenas, la melodía, por ejemplo, la mayor parte de ellas son sublimes para cantarlas. Pero, como música vista de forma global, el belcanto  para un músico se queda un poquito corto.

¿Por qué los agudos son tan importantes?

Las notas que están escritas hay que «darlas» y las que están en los extremos son la espectacularidad del más difícil todavía.

Yo recuerdo cuando de niño iba a ver a Pinito del Oro, la dueña de la escena en el Circo Price y que, además, era una mujer que me parecía guapísima. En realidad todos íbamos “a ver si se mataba”.

La máxima tensión era cuando daba el triple salto mortal, recuerdo también que aquélla mujer tenía a su marido debajo del trapecio y que a veces era él quien desviaba su caída y de hecho muchas veces le salvó la vida. Lo que hacía que Pinito del Oro fuera una gran artista era que bailaba en el trapecio,  pero aquello casi no tenía importancia, porque lo que se esperaba era el triple salto mortal sin red, la gente quería ver si aquello pasaba o no pasaba, lo de matarse.

Con el sobreagudo pasa exactamente lo mismo. Hay quien tiene más facilidad, quien tiene menos, a mí lo de dar un mi bemol era un paseo y podía mantenerlo sin ningún problema durante seis compases. Yo creo que, honradamente, prefiero un discurso bien cantado mil veces antes que un agudo bien dado…

Las personas que son realmente amantes de la música nunca te hablan de agudos, te hablan de la música, te hablan del discurso del canto y, cuando te empiezan a hablar de la nota tal y de la nota cual desconfías, porque esos que hablan tanto de las notas tal y cual, de música no tienen ni idea.

¿Cómo puede saber un cantante joven cuál es su rango de voz?

Un papel se canta o no se canta, o se oye o no se oye, y además me molesta mucho que una señora tenga que ser soprano lírico pura, otra señora tenga que ser mezzosoprano ligero pura, otra tenga que ser dramático de coloratura y estos son estancos nuevos, esto es absolutamente moderno, estos son inventos absurdos.

La señora canta o no canta el rol, el señor lo canta o no lo canta, se le oye o no se le oye, pasa la orquesta o no, eso es lo importante y luego que sea un artista, porque a mí no me sirve de nada una soprano dramático, por muy pura que sea, si luego al final no es un artista.

Eso de colocar a cada uno en un compartimento estanco y meterlo en una caja y de ahí que no se salga me molesta muchísimo y es algo que sólo sirve para equivocar y hacer negocio con las personas que no saben nada.

Primero mandaron los compositores, luego los cantantes, luego los directores de orquesta y después los de escena… ¿quién manda ahora?

Ahora mandan los directores artísticos y después, y sobre todo, el dinero. El talento manda poco porque es el dinero el que impone la cantidad de ensayos, cuánto se puede gastar en un montaje, cuántas lecturas de orquesta hay… Definitivamente ahora manda el dinero.

La época de las dictaduras de los cantantes, de los compositores, de los directores de orquesta, de los directores de escena ya pasó… ahora es política.

¿Es de la opinión de que los españoles tratamos peor lo nuestro?

No hago valoraciones de lo que los demás hacen. Pero yo tengo el máximo orgullo, y lo digo sin ningún tipo de rubor, de ser español. Y además me parece que la cultura de España me ha hecho la vida mucho más intensa, mucho más interesante, es la que yo he recibido y la que me ha ayudado a vivir. Sería muy ingrato si hablara de otra manera. Me gusta nuestra música, nuestro folclore, nuestras tradiciones (las que no van en contra de los animales), nuestra orografía, climatología, hasta soporto el sol implacable de La Mancha. Soy un enamorado de España, de la cultura hispana y su defensor a ultranza.

¿Cómo te has sentido actuando en “Le Frigo” sin el apoyo de tu voz?

Ha sido realmente una experiencia inesperada que me ha llevado a profundidades donde nunca creí que iba a llegar… al abismo de la existencia.

Si mañana le dieran un puesto de responsabilidad, ¿por dónde empezarías?

Yo lo primero que haría es convencer a la clase política de que lo más rentable en la historia de la vida es la cultura. La persona que tiene cultura tiene mucho que perder. La persona que no tiene cultura pierde el trabajo, la casa, se separa de su pareja, y de pronto sus hijos dan problemas, y entonces ya no tiene nada que perder y se puede quemar a lo bonzo en un autobús.

Mi tía, y no me importa que cites a mi tía, decía que lo más importante de la cultura es que no se hereda, esto no es una cosa de ricos o pobres. La cultura la tiene el que la adquiere, el que tiene voluntad de adquirirla y, cuando tienes cultura, tienes un tesoro que no quieres que se acabe y que no quieres perder.

Trataría de convencer a los que tienen el poder de cambiar las cosas de que lo más rentable es la cultura y, además, es lo que menos dinero implica y lo que más puedes rentabilizar, porque ofrecer cultura supone dar felicidad y sentido de la vida a los ciudadanos.

¿Y cómo convences de esto a la gente joven?

Convenciéndolos de que hay que invertir un poquito para ser feliz. Lo fácil es fácil. La cultura pasa la criba de los tiempos, es algo que ha servido, pero no ha servido para un momento, sirve para vivir. Tú lo guardas y aquello es un tesoro que va aumentando y te va sirviendo para vivir, eso es una cultura adquirida, no es una cultura del momento, no es una cultura del flash, no es una cultura de la inmediatez.

Yo doy clases en la Universidad. Me sorprende mucho que muchísimos alumnos con 24 años no hayan ido nunca al teatro, algunos de ellos no han ido nunca tampoco a un concierto de música clásica y, a esa edad, de pronto, descubren la música.

Yo siempre les digo “mira, la música es un elemento de gozo y de disfrute y ha servido para vivir a generaciones, esto está para ayudar a vivir, para nutrir el espíritu, mirad a ver si os sirve, dadle un poco de espacio para ver lo que descubrís”.

Algunas veces, las grandes satisfacciones que yo tengo es ver que caen en la cuenta de que aquello les puede ayudar. A mí la música me ayudó a vivir. Yo era un niño de la España de los sesenta, de esa España bastante gris y triste, un niño un poco peculiar y a mí me sacó de la miseria la música, como a tanta gente.

La vida me pareció muchísimo más amable cuando comencé a conocer la música, no a estudiarla, cuando empecé a ir a los conciertos, cuando me llevaban mis padres al teatro como espectador. Lo amaba tanto que iba por la tarde y por la noche, hacía doblete, y veía a todas las grandes actrices, los actores, los cantantes, las funciones, para mí era una felicidad tremenda, valía la pena vivir por aquello y a mi me servía. Y ahora me pregunto ¿cómo se las arreglan hoy?, no será con el facebook, indagando en la vida de los demás.

Yo me crié en una familia liberal, en mi casa estaba muy mal visto cotillear, y más hablar de la vida de los demás. Ahora todo el mundo sabe de la vida de todo el mundo. Mis tías me enseñaron a no cotillear, yo no soy nada curioso, siempre hay algo mejor en lo que invertir la vida.

La gente antes deglutía, digería la cultura y tenía tiempo, un tiempo que podían dedicar a esto, que no es el vivir diario de ahora, que me parece terrible.

¿Cuál es para ti la mayor obra de arte que haya creado un ser humano?

Será deformación profesional, pero admiro a aquellos que idearon que la manera de llegar a la gente estaba en los anfiteatros o en los teatros en la antigua Grecia y Roma, aquellos que estudiaron una manera artística de manejar una acústica para la comunicación.

Me parece que las mayores obras de arte están en los anfiteatros romanos. Obras de arte al servicio de algo más que no es solamente belleza, que también la tienen, sino utilidad. Qué cosa más curiosa que aquello de repente recogiera la acústica, que las leyes físicas, las leyes de la arquitectura, las leyes de la técnica llegaran a la conclusión que con aquel tímpano de piedra que se calentaba por el día y se enfriaba por la noche, la voz, la música, el mensaje, se iba a propagar. Yo he cantado en Siracusa, en Mérida, Taormina y me ha dejado muy impresionado, porque el arte como yo lo entendía se había unido con el arte de la técnica y de la comunicación

¿Reírte de ti mismo es la única salida para un hombre inteligente?

Empecé a escribir una novelita de humor, a propósito de una agencia de conciertos catalana, porque a mi me parece que lo que nos saca adelante en la vida en los momentos difíciles, en los fáciles, en los momentos que no tienen importancia y en los momentos importantes es el sentido del humor… y sobre todo el reírse de uno mismo, hacer parodia de uno mismo.

Siempre he he intentado trufar con un poco de sentido del humor los peores momentos, los más dramáticos de mi vida, simplemente para seguir viviendo. A la hora de cantar hacer parodia no se me ha dado nada bien.

¿Por qué crees que nuestra generación está tan cansada? ¿Qué nos está pasando?

Bueno a estas alturas ya no me quito años, nací en 1960. Nuestra generación tuvo un salto muy fuerte que fue un acontecimiento político, el final de una era. Descubrimos que, de lo que nos habían contado, más de la mitad era mentira. Inmediatamente se aceleró el tiempo y vinieron las cosas en turbión, se nos puso el cuentakilómetros a correr muy deprisa.

Nuestra generación ha tenido que asimilar demasiadas cosas en muy poco tiempo que los demás ya las tenían asimiladas, sobre todo porque en casa de sus padres no habían vivido ni la represión, ni el ocultamiento, ni la “grisura” que habíamos asumido nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos, porque no había más remedio que asumirlo.

Yo creo que llego tarde a muchas cosas ya. Sigo escribiendo con un bolígrafo, en papel, pocas veces en el ordenador. Sigo utilizando el libro impreso, la biblioteca de mi casa es grande porque es la historia de mi vida, no admito que nada sea tan efímero como para que se borre con una tecla y ya no esté nunca más, aunque abulte poco espacio. Mis libros son mis recuerdos y son lo que yo llevo conmigo.

A nuestra edad, te das cuenta de que lo que pasa fuera es mucho más vertiginoso, está mucho menos digerido y te cansa mucho. Hemos vivido muchos acontecimientos, mucha revolución en muy poco tiempo, y eso nos ha producido un cansancio.

¿Estás, como tantos colegas, pensando en la jubilación?

Sí, yo soy de los que piensa en cuánto tiempo me queda para jubilarme, pero mientras haya jóvenes que quieran escucharte siempre tendrás cosas que hacer.

Yo ayudo a los jóvenes, no les cobro cuando vienen a preparar un papel. Lo único que hago bien es escuchar y sobre la partitura, sobre aquellas que conozco a la perfección,  soy muy capaz de sacar lo mejor de ellos.

Es difícil encontrar un alumno que tenga la autonomía suficiente para pensar por sí misma y tener un criterio. Son gente muy mediatizada, y muy preocupada por aquella cosa que técnicamente no les deja desarrollarse y hay muy poca gente que sepa, o admita, que esto puede no hacerle feliz. Piensan que cantar es lo máximo a lo que una persona puede aspirar y me dan mucha pena.

Por fortuna, dejo a Enrique en un hermosísimo sofá, bebiendo una infusión y mandando un whatsap, todo lo contrario de lo que me comenta que le hace feliz y confío en que deje la mesa camilla para más adelante. La vida es encantadoramente frágil y, aunque estemos un poco cansados, espero que, en poco tiempo, nos sorprenda con cualquier otra faceta de las suyas que al menos dibuje una sonrisa en nuestro corazón.

 

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