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Por Publicado el: 24/05/2022Categorías: Entrevistas

Eva-Maria Westbroek: “Sin el impulso de la felicidad no puedo cantar”

Es una de las grandes sopranos de la actualidad. Holandesa de 1970, aunque nacida en Belfast, Eva-Maria Westbroek parece cualquier cosa menos una diva de la ópera. Llega a la cita casi en chándal y saludando efusivamente al entrevistador. Parece y es entrañable, directa y casi calurosamente latina. Además, habla un delicioso español con inconfundible deje chileno. “Un novio chileno que tuve”, explica. Fue una de las coprotagonistas del legendario Anillo del Nibelungo de Wagner que presentó el Palau de les Arts en 2009, con Zubin Mehta. Cantó entonces Sieglinde, en La valquiria, quizá su rol más emblemático. Ahora está de nuevo en la “maravillosa” València, para dar vida en el mismo escenario al rico y complejo personaje de Marie, en la ópera Wozzeck de Alban Berg, quizá el acontecimiento operístico más relevante vivido en València desde entonces. “Adoro a Marie”, dice, tras matizar que no puede cantar “sin el impulso de la felicidad”.

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Eva-Maria Westbroek (c) Fazil Berisha

Parece un poco obsesivo, pero le tengo que confesar que las nueve veces que la he escuchado en vivo, las nueve ha cantado Sieglinde, en La valquiria…

¿Nueve veces y siempre Sieglinde? ¡Pobrecito! ¡Canto otras cosas! ¿No lo sabe? [Risas] Es un papel que debuté en 2006 con Simon Rattle en el Festival de Aix-en-Provence. Es verdad que es un rol que he cantando por todos lados, con maestros fantásticos. Sieglinde y La valquiria me han dado muchísimo en la vida. Es una música y un personaje maravilloso, que siempre me emociona intensamente.

Precisamente, con el papel de Sieglinde debutó en el Palau de les Arts, en la ya legendaria producción de La Fura dels Baus dirigida escénicamente por Carlus Padrissa y musicalmente por Zubin Mehta. Recuerdo que se pasaba media representación andando a cuatro patas, como un simio. Fue en junio de 2009, en el desaparecido Festival del Mediterrani. ¿Qué recuerdo guarda de aquellas representaciones? ¿Qué impresión le produjo el entonces flamante Palau de les Arts y su recién creada orquesta?

Un recuerdo maravilloso. ¡También del enorme dolor en el culo por pasarme medio función andando a cuatro patas! [Risas sin reservas]. ¡Fue fantástico! Me encantaba la producción de La Fura dels Baus. A pesar del dolor de culo, me encantaba que Sieglinde fuese tratada inicialmente como un perro… Hunding, su marido, “hund” es perro en alemán…, y que cuando encuentra a Siegmund, comience a caminar normal, de pie, y a humanizarse… ¡Y la gran experiencia de trabajar con Zubin Mehta!, que para mí fue algo inolvidable. ¡Qué hombre! ¡Qué maestro! Me pongo a hablar de él y se me saltan las lágrimas. ¡Cómo se dirigía a nosotros, a los cantantes, a la orquesta…! ¡cómo la hacía sonar! Zubin irradiaba desde el foso luz y energía positiva a todos, era como un maravilloso sol de primavera. ¡La Sieglinde de València, aquel Anillo del Nibelungo, fue algo verdaderamente increíble! ¡Lástima que nunca he vuelto a cantar con él! Me ha invitado, me ha propuesto varias cosas, pero yo siempre estaba con las fechas ocupadas. En cuanto a qué impresión me produjeron la Orquesta de la Comunitat Valenciana y el Palau de les Arts, pues la mejor, la orquesta era -y es- muy fantástica, tanto como el edificio, el Palau de les Arts, que es espectacular, increíble, parece ciencia ficción, como si entraras en La guerra de las galaxias o algo así.

Ahora, trece años después, retorna a Les Arts para abordar un papel tan desgarrado y fuerte como la Marie de Wozzeck, la obra maestra que Alban Berg compone entre 1914 y 1922 y da a conocer en diciembre de 1925 en la Staatsoper Unter den Linden de Berlín, bajo la dirección de Erich Kleiber. ¡Vaya cambio! De la luminosa Sieglinde a la apuñalada Marie…

Sí, es un gran cambio, pero le tengo que matizar que entre estos trece años ¡¡he cantado otros roles, eh…!! [grandes risas], que no he estado precisamente parada. Adoro a las dos, a Sieglinde y a Marie. Son muy diferentes, aunque ambas están encerradas en una vida determinada, sin posibilidad de salir por sí mismas. Las dos quieren escapar de sus vidas oprimidas. ¡No tienen nada! Marie, como Sieglinde, quiere liberarse. Ella, Sieglinde, tiene la suerte de encontrar a Siegmund, pero Marie tiene a este “Tambor Mayor”. Una y otra, y como tantas veces ocurre en la vida real, utilizan a otro hombre para salir de esa situación terrible de la que se sienten incapaces de liberarse. Creo que es este el vínculo esencial entre Sieglinde y Marie, aunque bien es verdad que Sieglinde sale airosa mientras que Marie acaba trágicamente apuñalada.

Hasta qué punto afecta al estado de ánimo íntimo del artista la interpretación de papeles tan intensos y dramáticos como Marie. ¿Se protege, como los médicos, con una coraza para convivir con el dolor y poderse luego, inmune tras la función, irse a cenar tan feliz, como si no hubiera pasado nada…

Muchas veces acabas rota después de una función. Recuerdo cuando canté Katerina Ismailova, de Lady Macbeth, de Shostakóvich, dirigida por Mariss Jansons. Después de cada función casi no tenía fuerzas para retomar y retornar a la realidad. Pero, por otra parte, cuando no tengo felicidad no puedo cantar. Es paradójico, pero necesito el impulso, la energía de la felicidad, para poder cantar, incluso los papeles más dramáticos y dolorosos. No es fácil conciliar este estado necesario de felicidad cuando estás interpretando mujeres con muchos problemas, problemáticas ellas mismas. Pero, desde luego, los personajes que abordo influyen mucho en mi vida, en el día a día de mi vida, pero no puedo perder ese sentimiento de felicidad que, para mí, como le he dicho, es imprescindible para poder cantar. Si no soy feliz, si no estoy feliz, definitivamente no puedo cantar.

Eva-Maria-Westbroek-en-La-Valquiria-–-De-Nationale-Opera-©-Ruth-Walz

Eva-Maria Westbroek en La Valquiria – De Nationale Opera © Ruth Walz

Holandesa nacida en Irlanda del Norte, en Belfast, su carrera comenzó en Alemania, en Stuttgart, en cuya ópera trabajó entre 2001 y 2006. ¿Fue ahí donde forjó su personalidad artística y se convirtió en estrella wagneriana y straussiana, con papeles como Elisabeth, Gutrune, Sieglinde, la Emperatriz de Die Frau ohne schatten o Chrysothemis en Elektra?

Nací en Belfast por casualidad. Mi padre era geólogo y trabajaba en muchos sitios. También en España…

¿De ahí su estupendo español?…

No, no, eso vino después, de un novio chileno que tuve, hace muchos años, antes, ¡claro!, de casarme con mi marido holandés [el tenor Frank van Aken]. Pero déjeme seguir, por favor. Sí, fue en Stuttgart donde se formó mi personalidad como cantante y artista. Fue una época y un tiempo fantásticos. A diferencia de otros teatros alemanes, que tienen su propia compañía, pero para los papeles protagonistas invitan a estrellas, en la Ópera de Stuttgart todos los papeles los hacíamos los cantantes del propio teatro. Fue un rodaje excepcional, donde pude hacer muchísimos y variados papeles. Éramos y nos sentíamos los más importantes del Teatro. Trabajábamos con grandes directores de escena y de orquesta. Aprendimos, día a día, la vida del teatro desde dentro, desde su propia entraña. En Stuttgart más que una estrella wagneriana o straussiana, como usted dice, me convertí en una cantante profesional conocedora de todas las aristas de su intenso y precioso oficio. En cuanto a que si soy soprano “straussiana” y “wagneriana”, como usted dice, le tengo que decir que no, que adoro muchas músicas, como, por ejemplo, La fanciulla del West o Manon Lescaut, de Puccini. Venero la ópera italiana, pero también la rusa, la checa, ¡Janáček!, la francesa, Britten…

Siempre los cantantes centroeuropeos, centrados en el repertorio en alemán, anhelan triunfar en la ópera italiana…

Para mí sería muy difícil cantar solo repertorio en alemán. Mi voz y mi temperamento necesitan el “legato” del canto italiano, del canto latino en general. El belcanto es siempre imprescindible, incluso para una vocalidad tan alejada como la mía, que es de soprano lírico-spinto (no dramática, como muchos se empeñan). Hacer solo alemán es duro, en todos los sentidos. Le aseguro que todos los días, para calentar la voz, para vocalizar, recurro al repertorio italiano, belcantista incluso.

En 2008, un año antes que en València, debutó en Bayreuth y se consagró como Sieglinde de referencia, dirigida por Christian Thielemann. Tengo entendido que en 2015 tenía previsto debutar el papel de Isolde, en la producción que ese año estrenaba Katharina Wagner, pero finalmente fue seleccionada Evelyn Herlitzius. ¿Qué fue lo que realmente ocurrió?

Bueno, le tengo que decir que mi relación con Isolde es algo complicada. La hice en Dresde, y no quedé muy contenta de cómo lo hice, porque no tuve suficiente tiempo para aprender bien el personaje, adentrarme en todos sus recovecos y claves. ¡Isolde necesita un año, y yo no lo tenía! ¡Quizá una vida! Después la canté con Simon Rattle en Baden-Baden…, pero no sé, es un papel muy duro, me encanta la música, sobre todo la de Tristan, la del tercer acto. Realmente, me gustaría poder cantar el papel de Tristan en lugar del de Isolde. Mi marido lo ha cantado hace dos meses, en Mannheim, y no me perdí ni una función. Pero Isolde está siempre enfadada, cabreada, y no me gusta.

Pero tiene el Liebestod, el prodigioso final, donde canta con infinita efusión y delicadeza…

¡Sí, al final! ¡Diez minutos!, después de estar cabreada toda la ópera, salvo el episodio maravilloso del dueto de amor del segundo acto. En cualquier caso, dentro de algunos años, voy a volver a cantar Isolde, en Tokio, y quiero prepararme mejor el personaje, hacerlo más legato, más lírico, y no con la fuerza excesiva que lo he hecho hasta ahora. Francamente, no estoy orgullosa de mi Isolde. No tengo con ella la conexión que sí tengo con Sieglinde o Kàtia Kabànova.

Su versatilidad parece no tener límites ni en repertorios ni en personajes, desde la ópera italiana (Santuzza, Tosca, Elisabetta en Don Carlo, Desdemona, Minnie, Giorgetta en Il tabarro-…), a la rusa -Lisa, Lady Macbeth de Mtsensk- , y hasta la francesa, con Didon en Les Troyens o Madame Lidoine en Diálogos de Carmelitas.

¡Me interesa todo o casi todo! También la música española, claro. ¿Sabe? Me encantaría cantar la Salud de La vida breve, que quizá haga pronto en Holanda, con un pequeña compañía de ópera. Salud es un papel que me gusta muchísimo, y que desde muy joven quiero hacer. He cantado también mucho repertorio iberoamericano. ¡Ya en el primer recital que hice en mi vida! Que quise que fuera todo en español, pero mi pidieron meter algo de Wagner. Guridi, Guastavino…, no sé, incluso algún día llega la zarzuela… ¿Por qué no? No sé si tengo la gracia y el salero. ¡Habrá que comprobarlo! [risas] Otro papel que me interesa muchísimo es Fedora, de Giordano, pero jamás me lo han ofrecido.

¿Alguno que nunca vaya a hacer? ¿No le amilana nada?

No, no es que me amilane o no. Es cuestión de proximidad con el personaje y, por supuesto, claro, que tu voz sea apta para él. Antes de esta entrevista me habló de Turandot, pues aparte de que está siempre enfadada, como Isolde, es una vocalidad que en absoluto tiene que ver con la mía, menos dramática. También ocurre con la Leonore de Fidelio, un papel fantástico, con música maravillosa, pero que es demasiado complicada de cantar, como todo Beethoven. ¡Qué lástima!

Lo siento, pero parece usted gafe: todas sus heroínas acaban mal, muertas, apuñaladas, guillotinadas, maltratadas, abandonadas… Ya sé que vocalmente no es lo suyo, pero… ¿no le apetecería meterse en la piel de una mujer feliz, una Rosina, una Norina, una Adina, alguna terminada en ina, vamos…

¡Ja! ¡Claro! Pero no tengo la voz para ellas. He hecho, sí, La viuda alegre, que fue una experiencia muy linda. ¡Claro que me encantaría hacer cosas ligeras!, pero es mi voz, que es un poco así… [risas con cara de pena]

Volvamos a Marie, el papel que cantará el próximo jueves en el Palau de les Arts, bajo la dirección de James Gaffigan, y con el que triunfó el pasado mes de marzo en la Ópera de París, dirigida por la finlandesa Susanna Mälkki, y antes en Ámsterdam. ¿Qué diferencias fundamentales encuentra entre esas funciones y las que ahora ensaya en València?

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James Gaffigan en el foso de Les Arts

Lo primero que quiero decirle que es la primera vez que trabajo con James Gaffigan y estoy entusiasmada. ¡Qué talento! ¡Qué modo alquimista de trabajar cada detalle, por minúsculo que sea, de la partitura! También en como cuida y mima las voces, a los cantantes, cómo sabe ponerse en nuestro lugar. Aporta calma e inspiración a todo. Es muy claro, cuidadoso y preciso y lindo. Y estas cualidades son esenciales, particularmente en una obra de la extrema complejidad y tensión de Wozzeck, con tantos niveles expresivos y dramáticos. Quiero subrayar que la producción de València es muy muy intensa, frente a la de París, más visual. Aquí, en València, la teatralidad, el movimiento dramático, es más importante, cobra un relieve muy especial. Es una producción más conceptual, más “alemana”. La relación entre los personajes se torna más profunda, más intensa. Es muy fuerte, verdaderamente increíble. ¡Puro teatro!

El reparto de València, con usted y Peter Mattei en el rol titular, además de Christopher Ventris, Franz Hawlata y Andreas Conrad, es espectacular. ¿Qué tal se ha entendido con ellos y con el propio Kriegenburg? Y, ya puestos a confidenciar, ¿mejor Mälkki que Gaffigan?

¡No me pregunte lo que sabe que no le voy a responder! No, en serio y de verdad. Todo estupendo. Estamos haciendo un trabajo muy serio y bonito. A fondo. Un grupo con gente fantástica, en el que todos tenemos un respeto enorme por la maravillosa ópera que estamos preparando. Al principio, cuando comienzas a preparar Wozzeck, uno siente un: “Dios mío, ¿qué es esto? ¡qué voy a hacer yo con esta música!”, pero luego, cuando te metes en ella, cuando empiezas a profundizar, cada día la adoras más y más.

Musicalmente, en Ámsterdam la dirigió Marc Albrecht, en París Susanna Mälkki y aquí en València James Gaffigan. ¿Muchas diferencias?

No sabría decirle [quizá diplomáticamente] [silencio]. Sí, muchas diferencias. Cada uno tiene su idea. Interesantes. Pero tengo ya bastante que hacer en escena como para poder fijarme en cómo lo hace cada maestro. Francamente, no pienso demasiado en eso, en lo que cada maestro hace en cada momento. Para eso ya están ustedes, los críticos [risas quizá para escurrir el bulto]

¿Qué es más complicado en Marie, su vocalidad extrema o su extremo dramatismo?

La música, sin duda. Cuando te sumerges en él, te absorbe, te implicas inexorablemente. Es un papel muy bien escrito. La entonación, la meticulosidad con la que todo está escrito…, es un papel que requiere máxima preparación musical y total concentración y entrega.

El predodecafonismo evidente de Wozzeck, ¿supone un serio problema para la afinación y el ensamble con el resto de cantantes y orquesta?

Claro, por supuesto. Hay que trabajar mucho todo. Pero, por otra parte, cuando es justo, cuando lo haces bien, todo encaja perfectamente, con absoluta claridad. ¡Ajjjjj! Llegas a un nuevo mundo, a un universo muy interesante y emocional. Wozzeck no es tan difícil como Lulu, donde Berg va aún más lejos. En Wozzeck hay armonía, una armonía nueva, sí, pero armonía a la postre.

“Berg, Wagner, Strauss… destruyen las voces”. ¿Es cierto o leyenda urbana?

Sí y no. Como decía antes, es muy importante hacer junto a los papeles, digamos, alemanes, siempre música latina. Yo cada día canto Verdi y Puccini, es muy importante para mantener la ligereza y fluidez de la voz. También su belleza belcantista.

Escena de Wozzeck

A tenor de lo que pasa estos días, parece que hay que ser holandesa para cantar Marie. A no tanto kilómetros de aquí, del Palau de les Arts, en el Liceu de Barcelona, es la también holandesa Annemarie Kremer la que lo encarna en el Liceu…

Sí, ¡menuda casualidad! ¡Igual es verdad y hasta hay que ser holandesa para cantar Wozzeck!

En 2011, mientras cantaba Sieglinde en el MET, en la nueva producción de Robert Lepage, tuvo el valor de convertirse en chica “conejito” PlayBoy, cuando se transfiguró en la “playmate” Anna Nicole Smith, fallecida en 2011 con apenas 40 años, que inspiró la ópera Anna Nicole, de Mark-Anthony Turnage, estrenada en el Covent Garden basada en la vida de la célebre modelo y actriz estadounidense. Otro personaje desgraciado en su carrera…

Sí es un papel que me fascina, que hace un largo recorrido desde que nace hasta que muere con apenas cuarenta años, por una sobredosis de barbitúricos. Cuando me ofrecieron el papel, pensé que en absoluto podría hacerlo. ¡Mamma mia! Le consulté a Simon Rattle, y me dijo que sí, que lo podría hacer perfectamente, “es más, tienes que hacerlo”. E inmediatamente, apenas comenzar a estudiarlo, quedé prendida de la música y de la historia que cuenta, inspirada en la vida de Anna Nicole Smith. Lo hice con gente que adoro, con Tony Pappano en el foso, en un estupendo ambiente. Guardo un precioso recuerdo de todo. Fue un trabajo muy duro, pero también increíble, fantástico.

¿Qué es lo próximo que le ha ofrecido Jesús Iglesias para cantar en Les Arts? ¿Tiene previstas actuaciones en el Real o en el Liceu?

No sé. Vamos a ver. Aún no me ha ofrecido nada, pero seguro que hablaremos y encontraremos papeles y fechas. Mantengo una estupenda relación [con Jesús Iglesias] desde sus tiempos en Ámsterdam, y estoy encantada de que ahora esté aquí, en el Palau de les Arts.  Fue precisamente él quien me propuso debutar, en la Ópera Nacional de Holanda, el papel de Marie de Wozzeck. Pregúntele a él, a Jesús, pero volveré siempre encantada al Palau de les Arts. En cuanto al Real y el Liceu, nada a la vista. ¡Nada en España! ¡qué pena! Justo Romero

Publicada el 23 de mayo en el diario Levante

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