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Por Publicado el: 18/01/2018Categorías: En vivo

Hélêne Grimaud, de lo refinado a lo virulento

Hélêne Grimaud, de lo refinado a lo virulento

Obras de Weber, Beethoven y Chaikovski. Hélêne Grimaud, piano. Orquesta Philharmonia Zurich. Director: Fabio Luisi. Auditorio Nacional, Madrid. 16 de enero de 2018. Temporada de La Filarmónica.

Había interés en volver a escuchar a la pianista francesa Hélêne Grimaud (Aix-en-Provence, 1969), siempre gentil y elegante, suave y convincente. También en comprobar la calidad de la Philharmonia Zurich, nacida de la escisión de la antigua Tonnhale y el Teatro de Zurich. Es en realidad el conjunto que actúa hoy en el foso de la Ópera de la ciudad. De ella salen los músicos barrocos de la Scintilla.

Grimaud es una artista culta y preparada, que busca lo intelectual antes que el pathos. Exhibe un ataque a la tecla muy matizado, practicado con finura y sensibilidad y su fraseo está exento de efectismos. A partir de estas cualidades, la pianista pudo ofrecernos un Cuarto de Beethoven cuajado de detalles, de acentos expresivos de altura, de un lirismo contenido que cala, pese a que no siempre sus trinos fueran perfectos y a que tuviera más de un desliz en la digitación, como el producido nada más atacar la «dolce» frase del comienzo.

Leves roces, pequeños fallos, como los advertidos al inicio y durante el desarrollo del «Rondó», que no oscurecen su equilibrio poético y que no ocultan la belleza y redondez del sonido. Ejecutó con limpieza la extensa  cadencia del primer movimiento, que no nos pareció la de Beethoven, y concedió dos bises, el primero creemos que uno de los últimos Nocturnos de Chopin. Tuvo un fiel compañero en Luisi, que supo subrayar, a veces con peligrosos cambios de «tempo», esas cualidades y que mantuvo con el teclado un intenso y dramático diálogo en el «Andante». El director genovés (1959) sabe mantener, de todas formas, la tensión pese a determinadas lentitudes y, sobre todo, a ciertas súbitas aceleraciones a lo Toscanini.

Se desenvolvió con alguna premiosidad en el comienzo de la Obertura de Oberon de Weber, donde la cuerda delineó magníficamente el gran tema lírico y luego metió la directa en una coda vertiginosa. Los acordes, secos y fustigantes en los «tutti», sonaron generalmente rudos y a veces confusos, con unos metales poderosos pero de relativa calidad, inferiores a los arcos y maderas, que trabajaron a conciencia en una Quinta Sinfonía de Chaikovski elaborada con minuciosidad, bien cantada en el «Andante», adecuadamente apoyada en la cuerda y episódicamente confusa de planos, particularmente en su tramo final, aunque la fina y ágil batuta mantuviera en todo instante muy firmemente las riendas. Arturo Reverter

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