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Por Publicado el: 17/01/2018Categorías: En vivo

Torres-Pardo o cómo desterrar muros

Torres-Pardo o cómo desterrar muros

Critica de clásica / Auditorio Nacional

Obras de Albéniz, Granados, Falla, Megías, Kingswood y Llorca. Piano: Rosa Torres-Pardo. Voz: Rocío Márquez, Arcángel y María Toledo. Ciclo Fronteras del CNDM. Auditorio Nacional, Sala de Cámara. Madrid. 13-I-2018.

El poliédrico ciclo «Fronteras» del CNDM hacía parada en un espacio ayer impensable pero cada día más concurrido: el de la convergencia entre el flamenco y la mal llamada música clásica o, expuesto más en general, la unión entre dos mundos con límites bastante férreos. Cuando hace más de veinte años una joven Mayte Martín grababa con Tete Montoliu aquel Free Boleros parecía abrirse una ventana practicable para nuevos horizontes. Mauricio Sotelo estrenó en el Teatro Real hace tres años El público ya sin trazos de controversia y con un discurso ecléctico que usaba al propio Arcángel como un instrumento de evocación, ejemplificando cómo ambos universos pueden imbricarse sin que se vean las costuras. Un poco en esa línea podemos enmarcar el trabajo de la siempre inquieta mente de Rosa Torres-Pardo, que busca ese túnel secreto que la saque del jardín plácido del encasillamiento.

El concierto arrancaba con Lorquiana, un arreglo de Torres-Pardo y Márquez basado en obras de Albéniz, Lorca y Falla. Funcionó a las mil maravillas, son mundos en realidad profundamente afines tanto a nivel expresivo como en su lenguaje referencial. Las armonías que lindaban con el Debussy más intenso o las polirritmias del Falla popular encontraron un eco perfecto en la voz quebrada en pleno centro del dolor de Rocío Márquez. Fue la pieza más redonda del concierto. Las tres obras de estreno (con un pedazo de Goyescas en medio) caminaban por itinerarios muy dispares. Rosa en Alejandría, de Sonia Megías, es una extensa pieza que ahonda en el ritual de unas sacerdotisas vinculadas con la Biblioteca de Alejandría. La partitura trabaja bien la creación de atmósferas y el discurso sonoro final, aunque la asimilación de una supuesta sonoridad egipcia con el cante flamenco (de raíz tan reconocible) no juega a su favor. Tampoco su semiescenificación con velas. Muy interesante Fernweh de William Kingswood, con una gramática musical más cercana al minimalismo y usando de forma muy elegante la voz de Arcángel. Cerró la triada el Vals de la bailarina de Ricardo Llorca, con María Toledo implicada en su papel y cantando de manera impecable.

Cerró el programa El amor brujo, donde se pudo ver la vertiente virtuosa de Torres-Pardo y su excepcional sentido del contraste. Como propina, el cuarteto se lanzó a cantar un bastante improvisado Volver, resuelto con más oficio que ensayos, aunque ya todo daba igual. Mario Muñoz Carrasco

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