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Por Publicado el: 11/10/2010Categorías: En la prensa

Joan Sutherland, soprano La más “stupenda” voz del siglo

Joan Sutherland, soprano
La más “stupenda” voz del siglo
EL MUNDO, 12 de octubre
JUSTO ROMERO
Los teletipos, tan fríos como siempre, su pusieron de inmediato en marcha ayer por la tarde: “La famosa soprano australiana Joan Sutherland, una de las grandes voces femeninas del siglo XX, ha muerto a la edad de 83 años tras una larga enfermedad”. Dame Joan Sutherland, soprano universal, era junto Monserrat Caballé, la última represente de una generación de sopranos belcantistas capaces de todo. Pavarotti la definió como “la voz del siglo”.
No menos famoso es el comentario de la mezzosoprano estadounidense Marilyn Horne, quien, cuando tras escucharla cantar Norma en la Ópera de Sidney, dijo de ella que tenía “una de las más formidables técnicas vocales de todos los tiempos”. Ha muerto el domingo pasado, en su casa suiza vecina a Montreux. A su lado se encontraba su marido, el director de orquesta Richard Bonynge, quien había dirigido casi todas sus innumerables grabaciones discográficas.
Después de una función de Alcina de Händel en el Teatro de la Fenice, de Venecia, en 1960, la apodaron “La Stupenda”. Desde entonces, fue universalmente conocida como “La stupenda” y adorada en los mejores teatros líricos internacionales, Sutherland permanecía retirada de los escenarios desde 1990, año en cantó en el Covent Garden de Londres una memorable función de El murciélago, de Johann Strauss, junto a Luciano Pavarotti y su admiradora Marylin Horne.
Su carrera meteórica se había iniciado en 1957, cuando acometió el que sería su primer gran triunfo mundial, la Alcina de Händel. El 17 de febrero de 1959 cosechó un éxito inenarrable en el Covent Garden con Lucia di Lammermoor. Fue su consagración absoluta. En sus 33 años de actividad profesional recorrió todos los templos operísticos internacionales, donde sus actuaciones eran esperadas como verdaderos acontecimientos. Uno de sus teatros favoritos, y en el que era siempre clamorosamente recibida, fue el Liceu de Barcelona, que pudo disfrutar en la voz de la Sutherland sus incomparables interpretaciones de los más exigentes roles bellinianos y donizettianos.
Su vocalidad, cuya perfección y seguridad era equiparable a la de su gran compañero de escena Alfredo Kraus, sirvió como quizá ninguna otro los exigentes personajes belcantistas. Bellini y Donizetti lucieron en su voz “stupenda” con absoluta naturalidad. La técnica perfecta, el absoluto dominio del fiato, sus perfectamente calibrados reguladores, la flexibilidad métrica, la riqueza de armónicos y la portentosa facilidad en los registros agudos y sobreagudos la convirtieron en una de las divas más veneradas y respetadas del universo operístico.
Tras su matrimonio con el director de orquesta Richard Bonynge, el 16 de octubre de 1956, Joan Sutherland comenzó una carrera ascendente que sólo declinaría con los años de vejez. Paradójicamente, los inicios de su carrera transcurrieron por la senda equivocada del repertorio wagneriano, quizá en base al oscuro color de su instrumento y el considerable volumen del mismo. Uno de sus primeros y más sorprendentes registros fonográficos es el protagonizado en 1962, cuando grabó en Viena, el Pájaro del bosque del Sigfrido wagneriano bajo la dirección de Georg Solti en su famoso ciclo integral del Anillo del Nibelungo. Antes, en noviembre de 1959, participó en Londres, en la histórica grabación de Carlo María Giulini del Don Giovanni de Mozart. En aquella grabación legendaria interpretó el papel de Donna Anna, y como compañeros de reparto tuvo nada menos que a Eberhard Wächter, Giuseppe Taddei, Elisabeth Schwarzkopf, Luigi Alva, Gottlob Frick y Piero Cappuccilli.
Joan Sutherland y su voz milagrosa brillaron poderosamente en un tiempo de grandísimos cantantes. Diosa de la ópera de todos los tiempos, tuvo la fortuna de contar con la guía de su marido y “repetidor” Richard Bonynge, intuitivo y puntual profesor de canto, quien fue descubriendo, incluso para la misma cantante, las posibilidades ocultas de una voz extensa, dúctil y fácil en el agudo y sobreagudo.
La propia Sutherland contó en más de una ocasión cómo su esposo la iba engañando mientras practicaban escalas, subiendo semitono a semitono hacia las zonas más agudas de su voz sin que ella se diera cuenta. Preparada de este modo por Bonynge, ya en 1957 Joan Sutherland acomete el que sería su primer gran triunfo mundial, la Alcina de Händel. Entraba en el terreno de la ópera de tradición italiana de mano del maestro del barroco y ése sólo sería el inicio de una gran época.
Tras este reto consumado llegarían la Emilia de Liverpool, de Donizetti y la citada Donna Anna en el Don Giovanni mozartiano. Tras su consagración en el Covent Garden de Londres, donde había comenzado su carrera en pequeños papeles sobre todo y en alguno grande como la Amelia del Ballo in maschera verdiano, llegó en la década de los 1960 su gran momento. Joan Sutherland debuta en el Metropolitan de Nueva York, en la Ópera de París y en la Scala de Milán a principios de esta década y cada debú, cada papel, le suponen un triunfo.
Cimenta su fama a la par que establece lazos de colaboración con otros colegas que contribuirán en no poca medida a aumentar su prestigio. Marylin Horne y Luciano Pavarotti son el ejemplo más ilustre de este proceso. I puritani, La Traviata, Norma, Lucia di Lammermoor, Beatrice di Tenda y un largo etcétera que abarca los más importantes roles del belcanto.
Su inmenso repertorio incluye, además, entre otros muchos personajes, Amina de La Sonammbula, Marguerite de Fausto, Cleopatra de Giulio Cesare, la Reina de la Noche de La Flauta Mágica, de Mozart o las cuatro protagonistas femeninas de Les contes d’Hoffmann, que grabó en 1972 junto a Plácido Domingo.
Con su muerte, desaparece el fenómeno irrepetible de Joan Sutherland. Para la eternidad queda la memoria viva de La Stupenda. Ella fue, es y será, junto con Monserrat Caballé, el último prodigio vocal de la interminable historia de la ópera.

Joan Alston Sutherland, nació en Point Piper, Sidney (Australia), el 7 de noviembre de 1926, y falleció el 10 de octubre de 2010, en Les Avents, Montreux (Suiza), con 83 años.

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