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Por Publicado el: 06/11/2014Categorías: Entrevistas

Miloš Karadaglić: «La guitarra no asusta a nadie»

 

 

 

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  • En la voz humana se resume la esencia de la música
  • En la música y la vida es importante saber de verdad quién eres
  • En los dos primeros discos buscaba el modo de enfrentarme con el Aranjuez.

Una vieja guitarra que encontró en su casa fue el juguete que Miloš Karadaglić (Montenegro 1983) convirtió en pasión. Formado musicalmente en Londres, donde se trasladó con 17 años, con 22, junto a la Orquesta de la Royal Academy of Music, en la que se graduaría meses más tarde con Honores de Primera Clase, tocó por primera vez el Concierto de Aranjuez. El mismo con el que se acaba de presentar en Madrid con la Orquesta Nacional de España, coincidiendo con el lanzamiento de su tercer disco en Deutsche Grammophon, en el que se incluye la obra de Joaquín Rodrigo que Miloš ha interpretado en más de un centenar de ocasiones por todo el mundo.

P. Como en la expresión cubana Bailar en casa del trompo, usted ha venido a España a interpretar una obra tan conocida in situ como el Concierto de Aranjuez

R. Después de haberlo tocado tantas veces como repertorio en mis giras por todo el mundo y de haberlo grabado ahora, era inevitable que llegara el momento de tocarlo en su propia casa. Y debo decir que he notado una gran diferencia respecto a cuando lo hago en cualquier otro lugar, como Londres, Nueva York, Tokio o donde sea. En los ensayos de Madrid percibí una energía distinta, más fuerte. Me he sentido más pequeño ante esta música. Esa sensación es muy especial.

P. Más pequeño ¿por el público, los músicos, el director…?

R. Más pequeño por verme en pleno centro de lo que para mi supone el meollo de esa música que prácticamente define un género. Pero me he encontrado muy feliz, y eso significa que éste era el momento de hacerlo.

P. ¿Cuántas veces lo ha tocado?

R. Más de cien, posiblemente….En España hasta ahora sólo en el País Vasco, que es una tierra bellísima. Pero tocar este concierto en Madrid, que, aunque Joaquín Rodrigo naciera en Valencia, es donde reside la esencia de su música, ha sido muy especial. Además, en presencia de la hija del compositor, Cecilia, que un día antes había tenido la amabilidad de invitarme a ver el manuscrito original de la partitura. Me dio la oportunidad de comparar dos elecciones interpretativas que había adoptado sin saber realmente y con exactitud lo que el compositor quería. Pero obtuve la confirmación de que mi instinto estaba en lo correcto acerca de ciertos tempi y articulaciones que pretendía hacer llegar a los oídos del público.

P. ¿Siempre es tan estricto en lo de resolver dudas sobre el original?

R. Depende de qué obra estemos hablando. Pero en este caso se trata de algo tan cercano como el Concierto de Aranjuez, compuesto en 1939, estrenado en 1940, y que es ¿cómo expresarlo?… el Santo Grial para un guitarrista extranjero. Cuando lo interpreto, estoy pisando un campo sagrado que debo respetar por todo lo que significa. Con otras músicas, aunque también guarde cierto acatamiento, me siento más libre para ponerle mi propio sello.

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P. Ese Grial es la pieza que más veces ha interpretado en su vida. ¿Falta de imaginación de los directores al programar una obra con guitarra, o simple carencia de repertorio para el instrumento?

R. La guitarra como instrumento de concierto es algo bastante novedoso, y el de Aranjuez es posiblemente el único que puedes llevar de gira por todo el mundo tocando con orquestas sinfónicas y grandes directores del mismo modo que un concierto para piano o violín. Al tiempo, te abre las puertas a muchas nuevas experiencias, y a un público amplísimo que reconoce y ama esa obra.

P. La carta de presentación perfecta

R. Una carta de visita que sirve como introducción ante las distintas audiencias. A pesar de ser un gran desafío, porque no es nada fácil de tocar. A partir de ese punto, me gustaría que, cuando regrese a todos esos sitios, además de tocar de nuevo el Concierto de Aranjuez, pueda interpretar otras piezas, encargadas o no para la ocasión, u otros conciertos, que los hay….Por ejemplo, los de Heitor Villalobos, Mario Castelnuovo-Tedesco, Leo Brouwer… De un montón de grandes compositores. Aun así, posiblemente ninguno de ellos está a la misma altura del Aranjuez. De ahí que sea una obra tan singular, que contiene música bellísima a la que la gente responde muy bien.

 P. Mencionaba a Brouwer, que fue titular de la Orquesta de Córdoba. ¿Lo ha dirigido alguna vez?

R. No, nunca he trabajado con él, pero soy un gran seguidor y admirador de sus obras.

P La popularidad del Aranjuez ¿Facilita las cosas al intérprete o se las pone más difíciles? ¿La audiencia puede convertirse en crítico feroz al conocerlo de memoria?

R. Si. Pero lo que los demás puedan opinar, ya sea aprobación ya censura. no tiene por qué cambiar mi modo de verlo. Tanto en la música como en la vida es muy-muy importante saber de verdad quién eres. Dicho esto, y volviendo al principio de la pregunta, es muy distinto sentirse seguro cuando vas por el mundo interpretando esta pieza, que venir a hacerla aquí, en España, donde está tan íntimamente arraigada, porque forma parte de la cultura española por antonomasia.

P. Habla de audiencias después de haber actuado en auditorios referenciales del mundo: desde el Carnegie Hall o la Concertgebouw a grandes espacios como el Royal Albert Hall

R. En todos ellos, es verdad. O en el Hollywood Bowl, ante 10.000 personas

P. ¿Se queda con la catedral o la capilla?

R. Son cosas distintas, porque en una capilla, como pueden ser el Wigmore Hall, la sala pequeña de la Concertgebouw o un delicioso auditorio cerca de Oaxaca podría estar tocando toda mi vida sin parar. Son lugares que al recordarlos se me pone la carne de gallina. Porque desde el momento en que haces sonar la primera nota te sientes totalmente transportado, y cada cosa adquiere vida sin necesidad de que tengas que hacer nada más, excepto servir a la música. Sin embargo, en el Royal Albert Hall, el Hollywood Bowl o en un espacio al aire libre en el que necesitas amplificación porque hay miles de personas, todo da un giro de 180 grados con respecto a lo dicho. En esas situaciones tienes que olvidarte de ti mismo para intentar absorber la energía de toda aquella gente para interiorizarla dentro de ti y de tu música. Desde ese instante, tu modo de tocar cambia radicalmente. Te conviertes en la proyección de cada nota, que es como una catapulta cuyo objetivo es llegar hasta la última persona del último rincón. Y eso también es muy emocionante. Algunas veces, después de terminar el concierto en uno de esos grandes espacios me siento totalmente exhausto, porque durante dos horas he tenido que generar una inconmensurable cantidad de energía para mantener sin respiración a esas cuatro o cinco mil personas. Nadie que no lo haya experimentado sabe cuánta fuerza se precisa para eso. Pero lo cierto es que es una sensación maravillosa, que puede crear adicción.

P. ¿Qué tipo de público asiste a esos conciertos?

R. Debo confesar que en algún momento pasó por mi cabeza la idea de actuar en el Royal Albert Hall como una posibilidad para el final de mi carrera. No año y medio después de empezarla. Pero la verdad es que las cosas de mi vida se han precipitado de un modo impensable en los últimos dos años. Tanto, que algunas veces he podido llegar a asustarme. Pero esas cosas no suceden así porque así, sino porque en alguna medida yo estoy pidiendo que ocurran. Contemplada desde ese punto de vista, la sensación de miedo se convierte en confianza en mí mismo. Lo del Royal Albert Hall es una de esas cosas que aun me resultan difíciles de creer cuando pienso que aquel lugar estaba lleno sólo por y para mí. Dispuestos todos a escuchar un programa integrado en su totalidad por obras capitales del repertorio clásico para guitarra. Abrí con Bach y cerré con Domeniconi. Por medio estaban por supuesto Albéniz, Barrios… No me permití ni un guiño de complacencia fácil. Nada que alguien pudiese haber visto como un crossover.

P. ¿Cómo reaccionaron?

R. Encantados. Y yo, descubriendo hasta qué punto les gustaba la guitarra clásica. No era un concierto para gente rara, ni se trataba de un bolo en una sala de fiestas. Había chavales dejándose crecer las uñas para aprender a tocar, que me pedían que firmase en sus guitarras. Y también niños pequeños con sus padres, jóvenes profesionales. Además, por supuesto, del público que acude regularmente los conciertos. En esos lugares mi instrumento es capaz de interconectar con un público tan heterogéneo que comparte el mismo espacio. La del Royal Albert Hall es una de esas experiencias de mi vida que me llevaron a decirme ¡esto es muy grande, y aquí está la verdadera razón por la que lo tanto amo mi profesión! .

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P. De los tres discos que lleva grabados. ¿Cuál le ha proporcionado más satisfacciones personales?

R. Este último, Aranjuez. Sin ninguna duda. Con los dos primeros estaba buscando el modo de llegar al momento en el que poder enfrentarme a éste. Cuando eres joven y firmas con un sello discográfico importante, de repente te encuentras expuesto al mundo en alguna medida. De no ser nadie, pasas a ser el guitarrista del que todo el mundo habla. Y aunque esa circunstancia me parezca estupenda, también puede asustar, porque implica mucha responsabilidad. De modo que con Mediterráneo, que fue el primero, pretendí presentarme a través de todo aquel repertorio de la guitarra clásica que me resultaba familiar. Hablo de una música que me gustaba mucho, porque en ella se podían ir reconociendo los distintos periodos de mi crecimiento como músico y como persona. Si existe una razón en especial por la que quiero tanto a Mediterráneo es por todos los recuerdos que me trae ese disco. Pero entonces estaba en un momento muy distinto a este en el que ahora me encuentro.

P. ¿Le siguió?

R. Latino fue el siguiente. Un paso muy natural, porque como la esencia de la música para guitarra, después de la Península Ibérica y la cuenca mediterránea, se encuentra fuertemente arraigada en Sudamérica, la música de aquellas latitudes brindaba una potente oportunidad para que un guitarrista joven como yo indagara en músicas con sabor más popular. Y a su vez me servía para enriquecer el repertorio clásico a la hora de abordarlo. Por otra parte, Latino alcanzó un éxito increíble en todo el mundo en un periodo de tiempo muy corto.

 P. Para resucitar la guitarra, como dice haberse propuesto, cuenta con dos armas: energía y determinación. ¿Necesita ambas?

R. Necesitarías otras veinte cualidades

 P. ¿Por ejemplo?

R. Además de la energía y la determinación se requiere talento, imaginación… Precisas todo porque, cuando eres un artista joven intentando sacar adelante una carrera, lo primero es querer desarrollarla. Es necesario que te guste exponerte frente al público y tocar, algo que no te enseñan cuando estás en la Universidad. Se limitan a mostrarte cómo conocer tu instrumento para llegar a ser un experto. Pero no te dicen que necesitas salir ahí fuera y permitir al mundo que venga a ti para formar parte del mundo en el que vives. Porque muchos sólo sabemos vivir en nuestros propios mundos, y es muy importante abrir el tuyo a los demás. Eso nadie te puede decir cómo se hace; eres tu mismo quien lo debes sentir porque forma parte de tu ADN.

P. Se refiere a la guitarra como el instrumento más popular en el mundo. ¿Más que el piano?

R. Por supuesto. Si piensas cuántas personas saben tocar piano, ves que la guitarra la tocan diez veces más.

P. Pero no bien

R. Claro está, pero es un hecho que la guitarra en la cultura popular es el principal instrumento y después de la voz humana el preferido para ejercitarse musicalmente. El piano está más relacionado con la clase media y de ahí para arriba, mientras que la guitarra es un instrumento para todos. El hecho de tocar guitarra clásica lo considero una bendición divina, por lo que en el mundo clásico la guitarra fue, y lo sigue siendo ahora, cuando lucha por recuperar su lugar. En el mundo en general la guitarra es un instrumento con el que todo el mundo conecta. Así que cuando era joven…

 P. ¿…era?.

R. Ya sé que continúo siéndolo, pero me refiero a mis 25 años, cuando acababa de abandonar la universidad e ingresaba en la Academy mientras la gente del mundo clásico se empeñaba en decirme que aquel instrumento no me conduciría hasta donde yo quería llegar porque, insistían “la guitarra no es un violín ni un piano…”. Hasta yo mismo llegué a creer que se trataba de basura con relación a la música clásica. Cuando en realidad es la herramienta perfecta para atraer a la gente al mundo de la guitarra clásica y de ahí al de la música clásica. Esa es exactamente la sensación que pude percibir en el concierto del Royal Albert Hall, en el del Hollywood Bowl o en esos otros grandes espacios. Porque la guitarra no asusta a nadie, en contra de lo que posiblemente puede ocurrir con el piano o el violín. Por eso creo que tocando la guitarra he conseguido un crecimiento que no habría sido posible con ningún otro instrumento.

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P. A usted le gustó cantar, incluso formó parte de un coro. En estos momentos ¿qué importancia le concede a la voz?

R. En la voz humana se resume la esencia de toda la música, puesto que fue la primera expresión musical del ser humano. Si pienso en cualquier interpretación, siempre se me viene a la cabeza que se trata de algo que voy a cantar. De niño, mi abuela fue una persona muy importante para mí. Sabía cantar muy bien, y yo cantaba con ella. Aunque no utilizábamos nuestras voces como era debido, me sentía feliz. De la ópera me enamoré en la adolescencia, cuando mi padre trajo de vuelta de un viaje una grabación de Tosca dirigida por Karajan, que cantaba Leontine Price. Me quedé fascinado. En aquellos momentos yo tenía una voz muy rara, que me estaba cambiando, y lo mismo me atrevía a cantar las partes de soprano que las de tenor. Para entonces ya era muy bueno con la guitarra y puestos a exponerme, mejor como guitarrista que como cantante en un país donde la tradición del canto clásico que ahora gusta mucho, entonces era inexistente. Cantar se consideraba un don natural que no tenías que trabajar, a diferencia de un instrumento en el que debías ejercitarte, para mejorar aquello que creían habilidad natural. De modo que cuando me marché a Londres para formarme, aproveché la oportunidad para disfrutar la ciudad. Entre otras cosas, asistía a conciertos y a la ópera. Si de adolescente en mi país escuchaba discos de guitarra para aprender, al llegar a Londres dejé de hacerlo. A cambio, me gustaba escuchar a los cantantes. Ahora, lo mismo si tengo que tocar una melodía que la Granada de Albéniz –que es una canción preciosa- o el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez lo siento como un aria barroca con bajo contínuo, porque es exactamente eso. Aprendí a cantar con la guitarra, porque estoy totalmente enamorado de la voz humana. Y no sabría decir si algún día no me dará por cantar, aunque hoy por hoy sólo le doy permiso a la guitarra para que cante. Hasta tal punto que pienso que a lo máximo que podemos aspirar es a que el sonido de nuestros instrumentos se aproxime al de la voz.

P. En su sello, Deutsche Grammophon, Narciso Yepes grabó entre otras cosas junto a Teresa Berganza las Siete canciones de Falla. ¿Le gustaría vivir una experiencia similar?

R. Absolutamente. No sé si lo grabaré ni cómo, pero existe un proyecto muy interesante. Mi cantante favorita no de todos los tiempos, pero si de las actuales, es Angela Gheorghiu. Su voz, que es muy especial, la siento muy próxima a mi. Cuando la conocí decidimos hacer un recital juntos, y el proyecto se materializará en Verbier el próximo verano. Estoy deseando que llegue el momento. Pero he trabajado con cantantes toda mi vida, porque es una combinación muy natural. En Australia actué con Sumi Jo. Y he tocado algunos ciclos para voz y guitarra de Falla, Roberto Gerhard, Granados… todos ellos españoles y con un maravilloso sonido.

P. Parece que no le gusta el término crossover

R. Eso no es verdad. Lo que sucede es que esa palabra en mi vocabulario quiere decir algo muy distinto que lo que la gente habitualmente entiende como crossover.

P. ¿Cuál es su opinión al respecto?

R. Cuando los géneros se mezclan pueden nacer cosas muy interesantes. Pero crossover para mi no es un término aplicable a alguien que no está formado clásicamente y se pone a hacer música clásica. Para mi significa que alguien que es músico al ciento por ciento de formación clásica, decide explorar el mundo exterior a su universo. Ahí está la gran diferencia. Cuando viajas de un lado a otro; cuando eres ciudadano del mundo en el sentido más abstracto que puedas imaginar, en el corazón siempre estará presente el lugar y el momento en que naciste. Y yo estoy señalado desde mi nacimiento como un guitarrista clásico. Con otros instrumentos puede ser más difícil, pero en el caso de la guitarra se convierte en algo de lo más natural, porque con ella te sientes tan cómodo en la música clásica que en la más convencional, y estoy muy contento por haber sabido sacarle partido a eso cuando ves el mundo lleno de colores y emociones. Así que crossover para mi no es una palabra sucia, aunque podría usarse en un sentido más preciso de aquel en el que se utiliza. Teniendo claro cuáles son nuestras prioridades y, como artista, saber dónde estás. A partir de ahí, no le encuentro ningún problema al crossover.

                                                                                                                                                         Juan Antonio Llorente

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