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Abbado en el Teatro Real
Por Publicado el: 21/04/2008Categorías: Crítica

Pollini, soberbio recital

Pollini en el Teatro Real
Pollini, soberbio recital
Obras de Schoenberg, Schumann y Beethoven. Maueizio Pollini, piano. Teatro Real. Madrid, 20 de abril
Aquellos que no quedamos del todo satisfechos con el primer recital de Pollini en Madrid nos hemos rendido ante el segundo. El programa era mucho más acertado: “Trs piezas para piano Op.11” de Schoenberg, “Krisleriana” de Schumann, “Sonata La Tempestad” y “Sonata Appassionata” de Beethoven. Señalaba el programa de mano que era la primera vez que el milanés tocaba en el Real. Totalmente falso, porque el Real sólo es uno, no varios y Pollini fue precisamente quien ofreció el último recital en la sala antes de las obras de transformación para la ópera. Luego sólo hubo una “Novena” oficialista. En los dos recitales madrileños ha utilizado el mismo piano, a pesar de haberse traído dos desde Milán. Así pues no lo castigó tras la primera actuación. En esta ocasión ya estaba lejano el triunfo de Berlusconi y el pianista del cinturón rojo se pudo concentrar.
Scoenberg ha de resultar un placer para cualquier oyente cuando se toca con tal claridad. La “Krisleriana” es obra muy difícil de interpretar y Pollini demostró conocer todos sus secretos. La técnica estaba allí para servir a la música. ¡Qué admirable el uso del pedal! Es cierto que ha habido en la historia lecturas más apasionadas, pero a la de Pollini no pueden ponérsele objeciones. En la segunda parte se adentró y nos adentró a todos en dos sonatas beethovenianas –“La Tempestad” y “Appassionata”- de carácter sombrío que conjugaban muy bien con el concepto pletórico de alegría que cierra el “Fidelio” que se programa paralelamente, aunque el regista Chris Kraus haya invertido su carácter. Es difícil tocarlas mejor, exactas las pulsaciones, ni una nota desplazada, sin un emborronamiento, el más puro Beethoven. Pollini y Zimmerman representan hoy el mejor piano junto a un Barenboim que no le dedica todo el tiempo que precisa.
Las aclamaciones se eternizaron, pero el maestro no cedió a propina alguna. Hizo bien, ¿para qué destrozar el ambiente final de la “Appassionata”? Es obligado resaltar la actitud del público, no ya entregado sino educado. No sonaron teléfonos ni toses. También es verdad que la intimidad de esta sala favorece mucho más la concentración que la del Auditorio Nacional y que la acústica pasiva es muy superior, amortizando los ruidos creados por los oyentes. Gonzalo Alonso

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