Feliz cumpleaños, maestro: ochenta y cinco años de Riccardo Muti
Feliz cumpleaños, maestro: ochenta y cinco años de Riccardo Muti
Hoy cumple ochenta y cinco años uno de los pocos directores que quedan capaces de conjugar el rigor absoluto con la elegancia sin que ninguna de las dos cosas se resienta. Riccardo Muti nació en Nápoles el 28 de julio de 1941, hijo de un médico apasionado por el canto, y desde muy joven decidió que la música sería su vida entera, no una parte de ella. Ochenta y cinco años después, sigue subiendo al podio con la misma exigencia con que debía hacerlo cuando, siendo apenas un muchacho, ganó el Concurso Guido Cantelli en 1967 y el mundo de la dirección orquestal supo que había nacido alguien distinto.

Riccardo Muti
No voy a resumir aquí su trayectoria completa —para eso están las enciclopedias y los archivos de las grandes orquestas que ha dirigido, desde la Filarmónica de Nueva York hasta la Filarmónica de Viena, pasando por sus años decisivos al frente de la Scala de Milán y su titularidad en la Sinfónica de Chicago—. Prefiero quedarme con algo más difícil de medir: la manera en que Muti entiende su oficio.
He tenido la fortuna de asistir a varios de sus conciertos a lo largo de los años, y siempre me ha sorprendido lo mismo: la ausencia total de vanidad en el gesto. Muti no dirige para que se le mire a él. Dirige para que la partitura hable con la voz exacta que su compositor quiso darle, ni una coma más ni una coma menos. Esa obsesión por la fidelidad al texto, que algunos han tachado en ocasiones de rigidez, es en realidad la forma más alta de respeto que un intérprete puede profesarle a la música. Cuando Muti dirige un Verdi, uno tiene la sensación de estar escuchando exactamente lo que el compositor de Busseto tenía en la cabeza. Eso, en un mundo de directores que a veces confunden la interpretación con la exhibición personal, es un regalo cada vez más escaso.
Su relación con la música italiana ha sido, además, una cuestión casi de sacerdocio. Pocos directores han hecho tanto por rescatar del olvido las óperas serias de Rossini, la producción menos conocida de Verdi o las páginas de Cherubini que la historia había arrinconado injustamente. Su fundación de la Ravenna Festival, su Italian Opera Academy dedicada a formar a jóvenes directores en el idioma específico de esta tradición, o su reciente vinculación con la Orquesta Cherubini —esa formación juvenil que él mismo levantó y que sigue dirigiendo con el entusiasmo de quien no tiene ochenta y cinco años sino veinticinco— dan fe de un compromiso que va mucho más allá de la mera carrera personal. Muti sabe que ser grande no es solo actuar en los mejores escenarios, sino asegurarse de que después de uno queden otros capaces de continuar la tarea.
Recuerdo su salida de la Scala en 2005, tras un conflicto con la orquesta que muchos consideraron una de las grandes tormentas de la vida operística italiana de las últimas décadas. Hubo quien pensó que aquello marcaría el ocaso de su carrera. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario: Muti se reinventó al frente de Chicago, y desde entonces ha seguido dirigiendo temporada tras temporada con una vitalidad envidiable, sin ceder ni un ápice en sus principios artísticos. Esa capacidad de no doblegarse ante las circunstancias, de mantener intactas sus convicciones incluso cuando el precio ha sido alto, es quizás el rasgo que mejor lo define como persona además de como músico.
Este verano lo hemos visto en Granada, hace exactamente un mes, dirigiendo a su Orquesta Giovanile Luigi Cherubini en un programa dedicado a Manuel de Falla en el Palacio de Carlos V, en el marco del homenaje al compositor gaditano por su ciento cincuenta aniversario. Verlo trabajar con esos músicos jóvenes, transmitiéndoles no solo técnica sino una forma entera de entender la responsabilidad del intérprete ante la partitura, es asistir a una lección que trasciende lo puramente musical. En mis recuerdos personales una cena inolvidable hace años con él y Beatrice Altobelli, en la que, con palabras, expresó lo escrito al inicio: la manera en que Muti entiende su oficio.
Ochenta y cinco años cumple hoy un hombre que podría haberse jubilado hace tiempo con la conciencia tranquila de una carrera colmada, y que sin embargo sigue subiendo al podio con la misma sed de perfección que debía tener cuando era un joven napolitano soñando con dirigir. Ojalá le queden muchos años más de batuta. La música clásica, que tanto necesita de referentes de esta talla moral y artística, se lo agradecerá siempre.
Feliz cumpleaños, maestro.





















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