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Fallece Lluis María Andreu, director artístico del Liceo y la Maestranza
Por Publicado el: 13/04/2014Categorías: En la prensa

Riccardo Muti dirige en Toledo y dicta teoría desde el Real

Muti dirigió en Toledo la obra de Verdi por el IV Centenario de El Greco
Un «Réquiem» para la historia
Doña Sofía presidió el concierto, premiado con varios minutos de aplausos
G. Pajares. La Razón. 13/04/2014

Juega Muti con cierta ventaja a la hora de interpretar este «Requiem» verdiano. En 1971 dirigió el primero en la Basílica de San Lorenzo en Florencia. Lo calificó de «irrepetible» porque estaba rodeado de arte por todas panes: Brunelleschi, Donatello, Miguel Ángel, Verrocchio y Verdi. Un pleno. El viernes declaraba que «a lo mejor» se podría crear un ambiente con una enorme intensidad en la Catedral de Santa María de Toledo. Sólo «a lo mejor». No le faltaban razones, aunque sabía a ciencia cierta que era prácticamente seguro que la noche del 12 de abril de 2104 marcara un hito en la vida de Toledo. Y lo marcó. Ayer la ciudad era un hervidero. El día, como todos los anteriores, se asemejaba más al verano que a la primavera. Y en la ciudad no cabía un alfiler ni de canto. Las entradas para escuchar esta obra única dirigida por Riccado Muti se habían agotado en poco tiempo y unas dos mil personas abarrotaban el templo.
La expectación creada alrededor de la pieza verdiana hizo que se instalara una pantalla en la plaza de Zocodover (para la que dio su consentimiento el director de orquesta napolitano), la más transitada del casco histórico. El batuta volvió a encontrarse con Doña Sofía, a quien conoció allá por los setenta en un concierto en el otro extremo del mundo cuando era Princesa y con quien se reencontró no hace muchos años. Cuenta Muti que la soberana, que se acordaba de aquel primer momento, le dijo del tiempo pasado y los cambios en ambas vidas: «Los dos hemos hecho carrera», comentó ella con una sonrisa. La catedral, verdadera joya del gótico que empezó a levantarse en 1227, lucía ayer impresionante para acoger al Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real, al de la Comunidad de Madrid y la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, fundada por el director de orquesta en 2004, así como a los artistas Tatjana Serjan (soprano), Ekaterina Gubanova (mezzo), Francesco Meli (tenor) e Ildar Abdrazakov (bajo). La Reina, vestida de gris, hizo su entrada a las ocho de la tarde. La esperaban el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy; el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert; la secretaria general del Partido Popular y presidenta de Castilla-La Mancha, Dolores de Cospedal; el presidente de las Cortes castellano-manchegas, Vicente Tirado; el alcalde de la ciudad, Emiliano García-Page, y el delegado del Gobierno en la Comunidad Autónoma, Jesús Labrador. El silencio era impresionante en la Catedral Primada. El «a lo mejor» al que se refería Muti era un hecho: Toledo, la ciudad entera, bien dentro del templo, bien en la calle, no quiso perderse un «Requiem» para la historia que hizo patente los acordes verdianos en todos los rincones de ese bellísimo escenario, desde el altar a las naves laterales, piedra a piedra. El recogimiento era sobrecogedor, lo mismo que la música. El «Dies lrae» sonó con una especial fuerza y el público premió con siete minutos de aplausos.

Riccardo Muti dicta teoría desde el Real

Cada año, Riccardo Muti se escapa al sur de Italia y presencia, como un ferviente peregrino más, las procesiones. Le traen recuerdos de cuando era niño, quizá ya con ese flequillo antes indoblegable, su padre le llevaba, en Viernes y Sábado Santo. Veía entonces los pasos: Cristo en Getsemaní, cargando con la cruz, flagelado, el Señor clavado en el madero y muerto, éste portado solamente por la cofradía de Santo Estéfano, que en su día fue la de los señores, los hombres que tenían cierta relevancia por su profesión y a la que perteneció su padre, que era médico. «A raíz de aquello, de escuchar a la banda tocar, me empezó a gustar la música: la “Heróica” de Beethoven, el “Stabat Mater” de Rossini, el “Requiem” de Verdi. Fue muy importante para mí, de ahí que sienta un enorme respeto por las bandas», asegura. Habla un italiano que no necesita apenas intérprete. Lo que se antoja complejo de entender lo traduce con gestos, moviendo las manos. Es napolitano. Y se nota. Gesticula, se acomoda varias veces en el sofá. Faltan unas horas para que suene el «Requiem» de Verdien en Toledo. ¿Qué espera? Se toma unos segundos para contestar, entorna los ojos: «Interpretarlo en una iglesia o en un teatro es igual de importante, aunque la atmósfera de la
catedral implica un recogimiento y una intensidad mayor porque es un lugar para el espíritu.

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El ‘‘Requiem’’ es una petición de paz para los muertos y, a lo mejor, en la catedral tendrá una intensidad mayor. Se perderá en transparencia
de sonido, pero se ganará en intensidad, a lo mejor », se ríe y recalca esas tres palabras, como si dejara una pequeña puerta abierta a que pudiera haber nubarrones en la interpretación. Le auguramos un día, seguro, despejado, aunque, a lo mejor… Estará, dice, además, rodeado por la figura de El Greco, por su celebración. Emula con las manos la estilización de esos cuerpos. Y asegura entre carcajadas que nunca hubiese pintado a Alejandro Magno, que medía 1,52 o a Napoleón, bajito también. «Rara virtus in anima longa, decían los romanos de finales del imperio y los napolitanos, que la altura ya es media belleza. En eso coincidimos con El Greco». Viste pantalón y americana y unas deportivas Nike negras. Le encantan. Las compró en Filadelfia y se siente muy cómodo con ellas. Nueva reflexión: «Mozart hoy no hubiera
podido escribir lo que compuso ni Dante «La Divina Comedia». Todo se quema rápidamente, no existe comunicación entre las personas. Además, todos hacemos los mismos gestos, vamos de carril y nadie se sale del cauce», y cuenta que cuando el avión aterriza, el movimiento de los pasajeros es el mismo, instintivo, mecánico, deshumanizado: consultar el móvil. «Es una visión tan dramática de la humanidad. Nadie habla cuando la familia está reunida alrededor de la mesa en la comida o la cena. Todos, en cambio, atienden a la tele.
Cuando yo era joven se conquistaba a una chica con tiempo: días semanas, meses, palabras bonitas. Hoy, un mensaje de teléfono sirve tanto para iniciar una relación como para terminarla.

Riccardo-Muti

Vivimos en un mundo muy peligroso y la reflexión apenas tiene espacio. La música te obliga, precisamente a eso, a reflexionar y hoy pocas actividades, salvo un concierto o una conferencia, llevan a ello. Si abandonamos la comunicación seremos un pueblo embrutecido, salvaje», explica. Da la sensación de que su tiempo es otro, aunque vive con los pies en éste, se rebela y lo critica. Y sabe que es escuchado. «La uniformidad y la globalización llegan a la manera de pensar e incluso de vestir: que seamos todos iguales, que pensemos lo mismo, que hablemos una lengua común, un lenguaje de frases hechas, estandarizadas, con no más de cien palabras mal utilizadas. Y olvidamos algo esencial, que nuestra cultura es la lengua, lo que conlleva también la pérdida de valores fundamentales», y lo dice un hombre «normal y corriente que no es político, pero si Europa pierde su cultura, pierde su historia y su identidad. Si quiere estar realmente unida, no debe pensar únicamente en tener una moneda común, sino en las raíces comunes y ahí tenemos los ejemplos de España e Italia». Cada idea es un titular. Habla de sus maestros y de la ética que le enseñaron, del ideario de Verdi («sólo tres palabras: trabajar, trabajar y trabajar; ahí residía la clave del éxito») y de que a la ópera hoy se va más a ver que a escuchar. «El público quiere, una parte, una sonoridad violenta y grande (y apuntala la frase con sus brazos). Hoy la dignidad que tenían artistas y pianistas en mi tiempo ha desaparecido. Quizá sea que yo vengo de otro mundo que está ya desaparecido, acabado», dice. Se tiende, subraya, a la superficialidad, «todo es rápido, vamos deprisa, deprisa porque la vida es velocísima y no hay reposo. En la música tampoco, en las carreras de los jóvenes, tampoco. Se queman, cantan y desaparecen. Hay demasiado ruido, como decía Fellini» y propone seguir el consejo del gran maestro casi en el lecho de muerte: «Hagamos un poco de silencio». Menudas cinco palabras. ¿Qué hace el maestro cuando no está en el foso? «Absolutamente nada. Descanso en mi casa, como mi familia, mis hijos y mis nietos, que son muy guapos. Me gusta ir al sur y sentir el olor y el sonido de mi tierra». Sobre la vuelta a La Scala es tajante: «No. He pasado 19 años bellísimos. Basta. Han sido suficientes». Gema Pajares – Madrid

Maria Callas (La Traviata)

Los «noes» de Fellini y la Callas
Tiene grabadas a fuego dos llamadas de teléfono. Dos propuestas rechazadas. La primera de Fellini, al que admira con veneración. Nino Rota intercedió y les puso en contacto. Muti le pidió la dirección de escena de una ópera que él dirigiera. Su respuesta fue: «No sé. Yo amo la palabra, pero la palabra cantada no me dice nada». Finito. La segunda decepción le llegó con María Callas. Quería el director contar con la soprano para una «Lady Macbeth» de 1974. Ella le telefoneó, no se identificó y al principio bromeó con él. «Soy Maria Callas, me
dijo, y casi me desmayé. Aseguró que le encantaría, pero que como diría Violeta en ‘‘La traviata’’, ‘‘es tarde”. Se me quedó grabada aquella voz. Ahí no había mensajes de texto».

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