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Por Publicado el: 05/11/2017Categorías: En vivo

Un Gran Stravinsky en la OCNE

UN GRAN STRAVINSKY

Obras de Debussy, Ravel y Stravinsky. Vilde Frang, violín. Orquesta Nacional. Director David Afkham. Auditorio Nacional, Madrid. 3 de noviembre de 2017.

            El gesto diáfano certero y convincente de Afkham dibuja anacrusas con elegancia y sabe extraer de los músicos a sus órdenes lo mejor. Sin embargo, las rarificadas atmósferas, el perfume singular, las volutas sinuosas de un Debussy o, en otro orden de cosas, un Ravel, se le escapan pese a la minuciosa elaboración. No hubo gracia especial y sí cierto espesor de texturas en “Por las calles y los caminos”, primera parte de “Iberia”, del cuaderno “Imágenes para orquesta” de aquel compositor. Poca voluptuosidad emanó de “Los perfumes de la noche” y “La mañana de un día de fiesta” nos pareció excesivamente cuadriculada. Mejor la raveliana “Rapsodia española”, que se nos ofreció con ropaje bastante etéreo en “Preludio a la noche”, con airosa acentuación en “Malagueña” y con escaso balanceo en “Habanera”. Hubo animación en la soleada y sonora, que no ruidosa, “Feria”, con espléndida intervención en su sección media del joven corno inglés José María Ferrero de la Asunción.

            Lo más destacado fue Stravinsky, sobre todo por la fulgurante intervención de la espigada violinista noruega Vilde Frang (1986) en el “Concierto en re mayor”, que partió del magnífico y nunca cesante impulso rítmico de la batuta para edificar una versión nerviosa, eléctrica, cristalina, precisa, geométrica, como la música pide. Supo ser delicada en el “Aria I”, íntima, con encantadoras medias voces y soberbios armónicos, en el “Aria II”, donde desplegó efusivos acentos y mostró, sin poseer un sonido demasiado potente, audibles dobles cuerdas. Centelleante el “Capriccio”, con momentos vertiginosos, feroces “pizzicati” y una estupenda intervención del fagot de Abargues.

            Fue excelente la versión de la suite de 1919 de “El pájaro de fuego” del compositor ruso, bien dibujada, bien planificada, bien acentuada, Desde el principio nos envolvió la sonoridad acolchada de la cuerda. El oboe de Anchel cantó primorosamente en la “Ronda de las princesas”. Imponentes y secos acordes, tan fustigantes como se exigen, abrieron la “Danza infernal de Kastcheï”, que fue expuesta acremente, con urgencia, aunque sin la transparencia deseada. Los trémolos en pianísimo de los arcos otorgaron el lecho ideal para el crecimiento postrero y la elevación del tema a las alturas. No salió muy preciso el silencio previo a los últimos y desaforados compases. Arturo Reverter

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