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Por Publicado el: 01/01/2005Categorías: En la prensa

Una de las grandes voces líricas del siglo

Una de las grandes voces líricas del siglo. EL MUNDO 20 DIC 2004

Perfeccionista del canto, rivalizó en éxito con la Callas y se convirtió en símbolo del sello Decca

JUSTO ROMERO

«¡Ha muerto la Tebaldi!» dijo el teléfono a primera hora de ayer. La «Tebaldi» era, naturalmente Renata Tebaldi. La llamada se produjo pocos minutos después de que la gran diva de la ópera, la rival de la Callas, la reina del Metropolitan, la pareja inseparable de Mario del Monaco, la Desdémona soñada, la última diosa del canto italiano, falleciera en la República de San Marino, donde residía desde hacía algunos años.
Nacida en Pésaro hace 82 años, y paisana por ello de Rossini, la Tebaldi sufría desde hace algunos años una diabetes que por fin ha podido con ella. Desde algunas semanas su estado se había agravado, por lo que sus allegados ya esperaban la muerte de esta soprano exquisita, elegante y de gesto aristocrático; de canto refinado y pianísimos estremecedores, a la que sus admiradores y agentes artísticos quisieron enfrentar al arte distinto pero igualmente fascinante de María Callas, que reinaba en la Scala de Milán mientras ella era la diosa indiscutible del Metropolitan neoyorquino.

Idolatrada por sus seguidores y denostada sin piedad por los fanáticos de la Callas, la Tebaldi nunca entró al trapo de tales dimes y diretes. «Todos querían enfrentarnos, decían que una era buena y la otra mala. ¡Tonterías! ¡Jamás odié a la Callas! lo que ocurre es que a las casas discográficas les interesaba rentabilizar ese supuesto enfrentamiento y, además, los melómanos de la ópera son muy mitómanos y excluyentes. La Callas era la joya de la EMI y yo fui la estrella de la Decca. ¡Había sitio para las dos!».

Frente al canto apasionado y fuertemente dramatizado de la Callas, la Tebaldi contraponía una línea más estilizada y contenida, de aires menos sobrecargados y más introspectivos, lo que dio pie a sus detractores a sentenciar un comentario que siempre ha irritado muy especialmente a los incontables tebaldistas que se reparten por el mundo: «El canto de la Tebaldi es frío y estático como un témpano», aseguraban los devotos de la soprano griega.Ella, la gran señora de la ópera que siempre fue, tampoco perdió nunca el tiempo en desmentir esta afirmación malévola y a todas luces errónea de los operófilos de uno y otro bando.

Tuvieron que transcurrir bastantes años de la muerte de la Callas, (en París en 1977), para que la siempre elegante Tebaldi se lanzara públicamente a hablar de su eterna rival, aunque desde una perspectiva rigurosa y de carácter técnico. Corrían los años 50 y 60 y los operófilos se dividían entre tebaldianos, y callistas. «El gran problema de la Callas», sostenía la Tebaldi, «era que abordaba todo tipo de repertorio; eso no se puede hacer: las cuerdas vocales son como son. Ella fue la primera en emprender ese camino equivocado de cantarlo todo. Luego vinieron todos los demás, Plácido Domingo incluido, por supuesto. La carrera de la Callas fue tan breve porque destrozó su voz cantando un repertorio tan diverso como el que ella hizo».

Ambas vendían -y siguen vendiendo- cientos de miles de discos a ambos lados del Atlántico. Las dos disfrutaban cachés astronómicos, con diferencia los más elevados de la época. La Callas fue emparejada artísticamente con el tenor Giuseppe di Stefano por la EMI y su astuto director artístico, Walter Legge (esposo de la soprano Elisabeth Schwarzkof), mientras que la Tebaldi, que fue la primera artista de la Decca, era la pareja ideal de la otra gran figura del sello discográfico inglés, el tenor Mario del Monaco. De hecho, la prensa de los años 50 y 60 se refirió siempre a ellos como «la pareja del siglo».

El vínculo de la Tebaldi con el sello al que siempre se mantuvo fiel se remonta a los orígenes de la discográfica inglesa, a finales de la década de los 40, cuando un fabricante de botones suizo de origen judío, apellidado Rosengarten, decidió vender su fábrica de Zurich y abrir una firma de discos a la que bautizó Decca El primer elepé grabado por el nuevo sello fue un recital de arias de óperas protagonizado en exclusiva por la entonces joven soprano de Pésaro.

A ese disco inicial que inauguró el que luego se convertiría en uno de los sellos capitales de la historia de la fonografía, sucedería una relación interminable con grabaciones operísticas que se han convertido en referencias insuperables. Casi todas ellas junto a su inseparable Mario del Monaco y muchas dirigidas por el maestro Alberto Erede, que fue el primer director artístico de la Decca.

Entre sus grabaciones legendarias junto a Mario del Monaco hay que citar dos registros del Otello verdiano, uno bajo la batuta de Herbert von Karajan y otro dirigido por Erede; Manon Lescaut de Puccini; Adriana Lecouvreur de Cileà; Il Trittico de Puccini, compositor del que también registró una muy aplaudida versión de La fanciulla del west. No menos aclamadas han sido sus grabaciones -siempre con Del Monaco- de dos títulos verdianos tan característicos como Il trovatore y una Forza del destino irrepetible que contó con un reparto de ensueño, en el que además de «la pareja del siglo», figuraron nada menos que Giulieta Simionato, Fernando Corena y Césare Siepi. Otros hitos de su discografía son títulos como Madama Butterfly, grabado en 1958, en Roma, bajo la dirección magistral de Tullio Serafin. Grabó 22 óperas completas, todas para Decca. «Siempre grabé para la misma casa de discos; nunca quise cambiarme a otra», decía con orgullo.

La Tebaldi emociona y conmociona con su interiorizada, emotiva, luminosa y siempre vibrante voz de auténtica soprano lírica: homogénea, ancha, elegíaca, de considerable volumen en el registro central y agudos admirables aunque en ocasiones algo tirantes en el sobreagudo. Siempre fue leal a sí misma y a su vocalidad inconfundible. También insobornable a su repertorio natural y que, por ello le era más propicio: «Nunca me he salido de los títulos afines a mi tipología vocal, algo que muchos cantantes no han sido capaces de hacer».

De ahí que como Alfredo Kraus y algunos otros pocos cantantes, su longevidad vocal se mantuviera en óptimo estado hasta su definitiva retirada de los escenarios líricos, en 1972, naturalmente en el Metropolitan de Nueva York, donde se despidió con dos funciones de Falstaff y otras dos de Otello. «Gracias al cielo, me aparté en el momento justo, cuando la ópera estaba comenzando a degenerar a pasos agigantados. Hubiera podido seguir siete u ocho años más, sin duda. Pero, a pesar de muchas tentaciones, logré retirarme gracias a que me encontraba en un momento de gran serenidad», confiesa quien durante dos largas décadas fue reina indiscutible de la gran escena operística neoyorquina.

Perfeccionista del canto, defensora acérrima de sus cualidades expresivas, su gran legado discográfico delata una de las más perfectas y rigurosas voces del siglo, heredera de la gran tradición pucciniana a través de su maestra Carmen Melis.

Antes de su debut con la Decca, la Tebaldi fue descubierta en 1946 por el cascarrabias y gigantesco maestro Arturo Toscanini, quien le dio el gran espaldarazo al invitarla a participar, tras la Segunda Guerra Mundial, en el histórico concierto de reinauguración de la entonces destruida Scala de Milán. «Fue el 11 de mayo de 1946. Canté la plegaria del Mosé de Rossini y el Te Deum de Verdi. El honor de cantar al lado de un personaje tan grande como Toscanini fue inmenso y, supuso, un verdadero trampolín para mi incipiente carrera».

Renata Tebaldi, soprano, nació en Pésaro, el 1 de febrero de 1922, y falleció ayer domingo, 19 de diciembre de 2004, en la República de San Marino, con 82 años.

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