Crítica: Pedazo de violonchelista, pedazo de director, pedazo de orquesta… Pablo Ferrández y Dima Slobodeniuk, junto a la OCV
Pedazo de violonchelista, pedazo de director, pedazo de orquesta…
ORQUESTRA DE LA COMUNITAT VALENCIANA. Dima Slobodeniuk (director). Pablo Ferrández (violonchelo). Programa: Obras de Elgar (Concierto para violonchelo), y Sibelius (El cisne de Tuonela. Quinta sinfonía). Lugar: Palau de les Arts (Auditori). Entrada: Alrededor de 1.200 personas. Fecha: jueves, 5 enero 2026

La Orquestra de la Comunitat Valenciana y Pablo Ferrández interpretan el Concierto para chelo de Elgar bajo la dirección de Dima Slobodeniouk.
© Miguel Lorenzo
…Y pedazo de programa. No ha podido ir mejor el debut de Dima Slobodeniuk (Moscú, 1975) al frente la Orquestra de la Comunitat Valenciana, con un programa centrado en dos obras de Sibelius tan atractivas y distintas como el pequeño poema sinfónico El cisne de Tuonela y la energética Primera sinfonía. En medio, entre la magia del cisne y el pálpito sinfónico, el Concierto para violonchelo de Elgar, enaltecido por el arte, temperamento y virtuosismo de un Pablo Ferrández (Madrid, 1991) que se expresó y habla con el carisma de los grandes del violonchelo.
Fue, sí, un pedazo de concierto, en el que la orquesta titular del Palau de Les Arts volvió a dar lo mejor de sí en una versión vibrante, translúcida y plena de nervio e impulso de la magistral sinfonía que abre el catálogo sinfónico de Sibelius. Versión sobresaliente, ni siquiera desdibujada por las mínimas y contadas imprecisiones (como en el delicado comienzo del segundo movimiento).
Pareja a la referencia que estableció Lorin Maazel en el mismo escenario y con la misma orquesta, el 27 de febrero de 2011. Estupendas, estupendísimas todas las secciones de la OCV: desde el temple y pulso rítmico del timbalero Gratiniano Murcia, a la flauta maestra de Magdalena Martínez, al oboe de Christopher Bouwmann, o el clarinete invitado Sergio Castello, impecable y aún más en el soliloquio que abre la sinfonía.
Slobodeniuk dirigió Sibelius con la naturalidad que Frühbeck dirigía Falla o De Larrocha tocaba Albéniz. Tensiones y lirismo, melodía y ritmo se retroalimentaban en un coherente fresco sonoro dibujado con mano y maneras verdaderamente maestras por Slobodeniuk. Como Maazel hace tres lustros, supo sacar lo mejor de la orquesta valenciana para convertirla en soporte ideal de una sinfonía programática cargada de sentidos y sugestiones, cuyo primer movimiento describe “el viento frío que sopla del mar”. Impresionante el pulso y nervio que imprimió al Scherzo, y la fantasía con que expuso el “fantasioso” y original movimiento final.

Dima Slobodeniouk
© Miguel Lorenzo
Antes, mimó y atendió las sutilezas casi silenciosas del melodioso Cisne de Tuonela, compuesto en 1895 (cuatro años antes de la Primera sinfonía), como segundo número de la epopéyica Suite Lemminkäinen, opus 22, basada en la mitología finlandesa. Fue una versión etérea y de extremas nitideces, en la que el maestro moscovita invitó al excepcional corno inglés de Ana Rivera a explayarse y sumergirse en el canto que el genio de Sibelius pone en la encantada evocación del cisne. ¡Inolvidable!
Pablo Ferrández, que también debutaba con la Orquestra de la Comunitat Valenciana, bordó su incandescente y genuina visión del Concierto de Elgar. Aliado con el cómplice acompañamiento brindado por la batuta y una orquesta a la que se veía, escuchaba y sentía encantada con el podio, el violonchelista madrileño ahondó sin cargar tintas en sus tonos más elegiacos y tardorrománticos.
Lirismo de verdad, sin almíbar, que se explayó a corazón abierto en los episodios más lentos, apoyado en una poderosa mente musical y en un instrumento y modo de tocar cuyo terciopelo poco o nada tiene que envidiar al del mejor barítono. Cosechó, claro, enorme éxito. Tras muchas salidas a saludar, Ferrández cambió el disquete expresivo para bordar la consabida zarabanda de Bach a tempo casi congelado. Magistral.
En chirriante disonancia con semejante pedazo de concierto, orquesta, solista y repertorio, la vergonzosa ausencia del imprescindible programa de mano. Los espectadores -pagadores de sus entradas- carecían así de la necesaria información sobre los artistas que actuaban y lo que escuchaban. ¡Irresponsabilidad y falta de perspectiva! Un lunar bien negro y bien vergonzoso en el hacer y día a día del Palau de Les Arts. Por fortuna, allí estaba la Prensa y la crítica para dejar testimonio de lo que pasó y fue. En la memoria y en las hemerotecas.
























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