Crítica: Claroscuros y lirismos dramáticos. ‘El gato montés’ de Penella en el Teatro de la Zarzuela
CLAROSCUROS Y LIRISMOS DRAMÁTICOS
Manuel Penella: El Gato Montés. David Oller, Mané Galoyan, Rodrigo Garull, María Rodíguez, Carol García, Manel Esteve, Gerardo Bullón… Pequeños cantores de la ORCAM. Directora: Ana González. Coro Titular del Teatro. Director: Antonio Fauró. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Director: José Miguel Pérez-Sierra. Madrid, Teatro de la Zarzuuela, 10 de junio de 2026.

Imagen de la producción de Loy de El gato montés
Esta es la quinta vez que se representa la gran ópera de Penella en el Teatro de la Zarzuela desde 1969. Sobre ella ha elucubradp, pensado, divagado y trabajado el director de escena alemán Christof Loy, animado por su cada vez más grande afición a nuestro género lírico, léase zarzuela o, como en este caso, auténtica ópera, en la que, como escribía en su momento, Reveriano Soutullo, el autor “demuestra que se dedicó a estudiar a aquellos maestros que mejor podían encuadrar en su temperamente españolísimo. Prescinde siempre –y este es su mayor timbre de gloria- de influencias extranjeras y en la musa genuinamente española busca la orientación de sus cadencias rítmicas y de su orquestación brillante y coloreada”.
No es una ópera perfecta y presenta no pocos desequilbrios constructivos, pero aparece envuelta en una música casi siempre muy inspirada, en la que, como afirma el maestro Pérez-Sierra, hay que destacar el melodismo, el empleo de la armonía y la capacidad de crear colores y ambientes al estilo de un Puccini o especialmente de un Bizet. “Penella quería en El Gato Montés personajes reales, algo que logra plenamente en una ópera de estructura impecable con una escritura vocal realmente difícil. Son roles duros, pero es un placer cantarlos si se dispone de una buena técnica”.
No es nada fácil servir escénicamente a día de hoy un tema como el de esta ópera, en el que hay gitanos, toreros, bandidos y que recoge modos y costumbres de una época y una geografía determinadas. Loy sabe siempre leer entre líneas y nos dice que no tiene ningún problema en diferenciar entre el contexto histórico y los elementos universales y atemporales de una historia o de una acción dramática. “Lo mismo me sucede con El gato montés. Y en ese sentido permanezco fiel a mi estilo: aquello que es necesario para representar esta historia de outsiders trágicos recibe una traducción poético-realista, pero todo ello sirve únicamente para acercarnos más a los seres humanos sobre el escenario”.

Imagen de la producción
Cierto es: en la límpida puesta en escena, reveladora del estilo elegante, refinado, con frecuencia metafórico, del regista, advertimos esa óptica, aunque en este caso la abstracción, teniendo en cuenta la música y el texto con sus acotaciones, no juegue un papel tan importante. Como es costumbre en él, Loy reduce el espacio escénico y hace que casi todo suceda en primer plano.
Todo está milimétricamente estudiado y todo funciona, las acciones mayores y menores, los movimientos bien medidos, en el extenso primer acto, que sucede en la hacienda de Frasquita, madre de Rafelillo, el torero. Luego no todo resulta tan diáfano y se acumulan idas y venidas apresuradas. Poco feliz el movimiento en la parte privada de la plaza de toros, situada aquí en una especie de sótano. Y escasamente afortunados los figurines de unos y de otros, un trabajo realizado por Robby Duiveman
Las dos breves escenas del acto tercero, la primera cuando Juanillo se lleva el cadáver de Soleá y la segunda cuando da orden a su secuaz, Pezuño, de que lo mate, resultan un tanto difusas. Hay, eso sí, un halo mortuorio, que se ve reforzado por la omnipresencia de una anciana y silenciosa dama, apreciable ya desde el comienzo. Hay que imaginar que es la muerte, aunque el efecto no nos cause ya ninguna impresión.
Con independencia de todo ello, hay fluidez en el desarrollo. Y hay sin duda, exceptuando una buena parte del comienzo, un animado y bien construido flujo orquestal, en ocasiones excesivamente fuerte; un buen encaje voces-tutti, y unos bien destilados intermedios, fraseados y esculpidos con estilo por la ágil y movediza batuta.
Hablemos brevemente de las voces. Sonoros aplausos para la de la armenia, de menuda figura, Mané Galoyan, de timbre cálido, de emisión irreprochable, de extensión y redondez admirables, de expresividad natural, de canto firme y bien modelado. El Macareno fue el mexicano Rodrigo Garull, un tenor ampliamente lírico de buena línea, algo falto de matices, pero bien timbrado, pasajeramente engolado, con agudo franco ligeramente apretado. Juanillo fue David Oller, muy bien intencionado, en busca de la sincera expresión, pero falto de enjundia de sustancia realmente baritonal, con algún que otro sonido excesivamente abierto. Por todo ello, pese a su esfuerzo, quedó excesivamente desdibujado.
Buenos secundarios: Gerardo Bullón, barítono, (el picador Hormigón), sonoro y muelle, en parte inferior a sus méritos (ya la cantó en 2017); Manel Esteve, barítono, (Padre Antón), expresivo y flexible; María Rodríguez, mezzo (Frasquita), bien asentada, de vibrato generoso, Carol García, mezzo (Gitana), de buen y satinado centro… Todos arrimaron el hombro y se sumaron a la buena y firme actuación (exceptuando el comienzo) del Coro, que tan bien sabe manejar su titular, Antonio Fauró. Al final, con sus pros y contras, un buen éxito con alguna leve disidencia.





















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