Dibujar una estrella
Dibujar una estrella
Sobre el vínculo oculto entre el círculo de quintas y la selección española de fútbol

Imagen de la Selección Española el pasado domingo
Por simple que parezca, no puede negarse que el círculo de quintas ha gozado siempre del prestigio raro de las monedas antiguas y también de la fuerza espiritual de los mandalas. Uno puede dibujar con él casi cualquier figura geométrica que se le ocurra. Desde sensatos triángulos equiláteros, usando las notas del acorde aumentado, hasta la forma arriñonada de una piscina de la sierra pobre en la que un día fuimos felices, uniendo las notas de una escala Béla Bartók. Y por supuesto, todas las estrellas que se deseen.
Entre las mejores, la estrella de David, de seis puntas, con la escala de tonos enteros. La de cinco puntas, con la escala pentatónica, es algo más modesta, pero si cae en buenas manos, y esto está probado, siempre tiene swing. Y la mejor de todas, sin duda, la estrella de doce puntas, que se deja ver uniendo con un sólo trazo las notas de la escala cromática.
¿Cuántas puntas tiene la estrella que han ganado estos días, en nuestro nombre y para todos – gentes de derechas y de izquierdas, autonomistas, exasperados indepes – los aguerridos jóvenes de la selección española de fútbol? Pues no lo sé porque, ya se trate de la Champions o de los Mundiales, uno es de esos aficionados blandengues que, frente al televisor, confunden el mando a distancia con el abanico, y sólo se interesan de verdad por el fútbol a partir de semifinales.
Pero sí sé que estos guerreros del césped, criados con una mezcla propia de tortilla y yogur griego con stracciatella, y su entrenador, un señor de Haro con aspecto de jugador dominical de dominó pero con alas de buitre leonado, han hecho por su país, en quince días, mucho más que una buena parte de la clase política (ese irritante conjunto de levantamuros) en los diez últimos años de este siglo dominado por el desconcierto.
Recuerdo con gran cariño a un profesor de solfeo con buena mano para el dibujo que, para explicarnos las armaduras de clave usaba la navaja suiza (así llamaba siempre al círculo de quintas), y era capaz, para nuestro deleite infantil, de dibujar al final de su explicación cualquier cosa en el centro exacto del círculo, desde una cascada con sauces llorones y truchas saltarinas hasta un pájaro de colores muy vivos que simbolizaba el vuelo perpetuo de los vencejos.
Sólo Dios sabe qué habrá sido de él, pero si hoy me lo encontrase otra vez, le pediría que dibujase para los lectores de Beckmesser, no un Inspector de Tontos del Pueblo, como hizo en su día el recordado Rafael Azcona, sino un círculo de quintas, y en su mismísimo centro el escudo de España y las dos estrellas que, a partir de ahora llevamos (casi) todos bordadas encima del corazón.






















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