Obituario de Ileana Cotrubas

Ileana Cotrubas
Obituario de Ileana Cotrubas
Ileana Cotrubas, soprano de culto
Era una soprano de culto, alejada de la tontería mediática contemporánea. Como Kraus, como la Berganza, Fischer-Dieskau, Victoria y otros grandes de verdad, la fidelidad a la obra de arte, al compositor, era la única razón de ser de una manera de ser y expresar que, como ha escrito Gonzalo Alonso en estas mismas páginas, “nos hizo entender que cantar bien y actuar bien no son dos oficios distintos que a veces coinciden en la misma garganta, sino uno solo, indivisible, que ella practicaba con una naturalidad que a otros les costaba media vida fingir”.
Tenía el don de la comunicación, ese magnetismo que atrapaba desde la primera nota, desde la primera palabra. Dentro y fuera del escenario. Su presencia, discreta, mesurada y nada estridente, rebosaba, sin embargo, atracción e interés. Como los mejores oradores, no necesitaba hablar más fuerte para imponer su razón. Su voz, sin el torrente de algunas ni las singularidades de otras, era seductoramente luminosa, con un color cálido e inconfundible que atrapaba el alma. De agudos fáciles, claros, con cuerpo y homogéneamente sostenidos. Ligera, pero con un centro anchuroso que, cuando tocaba, se oscurecía para enriquecer la expresión dramática. Y siempre, en toda la tesitura, una proyección asombrosa, que atravesaba sin problemas la barrera orquestal para llegar con presencia y nitidez hasta al último espectador.
Ese instrumento privilegiado, sólidamente formado en Bucarest, primero en la “Școala Specială de Muzică” y luego en el Conservatorio “Ciprian Porumbescu”, era la base de una manera de cantar que utilizaba la expresión como razón de ser. Matiz, estilo y naturalidad. En ella, un susurro podía tener la intensidad del más estridente fortísimo. De ahí, que sentara cátedra en personajes tan emblemáticos en su carrera como Violetta, Mimì, Manon, Norina, Gilda, Susanna, Pamina o Micaela. Todos ellos los marcó como referencia discográfica y en el alma de los melómanos. Los grabó bajo la dirección y junto con cantantes como Carlos Kleiber, Pavarotti, Plácido Domingo, Karajan, Abbado, Giulini, Kraus, Aragall o Berganza.
En su enorme y variada discografía, brillan registros tan emblemáticos y únicos como Manon de Massenet con Alfredo Kraus (dirigidos por Michael Plasson); La Traviata (con Carlos Kleiber y Plácido Domingo, pero también con Aragall, en una memorable función en la Ópera de Múnich, el 1 de junio de 1978); Carmen (como Micaela, con Berganza, Domingo, Raimondi y Abbado); Las bodas de Figaro (con Karajan); Rigoletto (con Cappuccilli, Domingo y Giulini) o, en fin, su legendaria La Bohème junto con Pavarotti, grabada durante una representación en La Scala, en marzo de 1979, bajo la batuta de su director fetiche, Carlos Kleiber.
No menos maravillosa es la grabación en vivo que se conserva de una histórica representación de Don Pasquale en la Ópera Lírica de Chicago, dirigida el 11 de febrero de 1974 por Bartoletti, con un Alfredo Kraus como portentoso Ernesto, y ella como la más seductora y embaucadora Norina imaginable. En el reparto no faltan Wladimiro Ganzarolli (Don Pasquale) y Vicente Sardinero (Malatesta). Es quizá uno de los últimos documentos sonoros de una época del canto, de un estilo belcantista y vocal, de un modo de perfilar e interpretar la psicología y vocalidad de cada personaje, hoy prácticamente perdido.
Huelga, por reiteradas y conocidas, anotar las muchas fechas de gloria y éxito de su larga carrera. Como estrella universal, fue adorada en las grandes catedrales lírica de ambas orillas del Atlántico. Del MET a la Scala, de Chicago al Covent Garden, Ópera de Viena o Liceu. En un repertorio bastante más extenso del que marcó su leyenda. En este sentido conviene recordarla en papeles como Sophie (Caballero de la rosa); Tatiana (Yevguéni Onieguin); El elixir de amor y Hänsel y Gretel (ambas con Pritchard); El pescador de perlas y Louise (con Prêtre), Peleas y Melisande, La Calisto, Idomeneo, o, en fin, Gianni Schicchi, con Lorin Maazel.
Hitos de una carrera marcada por la regularidad, la profesionalidad y el buen hacer de una artista exigente, rigurosa y enemiga declarada de las tonterías escénicas que comenzaban a expandirse en su amplio tiempo. Como soprano total y universal, representante última de una gloriosa generación de cantantes/actores, su carrera también alcanzó a España. Además de actuar junto con los mejores cantantes españoles, enseñó, desde 1999, en la Escuela Reina Sofía, de Madrid, adonde llegó de la mano de su querido amigo Alfredo Kraus, con quien formaba una pareja emblemática: la línea aristocrática y luminosa de él se complementaba idealmente con el dramatismo, humano y a flor de piel, de ella. Les unía, además, el rigor y una profesionalidad a prueba de bomba.
Actuó reiteradamente en el Liceu (La Bohème, Bodas de Figaro, Pagliacci), así como en Bilbao y Madrid, donde aparte de varios recitales o conciertos (Casa de Campo, en marzo de 1986; una “Gala Caballé”, en la Zarzuela, abril 1988), fue Mimì en este mismo teatro, en la temporada 1979-1980, en unas funciones de La Bohème junto con el Rodolfo de José Carreras y la batuta de Gianfranco Masini. En València, donde también impartió clases, ningún melómano olvida el recital que ofreció en el Palau de la Música, el 18 de diciembre de 1989, con Lieder de Enescu, Wolf y Brahms, y arias de Massenet, Puccini y Donizetti.
También mantuvo una estrecha relación con Jesús López Cobos, con quien colaboró en diversas ocasiones. En los anales quedan funciones conjuntas de Carmen en el Covent Garden [1976, con un reparto de ensueño: Christa Ludwig (Carmen), Jon Vickers (Don José) y Justino Díaz (Escamillo)], y El elixir de amor en la Ópera de Viena, en 1980, en la conocida producción de Otto Schenk, y Peter Dvorský como inesperado Nemorino. Quien firma, aún recuerda una cena con ellos en Montecarlo, en febrero de 2001, Como el inolvidable director de Toro, en la mesa y distancia corta, la Cotrubas despertaba la misma naturalidad y exquisitas maneras. Era, es y quedará eternamente como una soprano de culto, pero entrañable y cercana. Como lo que era: Mimì, Micaela, Violetta, Susanna o la mejor Manon.




















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