Critica: Triple asesinato de ‘Carmen’ en el Festival de Salzburgo
Triple asesinato de ‘Carmen’ en el Festival de Salzburgo
CARMEN. Ópera en cuatro actos, con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halèly, basado en la novela homónima de Prosper Mérimée; música de Georges Bizet. Repar¬to: Asmik Grigorian (Carmen), Jonathan Tetelman (Don José), Kristina Mkhitaryan (Micaela), Davide Luciano (Escamillo), Iveta Simonyan (Frasquita), Anita Monserrat (Mercedes), Matthias Winckhler (Zúñiga), Liviu Holender (Morales), Michael Arivony (Dancaire), Mingjie Lei (Remendado). Dirección de escena y coreografía: Gabriela Carrizo. Dramaturgia: Christian Arseni. Escenografía y vestuario: Christof Hetzer. Iluminación: Tom Visser. Coro Utopia. Coro Bach de Salzburgo. Coro infantil Salzburger Festspiele und Theater. Orquesta Utopia. Dirección musical: Teodor Currentzis. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 8 agosto 2026.

Asmik Grigorian y Jonathan Tetelman encabezan la esperada producción de Carmen © SF/Thomas Aurin
El Festival de Salzburgo se ha apuntado uno de los peores espectáculos de su larga historia con está Carmen tri-asesinada que no se sabe si da más asco que vergüenza ajena, presentada como producción estelar de la actual edición. Ni el protagonismo de la aquí, en Salzburgo, adorada Asmik Grigorian, en su debut como cigarrera sevillana, ni la presencia en el foso del Grosses Festspielhaus del no menos querido Teodor Currentzis, logran redimir el obsceno disparate escénico perpetrado por la italo-argentina Gabriela Carrizo. En su intento de huir del tópico, cae en todos, en medio de una escena que no es que no sea luminosa; ni siquiera en blanco y negro. Por no ser, ni siquiera es gris. Es simplemente, la nada.
Son innumerables los disparates escénicos, conceptuales y dramatúrgicos de esta Carmen de la vergüenza, desfigurada en una mujer alcohólica, drogadicta y adicta a todo. Vulnerable y, para, colmo tres veces asesinada: primero por la dramaturgia, luego, “a golpe de navaja” y por la espalda, a lo Hagen con Sigfrido, pero Carmen sigue vivita y coleando, como si el navajazo hubiera sido solo una advertencia “de lo que te va a pasar como no seas buena”. Finalmente, el golpe definitivo.
De estas tres profanaciones, la más cruenta es la de la dramaturgia, que sin más complicaciones ha suprimido de un plumazo los imprescindible diálogos del libreto, con lo que la acción queda inconexa e incomprensible. Ante el dilema de si musicados o no musicados, se eliminan a las bravas. Algo intolerable que deja coja la ópera, y que supone, además, una alteración intolerable de la misma. Una burrada comparable a lo del Ecce Homo de Borja repintado por la vecina Cecilia Giménez. Sin los imprescindibles diálogos, los personajes aparecen como fantasmas sin razón, que no se sabe ni de dónde vienen, ni a dónde van, ni qué diablos pintan. La irrupción en escena de la perdida Micaela es solo uno de los muchos absurdos.
La escenografía, que es nada, huye de la luz y del color, salvo el topicazo del rojo como ingenua y manida sugestión de la sangre. Todo oscuro, todo cutre. En medio, un transistor escupiendo un informativo de alguna emisora sevillana. No falta el cuadro flamenco, con todos sus avíos. Desde el torero casi en cueros, al bailoteo flamencón y un “Cuídame a la niña, que es muu buena”, que escucha Don José en boca del transfigurado Lilas Pastia, interpretado por la cantaora Amparo Cortés.
Tampoco faltan personajes inventados, como la mismísima madre del brigadier, que anda por la escena como Mateo por su casa, por lo que la escena de la cartita materna que le trae Micaela “desde Navarra” carece por completo de sentido. No faltan desnudos inútiles y un constante y ajeno movimiento escénico que no hace sino distraer el castrado decurso narrativo de esta fracasada Carmen sin sentido ni sentidos.
Por supuesto, en el disparate generalizado no faltan músicas y ruidos completamente ajenos a la partitura. Algunos, producidos electrónicamente. Como de Stockhausen, pero en medio de Bizet. Otros, entrometidos incluso en la “Canción bohemia”, entonada y toqueteada en su comienzo por esa pintoresca mezcolanza de personaje que es AmparoCortésLilasPastia. En definitiva, un disparate de antología. Impropio en Salzburgo, pero también en cualquier otro escenario.
Este paisaje escénico no era, evidentemente, el marco ideal para la música. El impulso, vitalidad y lógica que desde el foso intentaban imprimir Currentzis y sus estupendos músicos de la Orquesta Utopia se daban una y otra vez de bruces con una escena siempre a contracorriente. La admirable y muy sonora -demasiados decibelios desde el foso, desde luego- proyección sinfónica trataba estérilmente de suplir el atractivo que no llegaba desde el escenario, liderado por una Asmik Grigorian que más parecía en medio de una tragedia griega o de una factoría metalúrgica de la antigua Europa del Este que en las calles y aires de Sevilla.
Asombra que artista tan completa y lúcida acepte o se implique en una producción de esta índole, que tanto agrede al personaje y sus naturalezas. Como no podía ser de otra manera, Grigorian cantó Carmen estupendamente, desde su asombrosamente ancho y dúctil registro de soprano. Pero ajena a la imposible realidad del personaje impuesta por la errónea escena. Acabó la famosa “Habanera” con indiferencia y distancia de operaria fabril. Es la primera vez en décadas que este crítico escucha una “Habanera” de Carmen sin aplauso. Y que haya ocurrido en el Salzburgo de Asmik Grigorian es algo que da idea del enorme fiasco.

Teodor Currentzis dirige el afamado título de Bizet en Salzburgo © SF/Thomas Aurin
Llegó un momento, en mitad del segundo acto, en el que el público, espontáneamente, dijo un “hasta aquí hemos llegado”, y comenzó a abuchear y protestar la escena. Incluso alguien, muy airado, gritó: “Que dé la cara Gabriela Carrizo”. Fue quizá, el único episodio razonable de la función. Al final, la Grigorian, que asumió con grandiosa profesionalidad la propuesta escénica y se metió hasta el tuétano en la piel del personaje -no de Carmen, sino del bodrio inventado por la Garrido-, logró el reconocimiento unánime.
Y eso, sin apenas haber escuchado tímidos aplausos en la seguidilla y haber quedado completamente inadvertida en el trío de las cartas, (“Mêlons! Coupons!”), pese a su buen hacer y al de las muy notables y avenidas Frasquita y Mercedes, encarnadas respectivamente por la soprano rusa Iveta Simonyan (Frasquita), y la mezzo británica Anita Monserrat. Igual de eclipsado quedó el quinteto “Nous avons en tête une affaire”, al que se sumaron Michael Arivony (Dancaire) y Mingjie Lei (Remendado).
La realidad es que el triunfador vocal de esta Carmen desterrada ha sido el tenor chileno Jonathan Tetelman, con un Don José bien delineado, trazado con precisión en sus vehemencias y arrebatos, que logró salir poco tocado del disparate escénico. Cantado con la entrega y arrebato de tenores como Pedro Lavirgen o Luis Lima, y con un templado uso de las “mezza voce”. El punto de mayor emoción de la función llegó en el aria de la flor, “La fleur que tu m’avais jetée”, que coronó con una diminuendo de fino voltaje expresivo.
Como ya se ha señalado, el personaje de Micaela quedó casi inadvertido por el despropósito de la supresión de los diálogos. Si en cualquier función de Carmen, es un personaje desubicado, que apenas aparece y desaparece para cantar el inicial dúo con Don José, y, en el tercer acto, la famosa aria “Je dis que rien ne m’épouvante”, en esta ocasión Micaela parece una marciana ajena a todo, casi como el “Cantante italiano” de El caballero de la rosa. Fue bien defendida por la soprano armenia Kristina Mkhitaryan, aunque desde una vocalidad acaso demasiado ancha para la delgadez que requiere carácter y fraseo.
El barítono Davide Luciano, que ya triunfó en el mismo escenario como Don Giovanni, también bajo la dirección de Currentzis, asumió un Escamillo que no pudo imponerse en medio del dislate escénico, rodeado de otros “toreadores” -alguno casi en cueros- que pululaban y contorsionaban por la oscura escena, entre disparatadas procesiones -en plan Cavalleria rusticana-, desnudos y fallecida incluida (la pobre oronda madre de Don José, que acaba desnudísima y más muerta que una piedra).
Sobresaliente sin reservas y muchísimos y bien merecidos aplausos finales para la temperamental Orquesta y Coro Utopia, para el Coro Bach de Salzburgo y los niños del Coro infantil Salzburger Festspiele und Theater. Y, muy especialmente y por supuesto, para el venerado Teodor Currentzis. Por supuesto, a la Gabriela Carrizo & Cía. no se le vio ni el pelo en los saludos finales. ¡Se hubiera montado la marimorena! Justo Romero



















Últimos comentarios