Crítica: Lang Lang y la Filarmónica de Viena, feliz encuentro catalizado por Tugán Sójiev en el Festival de Salzburgo
Lang Lang y la Filarmónica de Viena: feliz encuentro catalizado por Tugán Sójiev
FESTIVAL DE SALZBURGO 2026. Ravel: Concierto para piano y orquesta, en Sol mayor. Debussy: El mar. Prokófiev: Romeo y Julieta (selección). Orquesta Filarmónica de Viena. Solista: Lang Lang. Dirección musical: Tugán Sójiev. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 8 agosto 2026

Lang Lang Klavier, Wiener Philharmoniker, Tugan Sokhiev © SF/Marco Borrelli
La Filarmónica de Viena ha vuelto a hacer gala de su proverbial versatilidad ante un programa que confrontaba dos obras emblemáticas del repertorio francés -Concierto para piano en Sol, de Ravel; El mar, de Debussy- con una selección de Romeo y Julieta, de Prokófiev. Francia frente a Rusia, catalizadas por la neutral Filarmónica de Viena, gobernada por el ruso universal que es Tugán Sójiev (1977), uno de los grandes directores de hoy. La plurinacionalidad del programa se completó con el chino Lang Lang como solista del concierto de Ravel.
Lang Lang (1982) es una estrella mediática que desborda los parámetros de la música clásica. Incluso en un espacio tan melómano con Salzburgo su presencia levanta fervores. Y así fue recibido al irrumpir en el Grosses Festspielhaus, con sus 2.179 espectadores aplaudiendo a rabiar al ídolo antes incluso de que sonará una sola nota. Contra todo pronóstico, tocó sin las exageraciones métricas y amaneramientos que han marcado su pianismo meloso de los últimos años.
El bellísimo y lento segundo movimiento del concierto era el más peligroso para estos excesos langlanguianos. Por fortuna, y tras un primer tiempo impecable, y contra todo pronóstico, aquí mantuvo la compostura e hizo cosas verdaderamente admirables. Abordó el gran soliloquio inicial con mesura y sin almíbar, y bordó un final de movimiento de la mejor factura, con ese largo trino dicho y ralentizado con preciso control y sentido musical. No menos excepcional fue el implicado coprotagonismo del podio, con un Sójiev que respiró y smorzó en absoluta sintonía con una orquesta que respiró con maestro y solista.
Peor fueron las cosas en el tercer movimiento, un Presto a doscientos por hora en el que algunos pasajes fueron martilleados más que tocados. En manos de Lang, aquello parecía más Prokófiev que Ravel. Con todo, fue una lectura contenida y mejorada respecto a las interpretadas últimamente, entre ellas la que tocó el pasado febrero en Berlín, con la Filarmónica y Paavo Järvi.
A la excelencia de este Ravel salzburgués, tan marcado por el tasado acompañamiento de Sójiev y una Filarmónica de Viena tan excepcional como casi siempre, no fueron ajenas las señaladas intervenciones de los solistas de arpa, corno inglés y flauta. Ni que decir tiene que el público, bien predispuesto, recompensó al ídolo con ovación interminable embadurnada de bravos, flores y gritos. Muestras de entusiasmo reservadas para artistas que han rebasado la barrera de la lógica. Tras varias salidas a saludar, Lang correspondió con el regalo ligero de una desnaturalizada mazurca de Chopin -la segunda del Opus 33, en Re mayor- en la que volvió a las viejas andadas del exceso y amaneramiento.
Luego, tras este Ravel renovado, llegó el prodigio de El Mar, de Debussy, los tres “bocetos sinfónicos” en los que Debussy indaga desde su universo impresionista la opulencia sinfónica los sonidos, atmósferas, contrastes y sugestiones del mar. Sójiev, que tanto recuerda a su inolvidable paisano Yuri Temirkánov -tuvieron el mismo maestro, Iliá Musin; ambos renunciaron a la batuta, y los dos dibujan la música tanto como la marcan-, se sumergió en el mar sinfónico debussysta para explorar y poner de relieve sus colores y cambios. Desde la calma del amanecer al tumultuoso diálogo del “viento y el mar”. Versión polícroma de colores, ánimos y registros. Impresiones sinfónicos que encontraron su mejor aliado en los atriles receptivos de la Filarmónica de Viena y el ánimo y horizontes sin fin de Sójiev.
El ballet Romeo y Julieta llegó en la segunda parte del programa en una selección de nueve números preparada por el propio Sójiev, y que terminaba con la impresionante marcha fúnebre que es la “Muerte de Teobaldo”. De principio a fin, número a número, Sójiev mostró las aristas más dramáticas y extremas de unos pentagramas que requieren por igual virtuosismo, temperamento y entrega.
Visiblemente encantados bajo el gobierno invitado de Sójiev, los filarmónicos vienes pusieron la carne en el asador para plasmar una versión de intensas emociones, impresionante por su sentido musical tanto como la opulencia sinfónica de una orquesta que deslumbra e ilumina. Más si lo hace bajo un maestro de la naturalidad, solvencia y claridad de Tugán Sójiev. Rusísima y universal. De referencia.
El éxito, claro, fue enorme. Casi como el de Lang al final de la primera parte. La química entre maestro y orquesta era evidente y efectiva. Y se manifestó también en la hora de los saludos, cuando la orquesta en pleno reservó a Sójiev el honor inusual de no ponerse en pie y quedarse sentada para unirse al aplauso del público al maestro. Probablemente, esta escena se repita el próximo 1 de enero, cuando el amigo Tugán Sójiev les dirija en el Concierto de Año Nuevo. Justo Romero.




















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