Ileana Cotrubas: Muere la Violetta que nunca mintió
Muere Ileana Cotrubas, la Violetta que nunca mintió
Habran visto alguna ves la foto de una mujer menuda, casi frágil, tosiendo de mentira sobre un sofá de terciopelo mientras a su lado un tenor con bigote la sostiene como quien sostiene una promesa que sabe rota. Es Mimì. Es La bohème. Y durante años, cada vez que alguien me preguntaba por qué la ópera todavía puede partirle a uno el alma en un idioma que no entiende, yo respondía con esa imagen, sin necesidad de más argumento. La mujer del sofá se llamaba Ileana Cotrubas. Murió ayer, 20 de agosto, en Bucarest, a los ochenta y siete años, y con ella se ha ido una manera de estar en un escenario que ya no se enseña porque, sospecho, ya no se sabe enseñar.

Ileana Cotrubas con Jose Carreras
Cotrubas una de las soprano que nos hizo entender que cantar bien y actuar bien no son dos oficios distintos que a veces coinciden en la misma garganta, sino uno solo, indivisible, que ella practicaba con una naturalidad que a otros les costaba media vida fingir. Nació en Galați en 1939, hija de un tenor de coro amateur, y a los nueve años ya cantaba en el coro infantil de la radio rumana; a los once, era solista. Ese dato -la niña que a los once años ya manda sobre los demás niños del coro- dice más de su carácter que cualquier crítica que yo pueda escribir ahora.
Debutó en la Ópera de Bucarest en 1964, con un papel menor de Debussy, y de ahí saltó, casi sin que nadie se lo esperara, a los grandes escenarios: Viena, donde firmó contrato en 1970 y donde su Violetta se convirtió en materia de leyenda; Hamburgo, Berlín, Salzburgo, el Covent Garden, la Scala, el Metropolitan, donde debutó en 1977 como Mimì junto a José Carreras. Hay un episodio que la resume mejor que cualquier biografía oficial: en 1975, la Scala de Milán la llamó de urgencia para sustituir nada menos que a Mirella Freni en ese mismo papel de Mimì. Aceptó, cantó, y aquella noche quedó en la memoria de quienes la vivieron como una de esas ocasiones en que el sustituto termina siendo, sin proponérselo, el protagonista de la historia. A mí me lo contó, hace años, un acomodador jubilado del teatro milanés al que entrevisté para otro artículo y que se emocionó como si hablara de su propia hija. Ya ven: la memoria de la ópera no vive solo en los libros, vive también en los acomodadores.
De su legado en disco, dos joyas bastarían para justificar una vida: la Traviata de 1976 con Carlos Kleiber, Plácido Domingo y Sherrill Milnes, donde su Violetta respira -literalmente respira, con esa fragilidad calculada al milímetro- como pocas veces se ha escuchado; y el Rigoletto de Giulini, con Domingo, Cappuccilli y Ghiaurov, donde su Gilda es inocencia sin ser tontería, que es la trampa en la que caen casi todas las Gildas del mundo.
Sus virtudes, si tuviera que resumirlas en tres, serían estas: una voz reconocible entre mil, de timbre nunca espectacular pero siempre verdadero; una inteligencia del fraseo que ponía cada palabra al servicio del personaje y no al revés; y una capacidad dramática que le permitía, sin gestos excesivos, hacer visible la fragilidad de las mujeres que interpretaba —Mimì, Violetta, Mélisande— sin caer jamás en la autocompasión. Cantaba en seis idiomas con la misma naturalidad con la que otros apenas dominan uno, y esa facilidad, lejos de volverla fría, la hacía más cercana en cada papel.
Y aquí llega la denuncia elegante, la que me permito con la serenidad que da la edad: Cotrubas fue de las pocas cantantes de su generación capaces de plantarse ante un director de escena y decirle que no. Lo hizo en Viena, en 1973, con un Oneguin que no le convenció; lo hizo en el Met, en 1980, con un Don Pasquale que tampoco. Después escribió un libro contra el abuso del Regietheater, esa moda de vestir la ópera con conceptos ajenos a la partitura, y lo hizo sin estridencias, como quien constata un hecho más que como quien libra una batalla. Ojalá hoy hubiera más cantantes dispuestos a ese gesto tan sencillo y tan raro: irse de un ensayo por dignidad artística.
Se retiró en 1990 y dedicó las últimas décadas a enseñar. Angela Gheorghiu fue alumna suya, lo que ya es, por sí solo, un legado suficiente. Ayer, cuando leí la noticia, volví a pensar en el sofá de terciopelo y en la tos fingida. No hay mejor epitafio para una soprano que haber hecho llorar a alguien con una mentira tan bien cantada que se convirtió en verdad.



















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