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Yuja Wang y Norman Lebrecht, ojo por ojoYuja Wang y Norman Lebrecht, ojo por ojo
Por Publicado el: 14/03/2026Categorías: Colaboraciones

Historias musicales: ¡No disparen a Chalamet!

Desde el estreno de La Traviata en La Fenice, la ópera no había vuelto a ocupar el centro del debate público como ocurre en estos últimos días. La culpa la han tenido no las recientes encarnaciones que Lise Davidsen ha realizado de Isolde, en Barcelona y Nueva York, que han removido sobre todo a los aficionados, sino las declaraciones de un reconocido actor joven, Timothée Chalamet, con su supuesto desprecio de las artes escénicas. No se habla de otra cosa.

Desde el estreno de La Traviata en La Fenice, la ópera no había vuelto a ocupar el centro del debate público como ocurre en estos últimos días. La culpa la han tenido no las recientes encarnaciones que Lise Davidsen ha realizado de Isolde, en Barcelona y Nueva York, que han removido sobre todo a los aficionados, sino las declaraciones de un reconocido actor joven, Timothée Chalamet, con su supuesto desprecio de las artes escénicas. No se habla de otra cosa.

El popular actor ha recibido numerosas respuestas a sus polémicas declaraciones

Habló Timoteo y subió el pan (también el gasoil, y hasta el pollo) en los teatros mundiales. A la última estrella norteamericana del cine, Timothée Chalamet, durante una reciente charla informal, pero con cámaras, se le ocurrió decir en plan jocoso que a él no se le había perdido nada en la ópera ni el ballet, que más bien eran cosa de perdedores.

No lo dijo así, pero ese era el contexto, o de tal modo se quiso interpretar. Como se trata de espectáculos para freaks, sostenidos básicamente por la codiciada teta pública, porque nunca logran llenar con sus propuestas hasta hacerlos rentables, a él, empeñado en disfrutar del adictivo olor del dinero reciente, que no le esperen nunca por esos predios reservados solo a artistas decadentes o menesterosos y público del Imserso.

Unas semanas antes, algo en parecida línea aunque por motivos diferentes, y con tono más elegíaco, vino a decir Jonas Kaufmann en una entrevista de la BBC. El supuesto tenorissimo de los actuales afirmó que con lo que le pagan ahora mismo en Inglaterra no le llega ni para la leche, y que por tanto se despidieran ya de escucharle más en Covent Garden.

El teatro londinense no se ofendió, más bien ni se inmutó, y nadie dijo nada porque a este intérprete, fuera de la ópera, solo lo conoce Madonna, que quiso tener algo con él cuando era joven (el cantante, se entiende). Como acaba de sugerir un miembro de la orquesta del Met de Nueva York, el último artista de ópera popular fue Pavarotti, y murió hace casi veinte años.

Jonas Kaufmann ha anunciado su retirada del reparto de cantantes que participarán en la producción de La forza del destino, que abrirá la temporada 2024/25 en el Teatro alla Scala de Milán. En sustitución del tenor se subirá a escena el norteamericano Brian Jagde, quien compartirá cartel con Anna Netrebko. 

Jonas Kaufmann

Pero ha sido escuchar a Timoteo hacer inopinadas chanzas y el mundo lírico se le ha echado encima, en tromba, sobre todo los mismos teatros, porque las principales figuras del género no se mojan ni en la ducha. Y ya hasta se ofrece en estos momentos un “descuento Chalamet” para quienes decidan acudir a ver estos días alguno de los títulos que ofrece, por ejemplo, la fascinante Opera de Seattle, entre otras.

Lo cierto es que a esta chico no se le ha entendido bien. Aquello que se percibió como un chiste nada gracioso, un ataque innecesario contra las más elevadas entre las artes escénicas, fruto tal vez de su propia ignorancia, tiene en su caso particular una cierta base. Este actor no es ningún idiota. Se educó en un entorno artístico, vivía a unos pasos del Lincoln Center, acudió a una escuela conocida por forjar a cantantes y bailarines (la de Fama), … Pero sobre todo conoció, desde muy temprano, la cruz (casi todas) y las delicias (escasas) de la alta cultura en su misma casa.

Su madre y su hermana fueron estudiantes del American Ballet: sabe lo que se dice. Su progenitora, Nicole Flender (hoy reconvertida en agente inmobiliaria), tuvo incluso una pequeña carrera en Broadway. Ambas llegaron a bailar en varias ocasiones en la versión que el gran George Balanchine coreografió del Cascanueces, según ha recordado estos días el New York Times.

Por tanto, es posible que el protagonista de la última versión de Willy Wonka pronunciase su ya célebre frase, “la ópera y el ballet no interesan a nadie”, desde un relativo pesar, resquemor o frustración. Los de quien, desde niño, convivió con los sinsabores de una profesión tantas veces ingrata, hecha de enormes sacrificios, renuncias, dolor físico (incluso más allá de las lesiones), decepciones, incomprensión, humillaciones y, sí, algún ocasional destello de gloria.

Cuando Benjamin Britten se propuso estrenar El sueño de una noche de verano, quiso que el protagonista lo interpretara un contratenor y eligió a uno de los mejores, el pionero Alfred Deller. Tras una de las representaciones, en esos cócteles a los que a veces los artistas, casi forzados a pasar la gorra aún después de su impagable esfuerzo, deben acudir para entretenimiento de los patrocinadores, una distinguida dama le dijo al cantante: “Disculpe, ¿es usted un eunuco?” Ante la impertinencia, Deller respondió, seguramente disimulando su contrariedad tras una sonrisa cortés pero orgullosa: “No, señora, soy más bien único”.

Así que, aprendida la lección, pero siempre deseando consagrarse al arte, Timoteo decidió encaminar sus pasos hacia el cine. Hoy, por trabajar unas doce semanas al año, lo que duran un par de rodajes en los que, para hacer bien su tarea, como solía decir Spencer Tracy, basta con decir apropiadamente unas líneas, no saltarse las marcas ni tropezar con el mobiliario (lo que en él tenía aún más mérito, porque muchas veces cumplía con todo eso borracho), este nuevo ídolo puede llevarse fácilmente 50 millones de dólares, entre una cosa y otra.

Y aún le sobra tiempo para recorrer las suites de los mejores hoteles del mundo, como parte de la promoción, en festivales o ceremonias varias, donde retozar con su estupenda novia billonaria, una joven de las Kardashian.

Así que cuando Chalamet recuerda la ópera, o en su caso más próximo el ballet, puede ser lógico que de un respingo en el asiento. Piensa en los dramas vividos en su propio hogar (su hermana también optó, al final, por la actuación) y musita hacia adentro: a mí no me pillan en una de esas, yo a vivir que son dos días.

Sus inoportunas palabras, más que el exabrupto ocasional de un imbécil, inmaduro y graciosillo, quizá hayan emergido ahora, desde la intimidad más amarga hasta su superficie, como el reflejo de un hondo resentimiento. Algo payasesco, sí, en su formulación, pero en ese otro sentido del sarcasmo, más revelador. Así que no le disparen; si acaso, compadezcámoslo.

César Wonenburger

(Publicado en El Debate)

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