Crítica: Un rirregular ‘Siegfried’ desembarca en La Scala
Der Ring completo en la Scala: Siegfried
Siegfried, música y libreto de Richard Wagner. Reparto: Klaus Florian Vogt, Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, Derek Welton, Ólafur Sigurdarson, Ain Anger, Camilla Nylund, Christa Mayer , Francesca Aspromont. Orchestra del Teatro alla Scala, orquesta. Simone Young, directora musical. David McVicar, director de escena. Teatro alla Scala, Milán, 13 de marzo 2026.

Der Ring avanza en la Scala con Siegfried
Siegfried, segunda jornada del Ring, es una ópera musicalmente apabullante, pero dramáticamente problemática. El principal escollo es el propio protagonista. Siegfried no funciona como héroe ni resulta simpático, y cuesta empatizar con él de principio a fin. Wagner quiso crear un “hombre nuevo”, libre de prejuicios y ajeno a la codicia que domina a dioses, gigantes y nibelungos. El resultado es un personaje que actúa por puro impulso y sin ningún filtro moral.
Maltrata y mata a Mime, caza por placer, elimina a Fafner sin verdadera conciencia heroica, se burla de un anciano como Wotan y se acerca a Brünnhilde con una mezcla de lascivia y abuso que no genera ternura ni admiración. No hay aprendizaje ni evolución y ante este personaje, la identificación es difícil y el drama se resiente. Al final, lo que sostiene la obra es la música, no el recorrido humano del héroe.
El primer acto va a ser para Wolfgang Ablinger-Sperrhacke. Estamos en la cueva de Mime y Siegfried, concebida como un espacio híbrido entre vivienda y fragua. Muy bien presentada. El tenor austríaco, con una caracterización grotesca (pelo rojo, un punto drag queen o vedette decadente de revista antigua), ofrece una actuación sobresaliente. La caracterización es extrema, pero eficaz: su Mime es mezquino, manipulador y patético, y no deja lugar a equívocos sobre sus intenciones. Siegfried entra en escena acompañado de un oso. Es un muchacho violento e insolente, que no oculta su desprecio hacia Mime y lo humilla sin pausa.

Imagen de la escena firmada por David McVicar
No hay en este Siegfried rastro de inocencia: es agresivo, impaciente y ajeno a cualquier forma de afecto. La relación entre ambos no tiene nada de filial; es una convivencia tóxica sostenida por el interés y el miedo. Siegfried se va; entra el Viajero (Wotan) y, en un gran duelo dialéctico con el nibelungo, le gana la cabeza, aunque no la toma. pues le dice que otro lo hará en su lugar. Después. Siegfried regresa y procede a destruir los fragmentos de Nothung para volver a forjar la espada con los restos, en una escena que funciona más como demostración de fuerza que como afirmación heroica. Mientras tanto, Mime prepara un veneno para dárselo tras la lucha con el dragón.
En el segundo acto estamos en el bosque, ante la guarida de Fafner, representado por tres grandes árboles secos, deformados, antropomorfos, que refuerzan un clima opresivo y siniestro. Alberich (que vive allí esperando su momento), está vestido con una chaqueta de circo, desigual en mitades izquierda y derecha en diseño y color, subrayando su condición de poder degradado. Aparece el Viajero con quien mantiene un tenso duelo verbal. El gigante es conminado a salir y ambos desaparecen de la escena, entran entonces Mime y Siegfried, que se adentra en la cueva. El dragón es una imponente estructura ósea: una gran calavera y una larga espina dorsal con patas articulada por figurantes.
La lucha está bien coreografiada. Al recibir la herida mortal, se transforma de nuevo en gigante, con las grandes manos y la cabeza/máscara como ya lo habíamos visto en Das Rheingold. Siegfried toma el yelmo y el anillo, aunque desconoce su valor. Los hermanos ven toda la escena y discuten acaloradamente. Mime intenta que Siegfried tome el veneno, pero el pájaro del bosque, al que entiende por haber probado la sangre del dragón, le cuenta todo. Siegfried mata a Mime sin vacilación y el pájaro lo anima a ir a la roca donde podrá encontrar a Brünnhilde.
En el acto III, Wotan se encuentra con Erda y discuten sobre el destino, en una atmósfera crepuscular (como el propio destino de los dioses). El pájaro deja a Siegfried cerca de la roca de Brünnhilde, desapareciendo entonces. El encuentro pasa a ser entre Wotan y Siegfried. Wotan le habla sobre su linaje y le bloquea el camino con la lanza, pero Siegfried la rompe con su espada y continúa su camino, en un acto brusco. Wotan está decepcionado.
Siegried llega a la roca ardiente y, sin temor, accede al lugar donde está durmiendo la valquiria, sin saber quién es. La va desarmando y descubre que es una mujer. Tras besarla, comienza ‘el despertar de Brünnhilde’, un momento musical hermosísimo, con el canto al sol, a la luz, y la asunción de su nuevo estado de vulnerabilidad: ya no es divina, ahora debe obedecer a un hombre, algo que acaba asumiendo con alegría, sabiendo que su héroe es Sigfried, a quien amaba ya antes de que naciera.
Y ahora damos de cal y de arena en la parte escénica y técnica:
- En lo positivo, buenos escenarios, vestuario (diferente en cada obra pero que acompañan la acción), luces y vídeo y buenas ideas para trabajar con figurinistas (movimientos del dragón), bailarines (el pájaro estaba doblemente representado, por la cantante y por un bailarín) y equilibristas (vuelve a aparecer el caballo Grane, con el uso de los zancos elásticos). En conjunto, se aprecia la mejor dirección de actores del ciclo hasta el momento, al menos en los dos primeros actos.
- En lo negativo, esa misma dirección actoral no se sostiene en el acto III, que vuelve a resultar mecánico, poco trabajado en lo emocional y carente de verdadero desarrollo dramático.

Escena
También en el canto hay claroscuros: muy bien para los nibelungos, para Derek Welton (sólido y convincente), para Christa Mayer (noble, clara en la voz) y para la soprano italiana Francesca Aspromonte (única italiana del ciclo) con buena dicción. Bien para Ain Anger, que no debe sentirse bien cantando fuera y dentro del escenario y al que encontramos mejor en Das Rheingold.
Más problemáticos Klaus Florian Vogt y Camilla Nylund. Vogt llevó bien los primeros dos actos, pero no acabó de levantar bien en el tercero. El papel de Siegfried es largo y agotador, y al final acaba forzando demasiado para conseguir llegar, Vogt no es un heldentenor, no como Andreas Schager o Stuart Skelton. Nylund ofrece un despertar intenso y bien resuelto, pero su Brünnhilde va perdiendo fuerza a lo largo del dúo final. La falta de química con Siegfried enfría una escena que debería ser culminante, y el resultado es un final sorprendentemente frío.
En el plano musical, la orquesta no termina de arrancar en el primer acto, con una sensación de inseguridad y falta de empaste poco habitual en la Scala. Ya el segundo acto la situación se arregla y en el tercer acto alcanza el nivel esperado. Simone Young logra reconducir la función y cerrar con solidez, aunque el arranque irregular pesa en el balance global.
El público aplaude con entusiasmo al final, quizá condicionado por el alto precio de las entradas. La impresión general es la de una función extraña, en la que escena, canto y dirección no terminan de encajar del todo. No es un suspenso, pero tampoco alcanza el notable.





















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