Crítica: El “bonillo” momento de la Sinfónica de Murcia con Edicson Ruiz y Christian Vásquez
El “bonillo” momento de la Sinfónica de Murcia
TEMPORADA DE LA ORQUESTA SINFÓNICA DE LA REGION DE MURCIA. Edicson Ruiz (contrabajo). Christian Vásquez (director). Programa: Obras de Oscher (Concierto para contrabajo y orquesta) y Rimski-Kórsakov (Sheherezade). Lugar: Murcia, Auditorio Víctor Villegas. Fecha: jueves, 16 abril 2026.

La Sinfónica de Murcia Foto: Danny Tingo/ OSRM
Conviene salir de las metrópolis musicales para airearse y comprobar que no solo en ellas ocurren acontecimientos. Es el caso de Murcia, que desde la base estupenda de su Auditorio de Música, inaugurado hace ya tres décadas (febrero 1995) con un concierto de Celibidache y la Filarmónica de Múnich, mantiene una oferta musical de calidad y sentido común, con la creciente Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia como eje nuclear.
Tras el largo y no tan feliz periodo liderado por la directora Virginia Martínez, la orquesta atraviesa y disfruta hoy un renovado y dinamizador tiempo que la reubica en el mapa sinfónico español, impulsada por el trabajo a su frente de un músico tan solvente y lúcido como quien es su director in pectore, el venezolano Manuel Hernández Silva. Un momento y un tiempo creciente y cada vez más grande. “Bonillo”, como especifica el diccionario de la RAE y ayer decían por Murcia.
El concierto celebrado este jueves es reflejo de tan buen momento. Daba gusto ver repletas hasta la bandera las 1.768 butacas de la Sala Narciso Yepes del Auditorio diseñado por el gran hacedor de auditorios que fue el arquitecto José María García de Paredes. En los atriles, dos obras diversas y complementarias: el Concierto para contrabajo y orquesta del uruguayo Efraín Oscher (Montevideo, 1974), y el universal Sheherezade, de Rimski-Kórsakov.
En una y otra la Sinfónica de la Región de Murcia lució sus mejores mimbres, entre los que brilla una sección de madera que no desaprovechó la ocasión que le brinda el brillante poema sinfónico de Rimski-Kórsakov para hacer valer sus calidades, que ya en la primera parte del programa se percibieron en los solos de fagot y corno inglés del calmo y más que bello segundo movimiento (Andante) del concierto de Oscher. Todas las secciones y solistas, desde el concertino a una crecida sección de contrabajos, y hasta unas trompas que no debieron tener precisamente su mejor día, delataron entrega, ganas y maneras.
No resultó ajeno a ello el trabajo de un maestro tan dueño de sus propósitos como el caraqueño Christian Vásquez (1984), miembro destacado de la radiante generación de nuevos músicos salidos del prodigioso “Sistema de orquestas” creado en 1975 por José Antonio Abreu en el país de Teresa Carreño y Gustavo Dudamel. Desde el podio, con gesto preciso, articuló y fraseó con claridad las veleidades orientalizantes de Sheherezade, en una narración sinuosa y de claras texturas, que dejó cantar las voces solistas sin mermar el vigor y naturaleza sinfónica de la suntuosa orquestación original.
Fue una versión sustanciosa, rica en matices y colores. Atenta a la letra y la solfa. De tintas y tintes bien medidos. El barco de Simbad, el cuento del príncipe Kalender, el joven príncipe y la princesa, la fiesta en Bagdad, el naufragio… Todo lo expresaron y revivieron con plasticidad y fantasía sin demagogias la batuta templada de Vásquez y los dispuestos profesores de la crecida Sinfónica de la Región de Murcia. Como no podía ser de otro modo, entusiasmo del público reflejado en una ovación larga y encendida, a la que, finalmente, se sumaron los propios músicos, quienes sin moverse de sus sillas, aplaudieron sentados al maestro en esa expresión de reconocimiento tan propia de las mejores ocasiones.

El director Christian Vásquez Foto: Danny Tingo/ OSRM
Fue el colofón de un tarde en cuya primera parte Edicson Ruiz (Caracas, 1985) hizo valer su categoría instrumental y artística en una versión total e imbatible del concierto de Oscher, página cuyos cuatro movimientos surgen bajo la inspiración y el aliento del propio solista venezolano, miembro desde los 17 años de la Filarmónica de Berlín, orquesta a la que nunca, antes ni después, ha accedido un músico tan joven.
Uruguayo formado y recriado en Venezuela, Oscher vuelca en el concierto un compendio de las posibilidades expresivas y técnicas del contrabajo; un reflejo dedicado e inspirado por el talento de Edicson, cuyos pentagramas se sumergen en el alma y los sonidos de la mejor música venezolana, pero también en el arte sin fisuras y en la entraña afectiva de quien hoy es -lo puso palmariamente de relieve en su actuación murciana- un as del contrabajo contemporáneo.
Edicson Ruiz toca desde un ideal sonoro que reivindica la realidad del contrabajo como instrumento protagónico, capaz de cantar, expresar y brillar como el violín concertino en Sheherezade o la trompa en el segundo movimiento de la Quinta de Chaikovski. La afinación, fraseo, sonoridad bien proyectada, el legato, proyección y capacidad cantable son consustanciales a su talento natural y tan cuidadosamente moldeado.
Desde la escritura brillante, efectiva, virtuosa y apasionadamente melódica de Oscher, Edicson anima y da vida a los ritmos venezolanos, cubanos, uruguayos y latinos que habitan la partitura: del “Guarachoso ma non troppo” inicial al luminoso hasta la incandescencia “Guaguancó y presto joropeao” conclusivo. Virtuosismo y pasión.
El éxito, como pueden imaginar, absoluto: por el atractivo palpitante de la obra, pero también por la enjundia de su interpretación. Fue, como diría un crítico de antaño, “clamoroso”. Y lo fue aún más en las dos propinas que rubricaron el éxito, a cuya interpretación se incorporó otro coloso venezolano: Leo Rondon y su “cuatro venezolano”. Música y ritmo en vena. El Auditorio Víctor Villegas se “caribeñizó” y hasta “joropeizó” con El Cruzao, de Ricardo Sandóval, para luego templarse y teñirse de sugestiones con la suave canción de cuna en forma de vals Natalia, de Luis Laguna. Imposible imaginar mejor colofón para una noche insuflada de “bonillo”.





















Últimos comentarios