Crítica: Gran noche checa en el Teatro Real con ‘La novia vendida’ de Smetana
Gran noche checa en el Teatro Real
La novia vendida, de Bedrich Smetana. Manel Esteve, María Rey-Joly, Sveltana Aksenova, Pavel Černoch, Toni Marsol, Monica Bacelli, Mikeldi Atxalandabaso, Günther Groissböck… Dirección de escena: Laurent Pelly. Dirección Musical: Gustavo Gimeno. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. Madrid, 14 de abril.

La novia vendida vuelve al Teatro Real
Hay noches en que uno sale del teatro con la sensación de haber saldado una deuda. Esta podría ser una de ellas. El Teatro Real estrenó ayer La novia vendida de Smetana en una producción nueva firmada por Laurent Pelly y dirigida musicalmente por Gustavo Gimeno, y lo hizo ciento dos años después de la única vez que esta obra pisó ese escenario.
Era 1924, la traía una compañía checa de gira, y Madrid la despidió con cortesía. Después, sólo dos funciones en el Teatro de la Zarzuela en 1973. Dos y silencio hasta que Valencia se animó en 2010. Lo cual dice mucho sobre la timidez de nuestros teatros ante el repertorio eslavo, ese inmenso territorio que seguimos tratando como territorio de aventureros.
Smetana la concibió en 1863, en plena ebullición del nacionalismo checo bajo el yugo austrohúngaro. Él conocía perfectamente el repertorio europeo -había vivido años en Suecia, había digerido a Meyerbeer y a Weber- pero regresó a Praga con una idea fija: los checos merecían una ópera propia. No un pastiche con trajes de aldeano, sino algo genuinamente suyo. El libreto lo escribió Karel Sabina, periodista nacionalista que, como se descubriría después, era además confidente de la policía imperial.
La ironía de la historia tiene a veces ese tipo de humor negro: el texto fundacional de la identidad lírica checa salió de la pluma de un espía al servicio del opresor. Pero el texto funcionaba extraordinariamente. Una comedia de enredo en una aldea de Bohemia, un casamentero sinvergüenza, una pareja de jóvenes que se quieren y unos padres que quieren otra cosa. Sin grandes ambiciones literarias, con la lógica implacable del folclore popular.
La primera versión se estrenó el 30 de mayo de 1866 en el Teatro Provisional de Praga. Los checos no tendrían Teatro Nacional hasta 1881. Gustó, pero Smetana no estaba satisfecho. Durante cuatro años la reelaboró: añadió números, sustituyó los diálogos hablados por recitativos, incorporó las danzas que harían célebre la obra -la polca, el furiant, la skočná- y compuso una obertura que es todo un ejemplo de la escritura orquestal del siglo XIX. La versión definitiva se estrenó el 25 de septiembre de 1870.
A partir de ahí, La novia vendida se convirtió en algo más que una ópera. Cuando en 1881 ardió el recién inaugurado Teatro Nacional de Praga, la primera obra que se repuso tras la reconstrucción fue ésta. El gesto lo decía todo. Smetana había creado el equivalente lírico de un himno nacional, con la ventaja de que era infinitamente más disfrutable que cualquier himno.
La conquista del mundo llegó despacio. Viena en 1892, Chicago en 1893 aprovechando la Exposición Universal, el Metropolitan de Nueva York en 1909. Allí debutó con Emmy Destinn -soprano checa que hizo de Mařenka su bandera personal- y desde entonces las grandes casas no la han abandonado del todo.
Entre las referencias históricas que cualquier melómano serio tiene en mente, Kubelík ocupa un lugar inamovible. Checo exiliado tras el golpe comunista de 1948, dirigió la obra con una intensidad que iba más allá de lo musical. Su grabación de 1981 con la Filarmónica de Viena sigue siendo el patrón de medida. Y Felsenstein en la Komische Oper de Berlín desde 1955 demostró que la obra admitía un teatro de precisión milimétrica sin perder un ápice de alegría.
La obertura es un tour de force en escritura fugada que parece desafiar físicamente a quien la dirige; las danzas son resortes dramáticos, no postales turísticas; los concertantes revelan una deuda fecunda con Mozart y con la buffa italiana; y las semi-arias de Mařenka tienen una temperatura melódica que no desmerece. Pero hay algo más difícil de analizar y más fácil de sentir: por debajo de toda esa alegría corre una melancolía inconfundiblemente checa, el mismo poso amargo que uno encuentra en Dvořák o en Janáček. Smetana la disimula con maestría bajo el disfraz de la comedia. Como se disimula, en general, la tristeza verdadera.

Pavel Černoch (Jeník) y Günther Groissböck (Kekal)
El Real estrena una coproducción con la Opéra national de Lyon, la Oper Köln y el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas, que lleva la firma de Laurent Pelly, regista siempre con ideas de interés. Pelly llega a Smetana con siete producciones de bagaje en el Real -desde La hija del regimiento en 2014 hasta Los maestros cantores en 2024- pero sin el peso ni la comodidad de haber resuelto ya este título.
Lo que hemos visto esta noche es, en ese sentido, una primera lectura. Con todo lo que eso implica de riesgo y de frescura. Y triunfa con ideas que se desarrollan en un escenario casi vacío. De hecho, vacío durante ese primer acto que se desarrolla en una gran plaza. Los elementos que podría haber en ella cuelgan sobre los actores, fundamentalmente un coro que es aún más protagonista de lo mucho que lo es en la ópera de Smetana gracias a la formidable labor en cuanto a movimiento que le exige Pelly.
No sé si alguna vez hemos visto manejar mejor al coro del teatro. Ello al margen de su trabajo vocal, también digno de todas las alabanzas. En los otros dos actos hay algunos elementos más, que tienen la virtud de permitir que la atención se preste a la acción del estupendo libreto de Karel Sabina.
Realmente magnificas las actuaciones de los cuatro grandes protagonistas de la obra: Mařenka, Jeník, Günther Groissböck y Mikeldi Atxalandabaso. Por poner algún pero: quizá Svetlana Aksenova se parezca y ande demasiado a lo Lina Morgan y el personaje puede tener algo de comedia, pero no tanta. Vocalmente bien, al igual que el tenor Pavel Černoch, con la voz de un lírico casi spinto.
La gran actuación de Günther Groissböck permite disimular que el timbre ha perdido brillo. Actuación también magnífica en todos los sentidos la de Mikeldi Atxalandabaso. En el resto del reparto bastantes españoles -Rey-Joly, Marsol, Esteve, etc- esforzándose en un repertorio ajeno. Todos ellos fueron dirigidos muy eficazmente por Gustavo Gimeno, siendo más destacable el brío y viveza impregnado que la atención al matiz.
Esta noche, ciento dos años después, Madrid aprovechó la oportunidad de enmendar su cuenta pendiente con esta obra. ¡Bravo!





















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