Crítica: La Novena de Beethoven, el “Evangelio humano del arte del futuro”, regresa a Bayreuth de la mano de Thielemann
La Novena de Beethoven, el “Evangelio humano del arte del futuro”, regresa a Bayreuth de la mano de Thielemann
FESTIVAL DE BAYREUTH 2026. BEETHOVEN: Novena sinfonía, “Coral”. Solistas: Elza van den Heever (soprano), Christa Mayer (mezzosoprano), Klaus Florian Vogt (tenor), Georg Zeppenfeld (bajo). Orquestra y Coro titulares del Festival de Bayreuth. Director: Christian Thielemann. Lugar: Festspielhaus de Bayreuth. Entrada: 1.937 espectadores (lleno). Fecha: sábado, 25 julio 2026.
Foto: office@enonava.de ; Bayreuther Festspiele 2026
Decía Wagner y dejó bien escrito en El arte del futuro que “la Novena de Beethoven es el Evangelio humano del arte del futuro”. Su admiración hacía Beethoven rozaba la devoción. “Creo en Dios, Mozart y Beethoven”, sentenció también. De ahí, de este fervor beethoveniano, que él mismo dirigiera, en 1872, la Novena en Bayreuth, en la Ópera del Margrave, con motivo de la colocación de la primera piedra del vecino y futuro Festspielhaus. Y de ahí, también, que la Novena sea la única obra ajena al catálogo wagneriano que se ha interpretado en el templo de Bayreuth, donde solo se ha escuchado en ocasiones excepcionales. Richard Strauss (1933), Furtwängler (1951 y 1954), Hindemith (1953), Böhm (1963) y Christian Thielemann en 2001 han sido las batutas que han tenido el privilegio de dirigir la Novena en el Festspielhaus.
Y ha sido precisamente Thielemann, quien, 25 años después de que la dirigiera, con ocasión, entonces, del 125 aniversario de Bayreuth, ha vuelto a tener el honor de hacerla escuchar de nuevo, en un acto extraordinario con motivo del 150 aniversario del Festival. Ha sido en el curso de una muy larga ceremonia, que se prolongó durante tres horas y media, en la que intervinieron, además de las bisnietas de compositor -Nike y Katharina Wagner-, el canciller alemán, Friedrich Merz, y el presidente de Baviera, Markus Söder. Como cada año en los primeros días de festival, no faltó, entre el público y a título privado, la melómana excanciller Angela Merkel, cuya fidelidad bayreuthiana acaso sea parangonable a la que en su día profesó un devoto wagneriano llamado Adolf Hitler.
Como en 2021, Thielemann entiende y plantea la Novena como un inmenso fresco puntillista en el que todo tiene sentido, presencia y relieve. Para ello, recurre a tiempos lentos, de una lentitud que en el Adagio llegó a ser verdaderamente furtwängleriana. No hay hojarasca ni detalles insignificantes. Como en un cuadro del Bosco, todo es esencial. Tanto detalle requiere de esos tempi lentos que dejan asomar todo, como ocurría con el viejo Celibidache. Thielemann tampoco enfatiza lo obvio y evidente, como hacen tantos maestros de medio pelo. Se empeña en hacer asomar detalles, apuntes melódicos, modulaciones que en tantas ocasiones quedan inadvertidas en el magma sonoro del conjunto.
Obra tan acaba y rica como la Novena invita a esta minuciosa apoteosis del detalle. El resultado es ciertamente fascinante, incluso novedoso en una composición tan mil veces escuchada como la Novena. Así, por ejemplo, el contrapunto del fagot en el cuarto movimiento, los acentos del timbal en el Scherzo, o el famoso canto de violonchelos y contrabajos en la enunciación del famoso motivo de la Oda de Schiller cobraron fascinante dimensión y realce. Desde el pianísimo -extremo- del inicio a la gran coda final, los cuatro movimientos se percibieron en una dimensión opulenta y meticulosa a un tiempo, en el que todo, absolutamente todo, se sintió con luminosa y emotiva claridad.
Esta desnudez extrema, esta claridad cenital que distingue el Beethoven de Thieleman, solo es viable con orquestas de muy primer rango, capaz de responder y calibrar con tanto detalle e imaginación el virtuosismo instrumental que reclama el podio. La Orquesta del Festival de Bayreuth, integrada por instrumentistas de las mejores orquestas alemanas, lo es. Aun así, no está exenta de las pequeñas pifias que ocurren en cualquier concierto, que quedan normalmente inadvertidas. Pero cuando, como es el caso, se toca y concierta de modo tan descarnado y a flor de piel, saltan a la superficie auditiva. Pelillos a la mar en una Novena cuya transparencia, opulencia sinfónica y sentido humanista arrasan con cualquier pero o discrepancia.
El Coro de Bayreuth cantó -¿hace falta decirlo?- tan maravillosamente como siempre. Afinación, empaste, balance, calidad y empaque vocal son proverbiales, aún más en una acústica tan “coral” y propicia como la del Festspielhaus. En el cuarteto solista hubo de todo, pero brillaron los hombres, tanto el canto (aún) lírico del tenor Klaus Florian Vogt (que reemplazó en el último momento al anunciado Piotr Beczała) como el bajo Georg Zeppenfeld, que otorgó fuste y rotundidad en el recitativo y canto. La soprano sudafricana Elza van den Heever desequilibró su línea de canto con unos agudos estridentes que en ocasiones rozaron el alarido, mientras que Christa Mayer fue una mezzo de peso y fuerza cuya voz ¡por fin! se pudo distinguir en la Sinfonía Coral.
Esta Novena para la historia no fue la única música que se escuchó en esta tarde de conmemoración y celebración. Antes, entre discurso y discursito, Thielemann abrió la ceremonia con la obertura de Los Maestros cantores de Núremberg, la obra con la que precisamente debutó en Bayreuth en julio de 2000. Como entonces, inundó la partitura de luces, reflejos y novedad. Luego, llegó el coro de la “Llegada de invitados” de Tannhäuser, que marcó un nuevo momento álgido en un acto cerrado con una ovación que duró casi tanto tanto como el último movimiento de la Sinfonía Coral. Y es que el fervor de los bayreuthianos con su dios acaso sea solo equiparable al de Wagner por su predecesor Ludwig van…
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