Rubén Talón, el peligro de aplausos y amistades
Rubén Talón, el peligro de aplausos y amistadesTEMPORADA DE CÁMARA DEL PALAU DE LA MÚSICA. RUBÉN TALÓN, piano. Programa: Obras de Satie, Liszt, Chopin y Ravel. ¬Lu¬gar: Palau de la Música (Sala Rodrigo). Entrada: Alrededor de 400 espectadores (prácticamente lleno). Fecha: Viernes, 24 abril 2026.

Ruben Talón . Palau de la Musica
Cuenta el currículo del pianista valenciano Rubén Talón que “está considerado como uno de los mejores pianistas de su generación”. Posiblemente sea cierto en el ámbito familiar y, según sus propias palabras, también en el de los “muchos amigos” que le aplaudieron y bravearon a rabiar durante el recital que ofreció el viernes en una abarrotada Sala Joaquín Rodrigo del Palau de la Música. Efectivamente, mientras más fuertes eran los zurriagazos, aún más entusiasta era la reacción del público amigo.
Igual daba que fuera una Gymnopédie de Satie, un grandilocuentemente narrado Valle de Obermann de Liszt, una deslavazada Segunda balada de Chopin o un desdibujado Gaspard de la nuit monocolor y dicho a trompicones, con un descuadrado Le Gibet central que realmente parecía eso: el patíbulo del patíbulo, por no hablar de un Scarbo final absolutamente salido de tiesto. Un recital en el que la música llegaba desnuda de armadura, esqueleto y razón; dicha a impulsos y trompicones, que se fundía y deformaba como un reloj de Dalí.
Fue, francamente, un mal recital. El aplauso fácil y amigo es estimulante, pero puede resultar nocivo y de alto riesgo cuando emborrona la realidad hasta hacer que uno se deje llevar ciegamente por la palmada en la espalda. Rubén Talón (València, 1989) tiene talento y evidente facilidad, algo que se nota en la cantidad de notas que puede dar por segundo. Otro asunto es la calidad y cualidad de ellas.
En sus interpretaciones falta el sentido orgánico, la métrica, el latido rítmico, el respeto al detalle y a la escritura horizontal; el equilibrio en los acordes y el balance entre armonía y melodía. También la atención a las gradaciones y regulaciones dinámicas. Falta meterse -de verdad- en la piel y entraña del compositor, de cada compositor: Satie no puede sonar como Liszt, ni Liszt como Chopin, ni este como Ravel. El rigor y esa suprema atención al detalle que Zimerman expresa tan gráficamente cuando dice que “cada nota es un universo de expresión”.
El aplauso fácil es un peligro a la hora de gobernar la expresión y percibir el sonido objetivo que sale del piano. La autoestima es imprescindible, pero, como dice el sabio Maese Pedro en El Retablo de Falla: “¡Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!”. El sentido autocrítico y la autoexigencia son aún más imprescindibles que la autoestima.
También informa el programa de mano de que en el pianismo de Talón “destaca su riqueza de sonido y la profundidad de su discurso musical”, palabras bonitas que, sin embargo, nada tienen que ver con lo realmente oído y escuchado en este recital de éxito y fracaso. Como si fuera Sokolov, tras el tremendo Scarbo que cerró el programa, vino la apoteosis amiga y la consecuente tanda de propinas, que no llegó a las seis del ruso, pero casi… Entre ellas, dos tan frecuentadas por el genio verdadero de Sokolov como el Preludio en si menor de Bach en la versión de Siloti y el Estudio opus 25 número 12 de Chopin. Cualquier parecido con la transparente perfección y verdad de Sokolov sería puro espejismo. Justo Romero






















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