Critica: Keenlyside y Martineau, la magia de la voz y del piano
La magia de la voz y del piano
Programa: Canciones de G. Mahler, R. Strauss, I. Guerney, P. Warlock, G. Butterworth, F. Bridge, G. Fauré, H. Duparc y F. Poulenc. Barítono: Sir Simon Keenlyside. Piano: Malcolm Martineau. Lugar: Espacio Turina. Fecha: Sábado, 16 de mayo. Aforo: Un tercio

Malcolm Martineau & Sir Simon Keenlyside
Casi nadie en Sevilla es consciente del lujo que supone la programación del Espacio Turina. Ni siquiera el Ayuntamiento, el ICAS y quienes lo dirigen son capaces de dilucidar el altísimo nivel de lo que Fernando Campomanes consigue, con presupuesto exiguo, traer a la ciudad. Y, para mayor agravio frente a otros espacios y eventos culturales municipales, sin página web ni otros medios de comunicación para dar a a conocer a la ciudadanía conciertos como éste, de una categoría mundial. Porque traer a Sevilla a Keenlyside y Martineau y no tener manera de publicitarlo es un auténtico delito cultural. Eventos de tres al cuarto tienen una cobertura informativa desde la Casa Grande infinitamente mayor que el Espacio Turina, ninguneado por sus propios rectores.
El recital fue descomunal de principios a fin, con tres bellísimas propinas de Mahler y Schubert. Keenlyside maneja su voz potente, perfectamente proyectada en la máscara, de tonalidades oscuras en la fonación pero con brillo en la articulación, de manera plenamente atenta al texto que canta. Dicción clara y control de los colores mediante los reguladores y las medias voces están siempre al servicio de la expresividad y de la emotividad, con una línea de canto ligada magistral. Actúa y vive cada canción más allá de las notas, con su lenguaje corporal y con la manera de manejar el sonido de su garganta. Igual adopta el tono solemne de Phantasie aus Don Juan de Mahler que el más delicado e íntimo de Phidylé de Duparc, pasando por el parlato y el legato de The Lads in Their Hundreds de Butterworth. Hay que descubrirse ante el canto conversacional medido nota a nota en Loveliest of Trees del mismo Butterworth o el tono casi litúrgico, contenido y casi susurrado de Im Abendrioth de Schubert, la última y mágica propina. Y con Martineau a su lado, atento y sensible, todo es perfecto, pocos pianistas hay tan atentos al canto y a la línea emocional de la partitura, controlando el pedal de forma casi mágica y acariciando las teclas cuando es necesario, extrayendo del instrumento toda una paleta de colores y de matices, como en la mencionada canción de Duparc, por ejemplo. O en la de Schubert, con suaves y nítidos arpegios. Andrés Moreno
Publicado en el Diario de Sevilla el 16 de mayo de 2026.





















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