Obituario de Felicity Lott
Obituario
Felicity Lott, el elegante encanto de la voz

“La maravillosa y bella soprano Dame Felicty Lott (Flott) nos ha dejado. Era una mujer encantadora y tuve el gran privilegio de trabajar con ella hace muchos cuando grabamos Capriccio de Strauss en Stuttgart. Descansa en paz, querida. Los ángeles ahora cantarán más alto”. Estas palabras del tenor Gregory Kunde describen bien a la gran soprano inglesa, fallecida el pasado 15 de mayo, tras anunciar ella misma pocos días antes que se encontraba en estado “terminal”. Contaba 79 años de edad y era una de las figuras más queridas y respetadas del mundo de la lírica.
Efectivamente, como dice Kunde, Felicity Lott era “maravillosa, bella y encantadora”. También una artista exquisita, que otorgaba a sus interpretaciones operísticas una credibilidad dramática que redondeaba con una voz de soprano lírica cálida y de fascinantes acentos y resonancias. Todo ello, envuelto en una elegante presencia escénica que se revelaba tanto en la escena operística como en el ámbito del recital. Era una artista fascinante, que desprendía respeto y credibilidad.
Inolvidable straussiana, sus Mariscalas de El caballero de la rosa fueron referencia, y se consideraron las más cercanas, por vocalidad y hondura escénica, a las legendarios de Elisabeth Schwarzkopf. Una y otra ahondaron en los rasgos más melancólicos, irónicos y tiernos de un personaje que hicieron propio. La grabación con Carlos Kleiber, en vivo, en la Ópera de Viena, en marzo de 1994, es testimonio eterno de ello. También el recuerdo de encarnaciones como las que protagonizó en Madrid, en el Teatro Real, en marzo de 2000, dirigida por García Navarro. Referencial es igualmente su Condesa de Capriccio, de la que quedan testimonios fonográficos como el referido por Kunde, grabado en Stuttgart, en mayo de 1999, bajo la dirección de Georges Prêtre.
En el ámbito del recital, era natural, directa, sencilla y, como siempre, maravillosamente elegante y natural. Su figura esbelta y serena, tan a tono con su naturaleza vital y su exquisita vocalidad, generaban el ambiente ideal para los Lieder de Strauss -inolvidables sus Cuatro últimos Lieder-, pero también Wolf, Schubert, Schumann…. Fascinantes eran también sus versiones de las canciones de su compatriota Britten y de la Mélodie que tiño de exquisitos matices, como hizo de modo incomparable en páginas de Fauré, Chausson, Gounod, Hahn o Poulenc, a cuya música dedicó en 1996 un precioso disco en compañía del pianista Pascal Rogé.
En la memoria del crítico, como uno de los tesoros más preciados, queda un recital monográfico ofrecido en Noruega, en el Festival de Bergen, el 2 de junio de 1995, junto con su habitual acompañante, Graham Johnson. Como tema único: la flor. Cada fragancia, cada aroma, desde Les roses d’ispahan de Fauré, a Le temps des lilas de Chausson; de The last rose of summer de Britten a Toutes les fleurs de Chabrier, fue engarzado en un ramillete en forma de bouquet que conformó, en plena primavera, el más luminoso y mejor hilvanado programa imaginable.
La maestría y excelencia que marcó la carrera larga y selecta de Felicity Lott fue sólidamente cimentada a partir de unas condiciones naturales cargadas de exquisitez y talento. Estudió francés en la Royal Holloway College de la Universidad de Londres y posteriormente ingresó en la Royal Academy of Music. Su doble formación humanística y musical marcó decisivamente su carrera en un tiempo -años setenta y ochenta del pasado siglo- en los que el virtuosismo vocal parecía marcar el rumbo y éxito de cualquier carrera.
Lott, a contracorriente, impuso otra tipo de excelencia: la comprensión literaria de los textos, el cuidado obsesivo de la dicción y un sentido del estilo cargado de razones. De alguna manera, en este sentido, siguió la estela ejemplar de voces como Victoria de los Ángeles o la propio Elisabeth Schwarzkopf. Desde su debut, en Londres, en 1974, con el papel de Seleuce, en Tolomeo, re d’Egitto de Händel, y un año después, como Pamina, en La flauta mágica, en la Ópera Nacional Inglesa, su repertorio se amplió y diversificó por senderos marcados por la exigencia. En 1976 intervino en el estreno de We Come to the River, de Henze, en el Covent Garden. Luego vinieron otros roles mozartiano, nacidos principalmente en el Fesival de Glyndebourne, como la Condesa de Las bodas de Fígaro, Doña Elvira en Don Giovanni y Fiordiligi en Così fan tutte.
La opereta y su querido Offenbach también encontraron espacio destacado en el repertorio de una cantante que no hacía ascos a nada ajeno a la excelencia. Se divirtió, alegró y emocionó a todos en títulos como La bella Helena o La gran duquesa de Gérolstein de Offenbach. También en La viuda alegre de Lehár, o con una referencial Rosalinde en El murciélago de Johann Strauss.
Distinguida y condecorada dentro y fuera de su país por instituciones y entidades públicas y privadas, Felicity Lott encontró su máxima distinción en el afecto del público que la aclamaba y adoraba en los mejores teatros internacionales, desde la Ópera de Viena al Metropolitan neoyorquino, de la Ópera de París al Festival de Salzburgo. Y, siempre, en el Covent Garden, su “home” de cabecera. Con su partida, anunciada por ella misma apenas tres días antes de fallecer, el canto pierde a una de sus más exquisitas e inteligentes servidoras. Los ángeles, efectivamente, “ahora cantarán más alto”. Justo Romero





















Últimos comentarios