Crítica: “La Bohéme”, un Puccini bien entrevisto en el Auditorio Nacional
UN PUCCINI BIEN ENTREVISTO
Puccini: La bohème. Letitia Vitelaru, Francesco Castoro, Manuel Mas, Alejandro von Büren, Paco Santiago, Ruth Terán, José Ángel Treviño, Octavio Vázquez. Orquesta Clásica Santa Cecilia, Excelentia Vocal Ensemble. Director musical: Kynan Johns. Puesta en escena: Alejandro Contreras. Auditorio Nacional, 25 de junio de 2026.

En una sobria, escueta, modesta producción semiescenificada, ha accedido, dentro de las propuestas de la Fundación Excelentia, al escenario del Auditorio Nacional, esta magistral ópera pucciniana, un prodigio bien articulado y desarrollado de lo que podríamos calificar un tanto facilonamente de verismo dulce. Es obra casi siempre intimista, de un lirismo poético muy cercano y de una construcción modélica. La melodía pucciniana circula libre y calurosamente de principio a fin y da ocasión de lucimiento a las voces, que tienen numerosos momentos de lucimiento.
Los aprovecharon partiendo de sus posibilidades los bien elegidos intérpretes. En primer lugar la soprano lírica rumana Letitia Vitelaru, de timbre carnoso y rotundo, no especialmente brillante, dotado de un agradable vibrato stretto, de extensión adecuada y de fraseo caluroso, verídico, escasamente melodramático. Sobresaliente para su D’onde lieta uscì, equilibrado, bien dicho, con la emocionalidad justa. Cantó con expresión adecuada sus últimos instantes sobre la tierra, pese a lo incómodo de su posición, tendida en el puro suelo, con una manta por colchón.
A su lado actuó valientemente el tenor lírico-ligero Francesco Castoro, de tinte agradable, emisión correcta, de agudo aparentemente fácil, en exceso adelgazado en las notas más altas.
Sólido, seguro, bien puesto, el Marcello del barítono Manuel Mas, siempre eficaz con su voz templada, de grato color. Expuso bien su solo del segundo acto con la repetición del tema de Musetta, que estuvo encarnada por la competente soprano lírico-ligera Ruth Terán. Dibujó con primor su aria. Bajo de verdad, Paco Santiago tramitó con oficio sus distintas intervenciones. A falta de un timbre más rico, cantó estupendamente y matizó la Vecchia zimarra. Poco timbrado pero eficaz el Schaunard de Alejandro von Büren. Los partiquinos Treviño y Vázquez pusieron cuerpo y cara a Benoit y Alcindoro y a Parpignol, Vendedor y Aduanero.
El imaginario foso, ocupado por una orquesta de poco más de treinta profesores, casi todos muy jóvenes, fue calibrado, conjuntado y organizado por Kynan Johns, maestro experimentado y que sabe conjuntar, aunque el delicado fraseo lírico no sea su fuerte. Hubo instantes en los que se pudo pedir una mejor planificación de líneas, sobre todo en el segundo acto. En él, que es el menos intimista de la obra, Alejandro Contreras supo mover los peones con soltura, con el coro inmóvil detrás de la orquesta, como corresponde a una versión concertante.
Sucinta escenografía: unas mesitas, un trípode con unos cuadros, una estufa, unas pequeñas mamparas. Siempre presente sin que se moviera prácticamente nada. Lo demás nos lo imaginamos. Y la música, decentemente traducida, nos lo facilitó.

























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