Crítica: Carmina Burana fascina y convence en Les Arts
Carmina Burana fascina y convence en Les Arts
CARMINA BURANA, de Carl Orff. Cantata para solistas, coro y orquesta basadas en cantos medievales. Ballet de Dortmund (director artístico: Jaš Otrin). Edward Clug (concepto y coreografía). Marko Japelj (escenografía), Leo Kulaš (vestuario), Tomaž Premzl (Iluminación). Soyoon Lee (soprano), Zicong Han (tenor), Daegyun Jeong (barítono). Cor de la Generalitat Valenciana (Jordi Blanch, director). Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Olivia Lee-Gundermann. Lugar: Palau de les Arts. Entrada: 1.412 espectadores (lleno). Fechas: jueves, 25 junio 2026 (se repite los días 26, 27 y 28 junio 2026).

Les Arts estrena Carmina Burana con el Ballett Dortmund y la coreografía de Edward Clug
© Miguel Lorenzo
Recaló la cantata medievalista Carmina Burana en el Palau de Les Arts en un montaje de ballet que recurre a la cuestionada pero exitosa versión que en 1937 presentó Carl Orff en la Ópera de Fráncfort. Pieza que fascina por su fuerza arcaica, resonancias medievales y pegadiza contundencia rítmica, cuestionada por la cercanía de su autor con el régimen nazi -en cuyo entorno y tiempo nació y se propagó-, noventa años después de su estreno, Carmina Burana se ha asentado como una de las páginas musicales favoritas de todos los públicos.
El tiempo acaba poniendo las cosas en su sitio, y hoy, como tantas otras obras de arte, desde el Concierto de Aranjuez a Los Preludios de Liszt o Los maestros cantores, Carmina Burana se percibe y siente, ¡por fin!, ajena a todo lo que no sea estrictamente sus propios valores artísticos.
Carmina Burana ha llegado a Les Arts coja, sin programa de mano ni sobretítulos que traduzcan lo muy esencial que cantan y dicen el coro y los tres muy discretos solistas vocales, absolutamente impropios de una casa de ópera del fuste y raigambre del Palau de Les Arts.
El hecho de que se presente en forma de ballet, en absoluto excusa tanta ausencia de lo más elemental y tan bajo nivel vocal, con una soprano imposible (la surcoreana Soyoon Lee), un barítono en la misma línea (su paisano Daegyun Jeong) y un tenor discreto (el chino Zicong Han), pero que al lado de sus colegas de reparto se antojaba el mismísimo Caruso.
Frente a estas voces a todas luces impropias, brillaron los conjuntados y diciplinados bailarines del Ballet de Dortmund, guiados por la coreografía de Edward Clug y la escueta escenografía de Marko Japelj.

Imagen de la producción
© Miguel Lorenzo
En el foso, concertando escena, orquesta y coro -emplazado en los balcones laterales, en localidades normalmente ocupadas por espectadores-, la maestra también asiática Olivia Lee-Gundermann (conocida en España por haber dirigido en el Teatro Real, en 2023, el estreno de la ópera Nixon en China), volcó dominio, autoridad, criterio, oficio y efectividad, aunque no acertó a resolver los problemas de equilibrio y balance derivados de la alejada ubicación entre orquesta y coro, ya evidenciados desde la introducción, en el célebre Fortuna Imperatrix Mundi.
Una y otro sonaron, más allá de estos desajustes -que también se produjeron dentro del propio coro, al estar una parte del mismo ubicado en la balconada derecha y la otra justo enfrente, en el lateral izquierdo-, con brillantez y empaque, en una orquesta opulenta en la que percusión, pianos y metales desempeñan papel particularmente relevante.
Fue, en definitiva, una lectura vibrante y atractiva, en la que el lustre del foso y de las voces -no siempre idealmente empastadas- del Cor de la Generalitat fueron el mejor aliado de la cuidada y bien estudiada lectura escénica. Enorme éxito ante una Sala Principal en la que no cabía un alma más. Es la magia del ballet, desde luego, pero también de una creación y recreación musical que fascina y convence.
























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