Crítica: Bryn Terfel regresó a Peralada treinta y seis años después de su debut
Bryn Terfel regresó a Peralada treinta y seis años después de su debut
Obras de Frederick Keel, Ivor Novello, Schubert, Debussy, Schumann, Wagner, Schönberg, etc. Bryn Terfel, bajo-barítono · Hannah Stone, arpa · Annabel Thwaite, piano. Iglesia del Carme, Festival Castell de Peralada, 26 de julio de 2026

Bryn Terfel y Annabel Thwaite. Peralada 2026. Foto © Miquel González
Bryn Terfel reapareció en el Festival de Peralada casi cuatro décadas después de su primera visita, aquel ya lejano 1990 en que debutó como Viejo Hebreo en el Sansón y Dalila que compartió cartel con Josep Carreras. El galés que entonces era una promesa regresa ahora convertido en una de las voces más sólidas y queridas de su generación, y lo hizo eligiendo el formato más desnudo posible: el recital, sin escenografía ni personaje detrás del cual esconderse.
El programa estuvo diseñado de forma muy personal. Arrancó con tres canciones galesas de la primera mitad del siglo pasado —Can yr Arad Goch, Sul y Blodau, Y Cymro— que hablan de tierra, de memoria y de una lengua que Terfel sigue considerando propia por encima de cualquier otra. No hay en su interpretación de este repertorio ningún gesto impostado: canta el galés como quien está en casa.
De ahí pasó a las Salt Water Ballads de Frederick Keel, tres estampas marineras sobre textos de Masefield que retratan puertos añorados, vientos alisios y leyendas de naufragios. Terfel encontró en ellas el punto justo entre la declamación cuidada y la media voz. El arreglo de John Thomas para Bugeilio’r Gwenith Gwyn trajo consigo la primera intervención de Hannah Stone al arpa, su esposa desde hace años y compañera artística de una complicidad evidente sobre el escenario.
Tal vez el segmento consagrado a Ivor Novello fue el que con mayor nitidez retrató la índole del cantante. Novello reinó en el Londres de entreguerras repartido entre el teatro musical y el cine, y su partitura aún guarda ese perfume sentimental de la opereta vienesa aclimatada en las islas británicas. We’ll Gather Lilacs, verdadero himno generacional para los ingleses de los años cuarenta, sonó con la línea melódica amplia que la pieza reclama. Pero fue And Her Mother Came Too la que reveló otra faceta esencial de Terfel: su capacidad de convertir una canción ligera en un pequeño número de cabaret, con la anécdota del pretendiente incapaz de librarse de la presencia constante de la suegra. Una vez más el humor fue algo habitual en su recital.

Bryn Terfel con la pianista Annabel Thwaite y la arpista Hannah Stone
La segunda parte nos llevó a otro mundo en el que Terfel tambien habita. Tres lieder de Schubert -entre ellos una Litanei de una melancolía funeraria muy bien administrada- dieron paso a la única incursión francesa de la noche, la Nuit d’étoiles de Debussy, resuelta con una calidez que sorprende en una voz de las características de la suya, generalmente asociada a papeles de mayor cuerpo. El Mein schöner Stern de Schumann completó el tríptico centroeuropeo antes de que Hannah Stone ofreciera en solitario el Viejo Zortzico de Guridi, un breve remanso instrumental que permitió tomar aliento antes del tramo más esperado de la velada.
Porque si había un momento que el público aguardaba con particular expectación era el aria de la estrella vespertina de Tannhäuser, esa plegaria de Wolfram dirigida al planeta Venus mientras presiente la muerte cercana. Ahí Terfel demostró por qué su nombre sigue asociado al gran repertorio wagneriano: autoridad vocal, un color oscuro perfectamente dosificado y una capacidad de contención expresiva de la que que muchos barítonos más jóvenes tdeberían aprender. Fue, con diferencia, el momento de mayor densidad interpretativa de toda la noche.
El cierre volvió a Gales con Ar Hyd y Nos antes de desembocar en Stars, del musical Los miserables, donde Javert contempla el cielo como orden moral inquebrantable. Un cierre inteligente: el recital había comenzado hablando de la tierra natal y terminaba mirando hacia las estrellas con un musical.
Las propinas confirmaron esa vocación totalizadora que define a Terfel como artista: nada de jerarquías rígidas entre géneros. If I Were a Rich Man de Fiddler on the Roof llegó con la misma convicción que cualquier aria operística, y el cierre con En Aranjuez con tu amor -el adagio de Rodrigo cantado en español con una dicción más que respetable- fue el gesto final de un artista que entiende el recital como conversación con el público, no como examen. El galés sesentón que debutó aquí en 1990 se marchó entre ovaciones de pie, con la misma sencillez con la que había llegado. H.P. Foto © Miquel González




















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